UN FUNCIONARIO EN APUROS

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CUANDO VEAS LAS BARBAS DE UN FUNCIONARIO

CORTAR, POR LAS TUYAS A REMOJAR

ELlO EDGARDO MILLAN VALDEZ

Somnoliento, como a las siete la mañana, se plantó frente al espejo como todos días, desde que se había convertido en funcionario público. Se desenredó el pelo con ambas manos, se alisó el bigote y con el meñique izquierdo se restregó los ojos para despejarse la mirada. De pronto quedó frente a frente con la arruga que, de pocos meses acá, le estaba partiendo la frente en dos. La arruga de marras era un protuberancia como de ocho centímetros, roja de principio a fin, con un fondo azulado, como si la sangre no le circulara en esa región.

Ese «Canal de Panamá» le estaba deformando la cara: los ojos se le veían más pequeños y con cierto toque oriental;las mejillas estrujadas y la sonrisa, ay, la sonrisa, antaño tan cautivadora, se le había convertido en una señora mueca. «No hay remedio, contra esta peste», se dijo colérico. Ciertamente parecía no haber cura. Lo había intentado todo: cremas, aceites, shampús y, en no pocas veces, próximo al infarto, se había untado estiércol de vaca y se había bebido, al borde del vómito, sus propios orines, y nada …La arruga seguía allí para recordarle su infortunio.

Y LA ARRUGA DE MOVÍA, SE MOVÍA

En efecto aquella arruga juvenil se le convirtió en una gigantesca arruga, cuando supo que lo iban echar del puesto que tantas vergüenzas le había costado conseguir. Nadie se dijo que lo iban a echar de patitas a la calle, pero él lo intuyó porque un día su jefe, un negro día, estaba más parco que de costumbre, apenas le dirigió la palabra. Sus compañeros de trabajo parecía que estaban enterados de su despido, a juzgar por las encendidas bromas que le estaban jugando y porque a la distancia lo miraban entre alegres y compadecidos. Esa impresión se le reforzó, cuando uno de ellos de le acercó, y le dijo al oído en tono se sentencia: «Parece que estás enfermo, mano, como que necesitas unas vacaciones… «. Al oír vacaciones, se dijo en tono lastimero: «Ahora sí ya me jodí, me van a correr; Dios mío, me van a correr…

Con la sugestión hasta el cuello, con el curso del tiempo todo lo que ocurría dentro o fuera de oficina, le indicaba que le harían liar bártulos. Por ejemplo, uno de esos días en que andaba como la gallina de la «nana», triste y pesaroso, leyó en el periódico que, por instrucciones del gobernador, correrían a los funcionarios que no estaban sirviendo para maldita sea la cosa. En la noche no durmió, un temblor se le iba y otro se le venía, al tiempo que el cuerpo le sudaba más que a un albañil en verano. Creyó, al límite de la taquicardia, que la nota del matutino de refería a él. La leyó y la releyó, la recortó y se la guardó en la bolsa izquierda del pantalón, y casi al borde del llanto, exclamó: «Pinche jefe, por qué no me lo dice directamente, en vez de andarlo publicando, a poco cree que uno no tiene dignidad»

LA INCERTIDUMPBRE

Desde ese momento se aisló de sus compañeros, al grado de no dirigirles ni el saludo. Un día de tantos su secretaria, con esa jerga con la que se dirige el subalterno al

jefe, le dijo: » Oiga Señor…, el Sub…, ayer buscó lo insistentemente yparecía, por el tono de su voz, que le urgía hablar con Usted …». «Ya me chingué, me va a correr este hijo de la …, exclamó. Se desplomó en el escritorio, se puso a leer un libro de poemas, al tiempo que una lágrima le corría, como pájaro en reversa, no tan discretamente por la arruga. El ‘Sub ..no le habló en el mes siguiente ni para ni para darle los buenos días. Una mañana, de tantas mañanas, que pensaba que ya no habría mañana para él, la pasó con el corazón en vilo y, al filo de las tres de la tarde, se le pintaron los ojos con el color de una clara de huevo y la respiración semejaba los escarceos de los adolescentes cuando están en la inminencia de la primera vez. De inmediato se lo llevaron al hospital, casi al borde del infarto. Duró tres días con cuidados intensivos… Los doctores, expertos en la materia, le diagnosticaron un simple síndrome de funcionario: el temor a perder el hueso de sus sueños.

Su jefe no fue a visitarlo al hospital, tampoco le habló por teléfono. Para completar su desazón, sus compañeros de trabajo solamente fueron unos minutos. El secretario de su jefe intentó hablar con él, pero le arrebató la palabra. «Mira, le grito, ya sé lo que me vas a decir…, así que mejor ahórrate las palabras. En todo caso, que venga a decírmelo él, pinche lambiscón…». El secretario tomó las de Villadiego y se fue como araña fumigada. Con las mandíbulas apretadas, masculló: «Si me han de correr, que me lo diga el ‘Sub…’ frente a frente, a ver si tiene agallas el muy cabrón…». Nuestro funcionario en apuros se quedó rumiando: recordó cuando le dieron el nombramiento, el primer cheque, la primera gestión que hizo y cuando el ‘Sub…’le dijo casi al borde de la zalamería: «Somos un equipazo…». Hermosos tiempos aquellos, pero ahora, pero ahora Dios mío… La memoria le trajo las lágrimas y las lágrimas… Una enfermera que estaba a su lado, intentó consolarlo: «Ay señor, no se ponga así, al fin y al cabo no hay mal que dure cien años … «

UNA TARDE DE AQUELLAS

Una tarde, después de cinco meses de sufrimiento, sintió que la arruga se le convertía en una especie de «Falla de San Andrés». La hendidura que le proyectaba el espejo, era espantosa. Se la estiró una y otra vez, al tiempo que se miraba de perfil, de frente, de tres cuartos y nada… «Esta pinche arruga me va a matar; no, no puedo más», moqueó, y luego con rabia gritó: «Y todo por culpa de ese cabrón, por ese cabrón que me quiere correr». Enseguida se aventó una reflexión conmovedora: » Que será de mi vida, voy a quedar en la calle, sin cinco, ni siquiera voy a tener un centavo para hacerme una pinche cirugía plástica… «

El espejo que es mal compañero en las horas aciagas, le suplicó: «Cornpa, vete a la oficina y pídele a tu jefe otra oportunidad…. «Fúrico como estaba, sin dejar de mirarse la arruga, le dijo: » Tú también, pinche manojo de vidrios … , Tú también te burlas de mí cabrón … » Intempestivamente le lanzó un puñetazo, y el espejo quedó convertido en añicos, y por sus pedazos se refractaba la arruga traspasándole el hueso de la frente. Y en un impulso de dignidad, sin bañarse ni peinarse, se fajó una pistola y salió encabronado de su casa con rumbo a la oficina, diciéndose entre dientes: «Ahora sí, ahora sí, voy a ajustar cuentas con ese pinche jefecillo de mierda… «

 

LO ORINÓ UN PERRO

En el camino a la oficina lo orinó un perro, le tumbó una canasta a una señora y pisó un charco de agua pestilente. Le faltaban tres cuadras para encontrarse con el jefe, cuando de repente le asaltó un pensamiento, un buen pensamiento: » Para qué matar al jefe, no vale la pena … » Y siguió caminando, caminado, y luego otra reflexión: » Y si en realidad no me quiere correr, y yo simplemente estoy alucinando … » Y luego otra reflexión: » Después de todo el jefe no es tan malo … » Y luego otra, otra y otra, hasta que, esas calles de Dios, lo pusieron frente a frente con el ‘Sub.. ‘. El «Sub… » lesonrió como si nada hubiera pasado, y casi paternalmente, le dijo al oído: «Cuando te reintegras al trabajo…, nos haces mucha falta y sobre todo al pueblo al que has servido con diligencia y patriotismo … «

En ese instante se acordó que no se había bañado ni peinado ni… Con la cola gustosamente entre las patas se devolvió a casa, tan avergonzado como feliz. Se reprendió como nunca por haber dudado de su jefe. Casi a la puerta de su casa, miró al cielo agradecido y exclamó bañado en llanto: «Siempre pensé, hasta en los peores momentos, que mi jefe era hombre comprometido con las grandes causas nacionales». Hermoso llanto que lava los agravios y devuelve las luces de la gratitud a la memoria.

Al llegar a su casa, arrepentido, junto los fragmentos del espejo, de nuevo se miró la arruga, y constató con alegría que prácticamente le había desaparecido como por arte de magia; sí, por ese sortilegio que produce el milagro de la reconciliación con uno mismo.

Ay, cuántas cosas ocurren por la mala comunicación; ay, y cuántas cosas pueden ocurrir… Lamentablemente el espejo ya no sería fiel a la imagen que refractaba cotidianamente… En fin, cosas de la política … , cosas de la política, amigo …