MI ENCUENTRO CON GARCÍA MÁRQUEZ

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GABO

Caimán no come caimán, dijo

cuando lo entrevisté en 1979

 

FRANCISCO CHIQUETE

 

Con la audacia de la juventud, insistí en arrancarle una declaración. Gabriel García Márquez rehuía la entrevista por un principio que mantenía inquebrantable desde que alcanzó la fama. Al ver la insistencia ensayó su último recurso: -Caimán no come caimán, yo soy reportero igual que tú.

En la soberbia de la juventud acepté la igualdad y con ella en ristre insistí en sacarle una declaración sobre los ejercicios militares que el gobierno de Ronald Reagan planeaba para la zona del caribe, en obvio hostigamiento a Cuba. Al final se rindió e hizo un llamado a que los pueblos latinoamericanos se uniesen para rechazar ese tipo de actitudes del régimen estaduinidense.

Nos envió una sonrisa plena, categórica, que daba por terminado el encuentro, extendió la mano y todavía se dio tiempo para una palmada en el hombro.

En estos momentos El Gabo se encontraba en huelga de publicaciones. Había ofrecido no volver a escribir mientras Augusto Pinochet estuviese en el poder, encabezando la dictadura chilena. Ya nos había regalado sin embargo la gran obra de Cien Años de Soledad, a la que accedí gracias a José Alfredo Arnold, mi jefe de redacción en 1977, que me prestó su ejemplar. Después me lancé a conseguir todo lo que se pudiese obtener en Mazatlán: La mala hora, La hojarasca, su colección de cuentos Ojos de perro azul, que me resultó reveladora sobra las cosas que se podían hacer con las palabras, a condición de que exista talento. El otoño del patriarca, pero sobre todo El coronel no tiene quien lo escriba, fueron también obras definitivas que influyeron en todos sus lectores.

En una ocasión, como ya recordamos en otra entrega, nos tocó ver una entrevista al Gabo en aquel sistema noticioso ECO, de Televisa. Una chamaca poco experimentada leía las preguntas de un guión previamente establecido y de repente apareció una perla: -¿qué pediría usted a estas alturas de su vida? –Tiempo –respondió-. Tiempo para poder sacar todos los proyectos que traigo en la cabeza, pero aún así sería inútil, porque mientras estuviera en ese proceso, aparecerían nuevos proyectos que requerirían de más tiempo, así que es imposible.

Cuando por fin acabó la huelga, García Márquez nos regaló ese gran thriller que es la Crónica de una muerte anunciada, a la que siguió El amor en los tiempos del cólera. Por esos tiempos José Luis Franco, Enrique Vega Ayala y yo competíamos a ver quién conseguía primero las novedades literarias, que tardaban semanas y hasta meses en llegar después de su aparición en el Distrito Federal.

Con el Amor en tiempos del cólera prácticamente empatamos y la leíamos al mismo tiempo. El entusiasmo nos llevaba a comentarlas a cada encuentro, con la protesta de nuestras respectivas esposas, quienes estaban esperando que los libros llegaran a sus manos. Una noche Ofelia me acusó de haberme metido a la regadera con todo y la novela, que seguía leyendo con el brazo estirado para evitarle el contacto con el agua.

Algunas cosas cambiaron entre nosotros, pero nunca el fervor por García Márquez. –Sólo los igualados le dicen El Gabo, me recriminó una vez Rafael Franco. –No, también sus amigos, le respondí. Reaccionó con sorpresa: ¿eres amigo de García Márquez? –No, soy igualado, pero también los amigos le llaman así.

Su obra es el mejor recuerdo para todos. Y no se va a ir por ningún motivo.