LOS CARROS ALEGÓRICOS: DE CARRETAS A FANTASÍAS RODANTES

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Enrique Vega Ayala

Cronista oficial de Mazatlán

El desfile de carros alegóricos es el evento popular más importante del Carnaval de Mazatlán. Desde 1898, cuando se realizó el primer desfile de carros adornados y personas disfrazadas de fantasía, se inició una tradición que ha evolucionado en sus diferentes características.

Los primeros “carros” eran carretas tiradas por mulas. Las que se adornaban en grupos familiares, con ánimo festivo, se diseñaban con pretensiones artísticas, se vestían con flores y figuras de papel, aludiendo a temas folclóricos, musicales, literarios, históricos. Las personas que los tripulaban vestían disfrases “de fantasía” o representativos de la temática del decorado.

Pero además, había otros que preparaban asociaciones, mutualidades, clubes, circulos de amigos, entre ellos el que transportaba al Rey. En estos prevalecían los cánones irónicos, burlescos o paródicos, en cierto modo grotesco, representando el ánimo transgresor de normas, el estilo contestatario tradicional en los carnavales (que al menos durante 70 años estuvo presente aquí en la modalidad de los juegos de harina, arraigada a través de las confrontaciones callejeras entre los del abasto contra los del “muey”).

Para que la procesión, como se llamó originalmente, fuera debidamente ordenada, los participantes debían registrar ante el comité el vehículo y número de tripulantes, así como pagar el derecho a disfrazarse ante la autoridad municipal. Claro a cambio tenían como incentivo su inclusión en los concursos respectivos por el mejor carro adornado y los mejores disfraces, con medallas metálica como premios.

Con la rápida irrupción de las mujeres en el rol central, desplazando a los varones como majestades de la fiesta, las distintas expresiones simbólicas de las cortes reales, de los imperios, de las divinidades o personajes mitológicos, se vuelven motivos centrales en las alegorías, sobre todo para las carrozas de sus majestades. Por lo menos a partir de 1902 las carrozas se separan del concurso porque el comité contrata su elaboración con artistas locales; y, por supuesto, también se hace cargo de la vestimenta para Su Graciosa Majestad.

Manuel Cataño, Jesús Osuna, Faustino García Cuevas, Pedro Gallo, Enrique Mendoza Escalante y Germán Tirado, cada uno en diferentes momentos de la primera mitad del siglo, se dan a la tarea de diseñar y realizar las carrozas. En esa época se introdujeron los vehículos automotores de diversas dimenciones sobre los que se montaban las figuras, hasta llegar a las plataformas actuales jaladas por tractores. Sin embargo, en esos sesenta años no hay un estilo definido, las fotos nos muestran alegorías inspiradas en carretelas doradas, joyeros, barcazas, coronas varias, diversos formatos de tronos y doseles, con aires griegos, otomanos, orientales, egipcios, etc.

Hasta los años sesenta se mantiene la convocatoria anual de la competencia para elegir el mejor carro alegórico entre el resto de los participantes en los desfiles. Clubes sociales y deportivos, empresas locales, cooperativas, familias de artesanos y espontáneos inspirados, eran los habituales concurrentes en ese certámen. También era común que las compañías de teatro y exhibidoras de películas incluyeran en el desfile carros promocionales de las obras o los filmes en cartelera, con figuras relativas a los personajes centrales de cada una de ellas.

A partir de los setenta, la presencia del doctor Rigoberto Lewis elimina de manera natural la competencia, para entonces ya contaba con diez años de experiencia en la presentación de las carrozas y estaba prácticamente dedicado profesionalmente a la construcción anual de alegorías y escenografías; pero sobre todo, había conseguido darle un perfil muy llamativo a sus obras. Finalmente se impuso en el diseño no solo de las carrozas, sino de casi todo el desfile de carros alegóricos, con sus formas preciosistas, de molduras casi arquitectónicas cargadas de una especie singular de barroquismo decorativo, muy atractivas para el gusto popular.

Rigo Lewis fue personaje clave para sacar el carnaval de Mazatlán del nivel de una fiesta regional. La televisión, personificada en el productor y conductor Raúl Velasco, ofreció una oportunidad que aprovechó el creador para desplegar su ingenio en tamaños y coloridos no explorados antes en los carnavales mazatlecos, incluso nacionales; y, de ese modo ayudó a conseguirle a nuestra fiesta la categoría de “Carnaval Internacional de Mazatlán”. Desde entonces, se forjó la convicción de que nuestro carnaval figura entre los más conocidos del mundo.

La permanencia de Rigo Lewis en la confección de las carrozas y de buena parte del resto de los carros, de manera casi ininterrumpida durante 55 años, hablan del enorme reconocimiento social que gozaba, gracias a la aceptación de sus obras efímeras entre la población. El aplauso que año con año el público le ofrecía al paso de la carroza de la reina del carnaval es prueba incontrastable del aprecio generalizado por su trabajo artístico. Hoy, es indiscutible su legado: un estilo irrepetible que hizo época y que todavía se considera como “el propio de nuestro carnaval”.

En vida de Lewis y luego en su ausencia, otros constructores de alegorías han venido aportando otros moldes, materiales, formas distintas y coloridos propios. Alfonso Cornejo, Francisco Igartúa, Jorge González Nery, Jorge Osuna, se pueden contar entre los más destacados en esta labor. Desde el 2018, Ocean Rodríguez demostró que puede trascender en esta tarea. Habrá que ver si su propuesta estética alegórica consigue la aceptación, sobre todo en las generaciones que, como la de él, enfrentan el reto de renovar la tradición carnavalera para adaptarla a adoptarla como suya.