Los ensayos de Saramago (Lo blanco de lo negro del Poder) (Segunda y última parte)

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Carlos Calderón Viedas

José Saramago vuelve a fabular en Ensayo sobre la lucidez, al lector no le será difícil vincular el primero con el segundo libro, comenzando por los títulos. Pero es el autor el que conecta las dos narraciones. El escenario del relato es el mismo país poco años después, pero ahora localizado en la ciudad capital. De nuevo es una catástrofe, ahora política, el hilo conductor del relato.

El drama inicia un domingo de elecciones en que se elegirán autoridades municipales en todo el país. Era un día con lluvia en la ciudad, lo que retrasó la llegada de los ciudadanos a emitir su voto. Más allá de la inquietud normal de los funcionarios de casilla por las condiciones climáticas prevalecientes, la preocupación no pasaba de ahí. La situación cambia cuando la lluvia cesa y ni así los votantes se presentaban a cumplir con su obligación cívica. Corrían las horas con el cielo escampado y nada. De repente, entrada la tarde, como si se hubieran puesto de acuerdo, ríos de gente salen de sus casas y acuden a votar. Al cierre de las votaciones, que se prolongaron por más de dos horas y media debido al alto número de electores que aún se encontraban en fila para emitir el sufragio, se cuentan los votos y se dan a conocer los resultados. Surge el desconcierto. Una gran mayoría de los votos emitidos en la capital habían quedado en blanco. Todo un descalabro electoral y político para el gobierno y los partidos. El mundo oficial quedó estupefacto

Fue tan extraño el ritmo de la jornada electoral como sorprendente el resultado de la votación, que las autoridades nacionales sólo acertaron a comunicar a la población que las elecciones en la capital se repetirían el domingo siguiente. Era evidente que la abrumadora mayoría de papeletas blancas depositadas en las urnas le había quitado legitimidad a las elecciones en la capital del país. Cualquier sospecha sobre una posible conspiración subversiva, dado lo imprevisto del caso, aún no tenía respaldo empírico o de inteligencia. Sin embargo, el gobierno se propuso saber lo que estaba pasando y preparó una cuidadosa estrategia de investigación militar y policiaca para descubrir la causa del enigmático fenómeno político. El domingo siguiente entraría en operación.

Por fortuna, ese día electoral no llovió en la capital lusitana y la jornada se llevó acabo en completa calma. Los votantes salieron temprano de sus casas y ya se veían a muchos de ellos haciendo fila en las casillas esperando turno para votar. Aparentemente, la normalidad democrática se había restablecido. Cumplido el plazo para el cierre de las mesas electorales, los encargados de cada casilla se dispusieron a realizar el conteo de los sufragios. Al conocerse el resultado cunde el desconcierto nuevamente, ahora con ribetes de pánico, la suma de los votos en blanco resultó mayor que la de los votos marcados, no sólo eso, sino que había superado el caudal de la jornada anterior alcanzando el 83 por ciento del total de

los sufragios depositados. Alarma y focos rojos se encendieron en las oficinas superiores del gobierno nacional.

A la luz de los nuevos resultados al gobierno ya no le quedaba duda de que era objeto de una conspiración desestabilizadora que pretendía demoler las bases democráticas e institucionales en las que descansaban la libertad, la convivencia social y el progreso de la nación. Algún virus ideológico malévolo había sido inoculado en la conciencia de los ciudadanos de la capital, induciéndolos a votar de la manera como lo habían hecho, ¡dos veces seguidas!

No obstante la contundencia de la hipótesis, la alta burocracia carecía de prueba alguna que la confirmara, excepto la antipatriótica demostración del voto en blanco. Vigilancia policiaca, estado de excepción, estado de sitio y hasta el traslado de los poderes federales a la provincia fueron implantados. Palos de ciego que solamente sirvieron para borrar el poco vestigio democrático que quedaba. Atrapado en su ceguera, desesperado por no encontrar alguna pista entre los habitantes de la ciudad que los llevara a esclarecer el atentado terrorista a la democracia, el gobierno comenzó a sospechar que la responsable intelectual de la conspiración subversiva era de la mujer vidente que había quedado inmune a la calamidad que azotó el país cuatro años atrás. Sin más argumentos que sus propias sospechas, pero aduciendo razones de seguridad nacional, la manda matar.

Desde luego que esa infortunada señora no era culpable de nada, pero el crimen en su contra sirvió al gobierno para mostrar eficacia, seguridad y mando, ahora fuertemente custodiado por policías y militares.

La fábula del voto blanco trasluce ironía política. La enorme mayoría de los ciudadanos acepta aparentemente la institucionalidad democrática, pero en el fondo la rechaza por su falsedad y lo hace notar con entereza y parsimonia. El elector del que hablamos da a su derecho a votar el valor que realmente considera tener. Un valor inútil. El sentido de ese voto es la serena respuesta ante el colorido deslumbrante del espectáculo electoral, enfocado a ganar adeptos, pero que, irónicamente, los pierde frente a un ciudadano hastiado, insumiso y sobre todo informado. El carnaval alegórico de las campañas en lugar de seducir forma un haz de luz blanquecino que ilumina la conciencia e induce la respuesta blanca del voto reflexionado.

La fabulación óptica en las dos novelas no tiene lógica que la sostenga. Pero no cuesta trabajo comprender que el autor lo que busca es precisamente fabular, dejar enseñanzas. Tres lecciones logré entresacar, primera, el ser humano necesita de sus sentidos y razón para poder vivir en plenitud. Pero es el sentido de la vista el más determinante debido a que un 80 por ciento de la información que recibe la mente es por ese medio. La segunda lección es que no se necesita mucha imaginación para prever lo que sucedería a un sistema económico cuya base de producción y mercadeo son las imágenes, si la facultad de ver se perdiera. La tercera lección y última para mí, es que si la ceguera humana es desastrosa la ceguera política es peligrosa, paradójicamente, esta ceguera nefanda se asocia al espectáculo cromático con el que ahora se hace la alta política que prefiere al homo insipiens postmoderno que al sujeto sapiente moderno. Este tipo de ceguera está estrechamente vinculada al capitalismo global de hoy en día.