POR QUÉ DESPENALIZAR EL ENTONO DEL CONSUMO DE DROGAS?

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ELIO EDGARDO MILLÁN VALDEZ

El ser humano (…) es un ser extraño al planeta porque es un ser a la vez natural y sobrenatural. Natural porque tiene un doble arraigo: al cosmos físico y la esfera viviente. Y sobrenatural porque el hombre, al mismo tiempo, sufre un cierto desarraigo y extrañeza debido a las características propias de la humanidad: la cultura, las religiones, la mente, la conciencia que lo han vuelto extraño al cosmos, del cual no deja de ser secretamente íntimo. Edgar Morin.

Según concepción liberal consumir o no dogas es una potestad soberana de los individuos y a ellos, sólo a ellos, corresponde esta decisión; pero además porque su combate es más costoso que los beneficios que procura, porque al final este flagelo corrompe, para decirlo con marcial donaire, todos los veneros sagrados que dan gloria y honor a la Patria, con mayúscula. ¿Acaso no hay otro motivo más poderoso para legalizar las drogas en todo el circuito que va desde la producción, la circulación y el consumo?

Antes de ir al grano permítame un rodeo parental. Recordar es sobrevivir. A mi papá, que era un bohemio de afición, amiguísimo de las farras y no menos de las faldas, cuando yo solía increparlo desde un izquierdismo en extinción, del porqué bebía sustancias de tal mal sabor y peor olor, me contestaba que las ingería por el “tarantita” que le producía el alipús. Y cuando le reclamaba que por andar en las borracheras descuidaba las obligaciones familiares, bastante malhumorado solía responderme: “Que él no era una máquina, que necesitaba disipar sus penas y alegrías en la borrachera y en la cantada”. Cuando la diabetes le arrebató la salud y le prohibieron la “tomada”, se sacó de la manga que la diabetes le hacía los mandados al Whisky, y siguió chupando lo inchupable hasta que…

Cincuenta años después comprendí a mi jefe, leyendo al autor del Anticristo. Según Federico Nietzsche el rechazo a la embriaguez ha pasado a la cultura occidental a través del cristianismo, según el cual el hombre debía ser espejo de armonía, belleza y equilibrio. Pero esta imagen del hombre está sesgada, indicó este autor, porque también lo integran los mitos trágicos, los cultos orgiásticos y la embriaguez. Dice este autor de Más allá del Bien y el Mal que, por tanto, lo apolíneo y lo dionisiaco son dos elementos claves para entender la cultura griega; y yo diría que también para comprender al hombre de carne y hueso más allá de los ismos en éste y en todos los tiempos.

¿QUÉ TAN REAL ES LA REALIDAD?

Desde esta perspectiva los hombres cabalgamos un animal que nos cabalga, de ahí que seamos criaturas frágiles, escindidas hasta la médula y proclives al extravío existencial. Y por tanto expuestos a dar vueltas sobre nuestros mismos pasos y tropezar mil veces con la misma piedra. Pero además de vérnosla cotidianamente con nosotros mismos en un misterioso yo contra mí, lo cual es ya una enorme dificultad; tenemos además que enfrentar todos los días una realidad que aparece y desaparece con vértigo fugaz, una realidad que es engañosa, que se oculta y se manifiesta equívocamente.

En su Diccionario Filosófico Fernando Savater sostiene que la realidad es de una negritud tal que “No tiene virtudes, diríamos que no tiene corazón. Es cruel, despiadada (…), carente de escrúpulos y sin miramientos con los débiles; dolorosa cuando quita y tacaña cuando concede; brutalmente sincera y descortés. Lo peor de todo: la realidad no ofrece alternativas, se obstina en su unilateralidad monótona, desoye arrepentimientos y enmiendas, permanece irreversible, intratable. Con esta realidad está claro que nadie en su sano juicio puede sentirse contento”. Justamente por esto suele afirmarse que el hombre es un animal que no soporta grandes dosis de realidad. La realidad, pues, es como dice una canción que cantaba mi abuela: “Es una senda sembrada de abrojos…”

Porque vivimos escindidos e inmersos en una impredecible realidad que soportamos a cuentagotas para no morir del todo, no es casual que por estos sinsabores, que son inmensos archipiélagos de incertidumbre, se hayan edificado sendas religiones ofreciendo un mundo más bonito que el nuestro, José Alfredo dixit; y que además se haya creado un mercado que ofrece toda laya de productos que prometen aliviarnos de los misterios y cuarteaduras que nos atosigan; e inclusive se han editado una miríada de libros de autoayuda que nos garantizan la felicidad eterna en este mundo y en el trasmundo.

Y POR SUPUESTO EL ELÍXIR RECREATIVO; HUMANO, DEMADIADO HUMANO.

Pero asimismo muchas personas, quizá demasiadas, porque no son máquinas, recurren al alcohol, al tabaco y las drogas para irla sobrellevando, como lo ha hecho durante siglos la humanidad. Escapar a lo otro, experimentar con lo prohibido o ir más allá de lo normal suele ser terapéutico. El problema es que algunos en ese viaje se quedan atrapados en un callejón a veces sin retorno, pero esa es otra historia. Los seres humanos, pues, hemos ido aceptando a regañadientes esta realidad que constituye nuestra humana condición, sin lugar a dudas con resignación, vergüenza y miedo.

Pero esta tradición dolorosa que nos habla al oído de lo que somos, aunque no nos guste, ha sido penalizada por un puritanismo antilúdico que pervive aún en el núcleo de la población que dio origen a los Estados Unidos, pero no sólo en ese país. Esta tradición mojigata hoy está siendo apoyada por los autores de la revolución “blanca” y las diferentes tribus higienistas que consideran que la penalización de las drogas es condición necesaria para alcanzar una sociedad descontaminada, que tiene como modelo el horror al cuerpo, el desprecio por los sentidos y la condena al placer. Dicho de otra forma: el prohibicionismo está enderezado por el deseo ferviente de aniquilar a nuestra otredad.

Esta Santa Alianza ha configurado un inmenso aparato burocrático/policial para propagar en el mundo el fervor prohibicionista contra diversas sustancias que los humanos disfrutaban/disfrutan y sufrían/sufren desde que somos sapiens/demens. Con esta cruzada antidrogas, en efecto, el puritanismo mesiánico proclama que salvará a la humanidad convirtiéndola en una grey ascética y políticamente correcta, según Mario Argandoña; aunque en la vida cotidiana nuestras prácticas produzcan justamente lo contrario.

DESPENALIZAR E INSITUTCIONALIZAR.

Por todo lo dicho, es necesario despenalizar todo el circuito que circunda el consumo de drogas, y no precisamente porque éste sea una potestad libérrima de los ciudadanos, aunque al final lo sea, como presumen los liberales al descalificar la arrogancia educadora del Estado prohibicionista o porque el prohibicionismo provoque exhorbitantes gastos que pueden ser utilizados en la prevención y curación de los adictos, aunque también los sea; sino porque la despenalización reconoce, en principio y por principios, que los seres humanos somos mucho más que dos. La despenalización es en este sentido sería guiño fraterno a aquello que también somos, a aquello que no quisiéramos ser pero que somos y que seremos per sécula seculorum.

En tal sentido el Manifiesto signado hace más de un año por Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Fernando Savater, Joan Manuel Serrat y…, a favor de la Legalización de las drogas, aunque no vayan a fondo del porqué del porqué de la despenalización, al menos tienen razón en un aspecto crucial, según el cual “La polémica sobre la despenalización de la droga no debería seguir atascada entre la guerra y la libertad, sino agarrar de una vez al toro por los cuernos y centrarse en los diversos modos posibles de administrarla, afrontando este problema como un asunto (…) de naturaleza ética y de carácter político, que sólo puede definirse por un acuerdo universal con los Estados Unidos, en primera línea”.

Es laudable que esta pléyade de prohombres reclamen a los cuatro vientos, sin rubores ni rodeos, que terminen estos rescoldos de la época victoriana que son inviables en este siglo en el que los blasones del puritanismo se han hecho girones; me refiero a las añejos catecismos de hierro que han proclamado el advenimiento del “hombre integro” que es el sucedáneo del “hombre nuevo” que proclamó el leninismo, pues estas admoniciones han tomado el rostro de sendas prohibiciones cargadas de doble moral, generando ominosas dictaduras contra el cuerpo y la mente que generan “inquietantes” placeres que abomina un concepto de hombre que lo convierte a éste en caricatura.