Jorge Díaz Romero, el “zapatero remendón”, es todo un profesional en la reparación y dejar como nuevos las más viejas chanclas que el cliente le lleva. Es un alegre veterano de la costura, más de 40 años lo avalan en segunda generación y ahí viene la tercera con su hijo de nombre Jorge también, quien además es profesor del Colegio Hispanoamericano y de la UPSIN. Una hermosa historia que le vamos a contar.
El nombre del humilde taller, lleno de zapatos y recuerdos, está por la calle Teniente Azueta esquina con Mariano Escobedo y se llama “Rafa”, el padre y abuelo: Rafael Díaz Tavira, fundador y que estuvo muchos años en la calle Hidalgo esquina con Morelos.
Don Jorge dice que lo más gratificante, aparte del pago claro, es que “nos traigan unos zapatos muy desbaratados y con todo nuestro equipo humano y técnico entregar un producto nuevo”.
Con orgullo revela que hay personas que le llevan los mismos zapatos desde hace 10 para que una y otra vez los remiende porque las personas les “agarran amor” a sus viejos zapatos, además estar amoldados o que, incluso son hasta recuerdos del papá o la mamá. “Nuestro trabajo es hacer lo que el cliente diga, sin engañar a la gente”, subraya.
Como en muchos otros talleres, incluso diferentes, el “zapatero remendón” nos dice que tiene zapatos olvidados por clientes desde hace 10 años, pero que no los puede “tirar o vender” porque es un compromiso con un cliente que tuvo confianza en su trabajo, aunque ya se haya olvidado de sus zapatos. Entre los “olvidados” hay zapatos y hasta botas de muy buena calidad.
Don Jorge tiene un letrero que dice que después de cierto tiempo, no se aceptan reclamaciones ni olvidos, pero para él, con toda su honestidad, dice: “Un cliente es un cliente ahí están sus zapatos para cuando quieran venir por ellos”.
Entre los muchos zapatos y curiosidades, el zapatero tiene un huarachito muy cerca del área donde él trabaja y dice que es de su nieta Andrea, cuando estaba chiquita que ahora anda por los 9 años.
Afirma que en Mazatlán cree que hay al menos unos 10 buenos zapateros y que no se auto elogia de “ser el mejor, pero le echamos ganas a nuestro trabajo y no
criticamos a nuestros compañeros; somos humanos y como tales nos equivocamos”.
Dice que cuando empezó, hace 40 años, cobraba 3 o 4 pesos, ahora unos 200 pesos para dejar muy bien hecho el trabajo. “Tengo mucho respeto por nuestra clientela porque es la que nos mantiene”, dice a manera de filosofía.
Don Jorge trabaja con el apoyo de su hijo, Jorge y don Víctor, un primo. “Nuestro trabajo es gratificante porque se hace con cariño y con amor”, concluye.