Esta mañana el Museo de la Música del Centro Municipal de las Artes fue escenario de una jornada donde la reflexión académica y la experiencia viva del baile se entrelazaron en torno al danzón, uno de los géneros más emblemáticos de la cultura cubano-mexicana. La actividad fue coordinada por el maestro percusionista Max Carreón, quien articuló este encuentro entre pensamiento y práctica en torno a la tradición dancística.
La conferencia “Danzón: historia y cultura de un ritmo cubano-mexicano”, impartida por el antropólogo Lorenzo Covarrubias, ofreció una lectura profunda sobre el papel de este baile como una práctica cultural que trasciende generaciones. Desde su perspectiva, el danzón no es únicamente un género musical, sino un ritual social que articula memoria, convivencia y sentido de pertenencia.
En su intervención, Covarrubias destacó que, en medio de dinámicas culturales aceleradas, el danzón se mantiene vigente como una forma de resistencia simbólica. “No es regresar al pasado, sino recuperar lo esencial”, explicó al referirse a cómo los jóvenes se acercan hoy a esta práctica desde la memoria familiar: aquello que bailaron sus abuelos y padres. Este fenómeno ha generado una interesante convergencia entre generaciones, donde la experiencia de los danzoneros tradicionales dialoga con el entusiasmo de nuevos públicos.
Señaló que el danzón vive un proceso de transformación que no implica pérdida, sino adaptación. La incorporación de jóvenes —incluso desde códigos contemporáneos como la vestimenta— abre la posibilidad de mantener viva la tradición sin rigidizarla. “El danzón tiene reglas, pero también necesita abrirse”, apuntó.
La teoría encontró su eco en el cuerpo con la clase práctica impartida por la maestra Dulce Virginia Uribe Paredes, quien guio a los asistentes en la ejecución de pasos y secuencias, pero también en la comprensión del sentido cultural detrás de cada movimiento. Su enfoque pedagógico dejó claro que enseñar danza implica mucho más que técnica.
“Formamos no solo en pasos, sino en historia, en identidad y en el porqué de cada movimiento”, explicó la maestra, quien además impulsa desde Mazatlán el proyecto Dulce Danzón, una iniciativa que desde hace tres años ha construido comunidad a partir de clases en espacios públicos y convivencias entre danzoneros.
Uribe Paredes subrayó que el danzón es, ante todo, un ritual de encuentro: “El danzón es convivencia, es relación entre la comunidad”. En ese sentido, destacó que llevarlo al escenario es una estrategia para acercarlo a nuevos públicos, pero sin perder su esencia original, ligada a la interacción social.
Como parte de su labor de difusión, anunció una próxima convivencia danzonera que se realizará en el Centro Cultural Universitario, donde participará la agrupación musical Gozazón. Este evento, además de fortalecer la comunidad, tiene un propósito solidario: recaudar fondos para que el grupo pueda asistir a una muestra nacional de danza en León, Guanajuato.
La invitación, enfatizó, es abierta: niños, jóvenes y adultos, con o sin experiencia, pueden integrarse a esta práctica que no distingue edades y que encuentra en la convivencia su principal motor.
La jornada en el Museo de la Música dejó una certeza: el danzón no solo se conserva, se vive. Y en esa vivencia compartida, entre la reflexión académica y el movimiento del cuerpo, se reafirma como una expresión cultural capaz de seguir tejiendo comunidad en el presente.