Un siglo de Chanel N° 5: secretos del perfume más vendido de la historia

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Por qué su fórmula sigue siendo tan seductora e imitada. Quién la desarrolló y el rol de un amante ruso de Coco.

Marilyn Monroe en los ‘50, tres momentos, tres fotos. 1952: cuando la revista Life le pregunta qué usa en la cama, la rubia responde: “Sólo unas gotas de Chanel número 5 antes de dormir”. 1953: posa para un aviso de Coca Cola que nunca ve la luz. 1955: la fotógrafa Eve Arnold logra la imagen de una Marilyn en malla rayada, “sorprendida” cuando leía la novela Ulises de James Joyce.

Cuatro íconos del siglo XX juntos: el monumento de la literatura vanguardista, la bebida más bebida del globo, el perfume más vendido de todos los tiempos, la mayor estrella femenina de Hollywood. Iconos en el sentido de Ideas Platónicas, arquetipos.

Este 5/5/21 cumple cien años uno de ellos, el pijama olfativo con que la Monroe marcaba su territorio de seducción o soledad cada noche. Esa desolación con que la pinta Charly García, cuando canta “Siempre fue una fregona vuelta princesa”. En esa mutación –de huérfana-nadie a celebridad de todos– coincidieron la que inventó la fragancia y la mujer más famosa que se envolvió en ella.

Aquella niña abandonada

Ko-Ko-Ri-Ko y Qui qu’a vu Coco. Los nombres de las dos única canciones que Gabrielle Chanel sabía cantar le legaron el sobrenombre que la harían famosa y millonaria.

A los 18, “Coco” vendía medias de día y hacía su numerito por las noches junto a su tía y su hermana menor Antoinette en un cabaret escondido en la provincial Moulins. Todavía nadie se la imagina cursando una transición de clase, la que la llevaría a convertirse en la diseñadora que revolucionó la elegancia femenina en Occidente.

Su padre, un vendedor ambulante de carro y campo, la había abandonado en un orfanato de monjas junto a sus dos hermanas (sumemos a la mayor, Julia-Berthe), apenas murió su esposa de tuberculosis. Al par de hijos varones lo cedió a la esclavitud de las cosechas.

Una mujer no debería oler como una flor. Debe oler como una mujer. – Coco Chanel

Gabrielle cumplió su destino de Cenicienta en plenos años locos, es decir, durante la década del ‘20 previa a la Gran Depresión. Son los años en que el capitalismo de Europa y los EE. UU. dejaba atrás la Primera Guerra Mundial con prosperidad, consumismo, snobismo, penicilina, jazz, autos populares y especulación financiera.

Coco se mudó a Vichy para estudiar canto. Aspiraba a volverse la nueva estrella de vaudeville, una Mata Hari último modelo. Se sentía destinada a animar el llamado “Demimonde”, ese mediomundo donde la noche propone hedonismo, hedor y chicas sin prejuicios, cóctel para que los señores ricos descansen de su vida diurna y familiar.

Según la historiadora norteamericana Tilar J. Mazzeo, en esos antros sudorosos de “showgirl” que colecciona admiradores y amantes, Gabrielle descubrió las notas olfativas más animales de Chanel número 5, ésas que desafiaban los perfumes para señoras bien del momento, basados la mayoría en rosa, jazmín o violeta.

Ahí también descubrió a un oficial de la armada, Étienne Balsan, quien se volvió su primer “protector” (hasta le facilitó un aborto) y la acercó a la aristocracia ecuestre. Cenicienta estaba a punto de reencarnar como Princesa.

Triste, pero empoderada

No sería Balsan el encargado de financiar el primer negocio de sombreros Chanel en París, sino un amigo suyo nacido en Inglaterra, el playboy Arthur “Boy” Capel.

“Olía a cuero, caballos, bosque y jabón”, describió una Coco enamorada. A fines de 1919, el polista murió en un accidente automovilístico, dejándole a su esposa oficial, a Gabrielle y a otras amantes sendas herencias. A los 37, Coco inauguró 1920 de duelo, recorriendo Venecia con su amiga más frívola y fiel, Misia Sert. Un periodista escribió que era tanto su dolor por la pérdida de Boy, que pronto cubriría a las ricas del mundo con un simple vestidito negro para contagiar su luto. Había impuesto la simplicidad como sinónimo de elegancia. Una humildad y una austeridad carísimas.

El destino de su hermana menor agregó gravidez trágica a esos años donde cocinaría el Chanel número 5. A una década del suicidio de Julia-Berthe, Antoinette murió en Buenos Aires en 1920, junto a un amante tras contraer la gripe española (el Covid del siglo pasado). Una biografía recientemente aparecida rectifica la versión: murió en Buenos Aires, sí – precisamente en el Hotel Majestic– pero fue en 1922 y por una sobredosis.

Triste pero empoderada en el mundo de la moda, Coco explicaba así su ascenso y su arrogancia, según lo documenta su biógrafo Paul Morand: “Fui una huérfana a la que se le ha negado un hogar, sin amor, sin padre ni madre… Mi soledad me dio una compleja superioridad; la mezquindad de la vida me dio fuerza, orgullo; el impulso de ganar y la pasión por la grandeza… y cuando la vida me trajo la lujosa elegancia y la amistad de Igor Stravinsky o de Pablo Picasso, nunca me sentí ni estúpida ni inferior. ¿Por qué? Porque sabía que era con esa gente con la que se triunfa”.

Le debemos Chanel número 5 a la Revolución Rusa. ¿En qué sentido teniendo en cuenta lo explícitamente anticomunista que era su creadora?

La mezquindad de la vida me dio fuerza, orgullo; el impulso de ganar y la pasión por la grandeza. – Coco Chanel.

El soldado ruso con la mejor nariz

Cuando su amante oficial, el poeta surrealista Pierre Reverdy, no estaba disponible, Coco contaba con el duque ruso Dmitri Pavlovich, por entonces un refugiado, sostenido a litros de vodka entre París y Londres.

Su primo era el zar Nicolás II nada menos, para quien había co-asesinado al monje Rasputín. Cuando Coco le contó cómo debía ser su primera fragancia, Pavlovich supo que había que encontrar al perfumista de los zares, Ernest Beaux, quien andaba por ahí, exiliado en Grasse (la ciudad francesa donde se cultivan y destilan las mejores flores del mundo destinadas a botellas de botiquín).

Entre vodka y vodka, el duque oía de Coco cosas como éstas: “Quiero darle a las mujeres un perfume artificial. Artificial como un vestido, algo que sea hecho por el hombre. No quiero una rosa o un lirio del valle, quiero que un perfume sea una composición”.

El objetivo era que “una mujer no debe oler a flor, debe oler a mujer”. Digamos que Coco había entendido el camino del arte abstracto que le había enseñado Picasso. Y Beaux sería el encargado de dar con un Picasso que entra por la nariz.

Beaux había pertenecido al ejército antibolchevique. Tras una secuencia de batallas, terminó en el círculo polar ártico. Ahí descubrió el olor que produce el sol sobre el hielo. Fue revelador. ¿Y cómo hacerlo perfume? Tal era la cuestión que lo obsesionaba.

Estudiando en su laboratorio, se dio cuenta de que en términos químicos, ese espejismo olfativo del hielo al sol equivalía al que provocan los aldehídos, o “alcoholes deshidrogenados”, cuando se usaban para iluminar o alivianar las mezclas de aceites en perfumes.

Para algunos, estas moléculas sintéticas huelen a vela recién apagada. A diferencia de sus antecesores, Chanel número 5 –compuesto de 80 ingredientes– vendrá recargado de aldehídos, eso le dará ese tono “abstracto” y “artificial” buscado por Coco, además de un burbujeo imaginario de champán. Cuenta la leyenda, que la responsabilidad real del éxito del número 5 se lo debemos a un ayudante de Beaux, quien leyó mal la fórmula y echó aldehídos de más. Incomprobable.

El número de la suerte

Así fue que el nariz le preparó a su clienta diez fórmulas, numeradas unas del 1 al 5 y otras, del 20 al 24. Ella eligió la 5 sin dudar. Y conforme su estética “Menos es más”, le dejó el número como nombre.

Algunos biógrafos confirman lo supersticiosa que era la Chanel, para quien el 5 era cifra de la suerte: presentó la fragancia un 05/05 a las 17 horas. ante sus clientas. Lo hizo de manera “casual”, invadiendo su local de ropa con su tsunami de aldehídos, acerca del cual todas terminaban preguntando extasiadas.

Siguiendo la coherencia de su minimalismo extremo, la botella elegida se oponía a las que se volvían ítems de coleccionista por su barroquismo, su cristal y su diseño. Como el monograma de Chanel, y la tipografía de la etiqueta, la botella era bien ortogonal, escueta, funcional. Se dijo que la había copiado de un whisky que consumía Boy Capel.

La cuestión es que desde 1959, el Museo de Arte Moderno de Nueva York lo exhibe como obra, antes de que Andy Warhol lo volviera modelo de sus litografías, como lo hiciera con la Coca Cola o la lata de sopa Campbell. El frasco de Chanel ya es un ícono pop del siglo XX.

Sintético más natural

El equilibrio único del n° 5 se basa en cómo se compensan moléculas naturales con sintéticas.

Coco quería que fuese inimitable. Beaux le ofreció los ingredientes más caros en el mercado. Por un lado, el jazmín que se cosecha en Grasse, por el otro, la exquisita Rosa de Mayo. Como la mademoiselle detestaba los perfumes monoflorales (los exitosos Rose Jacqueminot, de Coty, o el Violetta de Parma), su nariz recurrió al primer bouquet vuelto fragancia comercial como modelo, el de Quelques Fleurs que la casa Houbigant estrenó en 1912. Más que tutti frutti, un tutti fiori.

Tal la mezcla que ya resultaban irreconocibles las flores usadas. Chanel N°5 juega a ser un ramo de flores evaporado por los aldehídos. El bioquímico Luca Turin escribe que pocos perfumes se huelen en 3D, Chanel N°5 es uno de ellos. Estamos ante una escultura olfativa. Es narrativa, incluso. Arranca con una sensación mineral, química, sigue un fantasma de flores y termina en un fondo animal (Turin usa la metáfora de una pantera dormida que se podría acariciar).

Inimitable, pero copiado

Sábanas blancas sobre un cuerpo sudado: la sensación que transmite el N°5 tendrá herederos por el lado de la limpieza (White Linen, de Estée Lauder, 1978) o de la sensualidad más felina (Gold Woman de Amouage, 1983). Chanel y Beaux habían agregado a la paleta de acordes olfativos uno nuevo: el floral aldehído.

Ahora bien, lo de que sea “inimitable” terminó siendo polémico. ¡Todas las marcas quisieron contar con su propio N°5! Coty salió con L’ Aimant (1927); Guerlain, con Liu (1929); Lanvin, con Arpege (1927); Caron, con Fleurs de Rocaille (1933).

Incluso, cuando a principios de los ’70, la marca Revlon impone en el mercado su Charlie –orientado a la mujeres más independientes y equiparadas laboralmente a los hombres (la clave: el aviso exhibe chicas con pantalón)– todavía el fantasma del Nª5 es reconocible. Y no hay que irse muy lejos: aquí en la Argentina fue muy popular la loción Mary Stuart, una versión muy económica de floral aldehídico, inspirada “libremente” en el perfume de Marilyn.

La misma Coco apostó pronto a la subida de aldehídos cuando asomó con el N° 22 en 1922: un N°5 a la décima potencia. ¿Pero qué pasaría si descubrimos que la fórmula del olor a Marilyn no es un descubrimiento, sino una reinterpretación?

¿Una fórmula reciclada?

La experta en perfumes vintage Barbara Herman define el Número 5 como un “palimpsesto”. Es decir, es un texto sobre el que se ha escrito otro y así.

Finalmente, la fragancia que Beaux le vendió a Chanel era una fórmula intervenida que él mismo había compuesto para la zarina en 1913. Se llamaba originalmente Bouquet de Catherine, en honor a la mujer que lo había encargado a la marca moscovita A. Rallet & Co, donde Ernest fuera nariz. La marca establecida en Francia vuelve a salir con el perfume en 1923, y algo de Chanel N° 5 hay…

Desde que en 1924, el perfume empezó a venderse fuera de las boutiques Chanel, su éxito no tuvo fin. Gracias a él, sabemos a qué olía Marilyn por las noches.