QUERIDO CHAVO DEL 8: NOS VEREMOS EN EL CIELO.

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ELIO EDGARDO MILLÁN VALDEZ

Primero una confesión que ya no me avergüenza: en aquellos tiempos en que era un izquierdista cerril, tenía prohibido ver los programas de la “taravisión”. Pero a pesar de esa prohibición stalinista, me las ingeniaba para ver el Chavo del 8. Me parecía tan divertido porque, a pesar de ser una comedia repetía los mismos parlamentos, con sus jergas y gestos, siempre eran distintos. Cómo olvidar que tiro por viaje el chavo le tundía al señor Barriga, el presunto dueño de la vecindad, y luego se disculpaba con esa frase que se ha quedado entre nosotros para siempre: “Fue sin querer queriendo”

O los encontronazos que tenía que tenía con ron Ramón, que siempre terminaban con los coscorrones que le recetaba el papá de la Chilindrina, por alguna travesura involuntaria que había propinado, no sin antes decirle, al borde del infarto: “No te doy porque…” Ah, pero siempre esos coscorrones eran precedidos, por un acto que distinguía la caballerosidad de ron Ramón: siempre le quitaba la cachucha para tundirlo. En chavo después de agresión, que nunca entendía el porqué lo zurraban, iba a esconderse en su barril para huir de la maldad del mundo.

Y qué decir de la relación que tenía con el Quico, en la que por lo general el Chavo hablaba y hablaba hasta que rompía la imposible calma que tenía aquél, hasta retorcerse de rabia y blandir el brazo derecho con el puño cerrado, hasta decirle: Cállate, cállate, cállate que me desesperaaaaas…” Y el Chavo siempre es respondía con esa parsimonia que le otorgaba la inocencia: “Es que no me tienes paciencia…” Y así por el estilo. Y quienes dejábamos el Qué Hacer de Lenin, para ver la comedia del Chavo del 8, nos carcajeamos hasta el ahogo con sus mismas ocurrencias.

EL CHAVO FUE INTERGENERACIONAL.

Los sesenteros enseñamos a nuestros hijos a entender y a querer al chavo del 8. Y nuestros hijos enseñaron a nuestros nietos a no perderse una sólo segmento de esa interminable serie. Los hijos de nuestros hijos, además, han tenido un privilegio que nosotros no tuvimos: ellos pueden ver al Chavo tanto en su versión original como en su versión digital que, por cierto, a nosotros no nos gusta; pero a nuestros nietos les encanta. No sé si el Chavo del 8 será visto por nuestros bisnietos, y seguramente la mayoría de los sesenteros nunca lo sabremos, porque para esos años ya estaremos junto con a él en esa terra ignota que se llama gloria.

Al saber de la muerte de Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, me cimbré y exhale dos que tres lágrimas. A quienes me vieron en ese estado, les dije que mi llanto era porque la leña estaba verde y el humo me hacía llorar, un poco imitando un poema de Nezahualcoyotl. Y es que cuando se van muriendo nuestros artistas, comediantes, músicos, nuestros amigos y hasta nuestros enemigos, nos vamos quedando solos porque nuestro mundo, el mundo que nos constituye, son todos aquellos que hacen que nuestra vida sea un haz de lágrimas, rizas y amor. Quizá cuando una persona querida se va, como canta Alberto Cortez, lloramos por ella; pero también lloramos por nosotros mismos, porque nos condenan a la soledad por vivir en un mundo que no existe. Eso sentí hoy que supe la noticia de que había muerto mi admirado Chespirito.

Vale decir que Roberto Gómez que adquirió fama mundial porque además de crear el personaje “El Chavo del 8”, también “dio a luz” a ese héroe involuntario conocido como “El “Chapulín Colorado” y alumbró al “Chompiras”. Del Chavo de 8 nacieron personajes entrañables como la Chilindrina, que nos dejo frases como: “Fíjate, fíjate, fíjate, eh”, “Lo que tienes de bruto lo tienes de bruto”, “Papito lindo, mi amor”. Quico no dejó estas flores: ¡Cállate, cállate, cállate que me desespeeeeras!” Pues me doy”, “¡No me simpatizas!”, ¡Chusma, chusma!”

Doña Florinda nos dejó estas perlas: “Vámonos tesoro, no te juntes con esa chusma” “Y la próxima vez…” “¡Qué milagro que viene por acá!”. “Pero no gusta pasar a tomar una tacita de café?”. El chavo del 8, el creador de todos aquellos personajes, nos dejo frases indelebles, que todavía repetimos cuando vemos antes situaciones parecidas a las que le ocurrieron a él: Fue sin querer queriendo”; “Bueno, pero no se enoje” “Se me chispoteó”, “Eso, eso, eso, eso” , “Es que no me tienen paciencia”. Adiós, Roberto Gómez Bolaños. Gracias, muchas gracias, por permitirme alternar mis lecturas de Marx con mi admirado Chavo del 8.