LA CUARTILLA

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RUY PÉREZ TAMAYO: EL VIEJO.
SABIO QUE NO LEÍA NOVELAS.
Claro que si leyó muchas: Verne, Salgari, El Quijote; de Dostoievsky se queda con los Hermanos Karamazov y también debió leer muchos cuentos, su padre, violinista de conservatorio, completaba el salario escribiendo los guiones radiofónicos para la series: “Aventuras de Sherlock Homes” y “El Monje Loco”.
Dejó de leer novelas cuando se interesó por la filosofía y en particular por la filosofía de la ciencia, la Epistemología. Bertrand Russell fue uno de sus favoritos.
Ruy Pérez Tamayo se acaba de morir, vivió 97 años, con su esposa compartió 58 años (murió en 2008), tuvo tres hijos varones, escribió 170 artículos científicos y 82 libros.
Traía la música por dentro, padre violinista; el abuelo materno, Alfredo Tamayo, fue músico de la famosa cantante Esperanza Iris, la emperatriz de la gracia; la última reina de la opereta, pero no se le hizo.
También le latió ser torero, la revista Esto, le pagaba 15 pesos por dibujos de toros y toreros y boleto gratis para las corridas; de ahí le salió el gusto, empezó a entrenar, un toro le dio una revolcada y llegó herido a casa: “no más”. Sentenció su madre.
Y estudió medicina, junto con Chema Zubirán, sobrino del Director del Instituto de Nutrición, tenían permiso para aprender a poner férulas, vendar, aplicar inyecciones: “la enfermera Jovita nos ponía a hervir las jeringas de vidrio, inyectábamos naranjas, teleras; las nalgas de los pacientes son diferentes”. Les decía.
Para ayudar con los gastos, puso un letrero en la puerta de su casa: “Se aplican inyecciones: un peso”.
Como estudiante se agregó al laboratorio de Histología del Dr. Issac Costero, exiliado español que se trajo las técnicas de Cajal, el descubridor de la neurona; aprendió fisiología operando gatos que atrapaban, él y Raúl Hernández Peón, en las azoteas de la Colonia Roma. Raúl tenía un laboratorio clandestino en el sótano de su casa.
En fin, se especializó en Patología, hizo importantes contribuciones a la ciencia médica, recibió premios y medallas; impartió cátedra en la UNAM y fue Profesor visitante en muchas universidades extranjeras.
En toda su vida, junto con su esposa, Irmgard Montfort, reunió 10 mil libros, seis mil en la biblioteca de su casa y cuatro mil en el Hospital General.
Presumía que todos los había leído y le gustaba mostrar libros antiguos de medicina, comprados en librerías de viejo en Francia o en Londres, por ejemplo: “El tratado de las calenturas” de Piquer de 1740.
En el año 2013, lo topé en un Congreso del Verano de la Investigación Científica, en Nuevo Vallarta; ahí se habían reunido 2180 estudiantes del Programa Delfín que llevaban 1550 ponencias. El Dr. Ruy era la estrella del evento.
Ya tenía 89 años y lo vimos entrar ágil al elevador del Riu.
—Viste que le colgaban unas hebras del saco. Me dijo una amiga.
— No, me pareció elegante.
— Pero le colgaban unas hilachitas del
traje.
—No te fijes, estos sabios están más
allá de la vanidad. Además recuerda
que es viudo; me imagino que su
esposa le hacía la maleta.
Me quede con las ganas de que me firmara su libro “¿Existe el Método Científico” y de tomarme la foto para presumirla.
Se murió Ruy Pérez Tamayo, de los últimos sabios mexicanos; nos quedan todavía Pablo González Casanova, José Luis Cifuentes, José Sarukhán y ¿quien más?.