¡NO HAY PEOR ENFERMEDAD QUE EL AMOR!

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La envidia y los celos son sentimientos compulsivos que nos hacen pedazos el alma. El escritor Enrique Serna afirmó que la envidia es un pecado capital. En esta clasificación por supuesto caben los celos que son, por lo general, la cara inversa de la envidia. Ambos provocan la negritud y la acritud de los sentimientos. (Enrique Serna. Letras libres. 02: 12:2014). Quién padece estas “enfermedades” se le mira flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones. Ah, pero también irascible y llorón en lo oscurito, donde se le aflojan las canillas, le tiemblan las pantorrillas y un color se le viene y se le va. Ay, se le viene y se le va…

La envidia se manifiesta con un sentimiento hirviente contra quién nos quitó a la persona que deseamos ardientemente y, por tal “agandalle”, convertimos de inmediato en nuestro rival en amores en nuestro peor enemigo. A veces por ese ese odio irracional puede hacernos que nos enfurezcamos tanto que pueda llevar la sangre al río o podemos morirnos de amor como la niña de Guatemala, sin que vaya el pueblo en tandas a su entierro, porque ya era un muerto que deambulaba más muerto que vivo por este mundo traidor.

Y los celos son producto de la incertidumbre: imaginar -y a veces comprobar- que el ser amas hasta con los dientes, se te vaya del bohío o te engañe con otro/a, son capaces de matarte de un soponcio. Los celos contienen un ácido negro que secreta el estómago, que a leguas se respira su hedor. Cuando sentimos que alguien puede arrebatarnos a la persona amada, la vigilamos hasta el insomnio, nos convertimos en unos perros de presa, pues ese sentimiento nos produce un dolor que nos conduce a un sentimiento de alerta máxima, entonces la desazón, la rabia y el sentimiento de pérdida hacen que se nos acelere el corazón con sus latidos de tambor o como se diga.

La envidia y los celos nos muerden, nos arañan y nos arrastran a conseguir lo que queremos o a mantener lo que hemos conquistado, siempre con la angustia de perderlo todo ante nuestros reales o supuestos competidores, a los que odiamos mortalmente porque los aborrecemos con odio jarocho, hasta perder el hígado en el intento. No hay peor dolor que cuando hemos perdido a quien amamos en este jabonoso parián donde el que no cae, resbala.

EN EL PARIÁN DEL AMOR Y LA INCERTIDUMBRE.

En esta plaza de los sentidos y los sentimientos quien comanda nuestras cuitas es el deseo, que es la leña y el combustible en la que arden las ansias de ayuntamiento. Ahí sexo, erotismo y amor suelen parecer una y la misma llama. Pero cualquiera que sea la estación dónde se sitúe esta urgencia, siempre nos apremia el deseo de buscar y encontrar el oscuro objeto deseo, hasta el punto de dificultarnos la respiración, casi hasta asfixiarnos porque los pulmones en esas circunstancias se ponen más tiesos que una piedra envuelta en una cáscara de huevo.

Pero más allá de esta reflexión, el deseo dispara la pasión que suele convertirnos en policías de tiempo completo ante el peligro de perder o de que nos birlen a la persona amada. Quién no ha sentido asfixiarse y, hasta perder el sentido, ante un arranque de celos y, por supuesto, quién no le ha torcido el pescuello a su rival en amores, cuando menos simbólicamente?

Quién de nosotros no ha bebido la cicuta de la envidia ante algún sujeto que nos ganó en el parián de las piernas. Las invectivas del enamorado despechado suelen ir también muy lejos: convertir, por ejemplo, a la persona amada en lo más bajo del mundo, cuando el día anterior era considerada el castillo de la pureza. Pero quién no maldice al rival que se sacó la rifa del tigre en esa lotería que suele jugarse con “dados cargados”, hasta el punto de acusarlo de que es un pendejo que no merece a la persona que nos bajó y cosas peores e impublicables

AY, DOLOR; YA ME VOLVISTE A PEGAR.

¿Quién no ha sufrido estos terribles dolores? Vale decir que estos sufrimientos se nos clavan como cuchillos en lo más profundo del corazón, porque estas pasiones son humanas, demasiado humanas. La envidia y los celos nos causan más estragos que pasar 10 días sin comer, lo que ya es decir una barbaridad.

Si alguien todavía no ha sufrido estos tormentos y duerme tranquilo lo mismo que un niño, lea “El Túnel”, una novela de Ernesto Sábato, para que sepa lo qué es sentir celos. Pero si quiere sentir el infausto dolor de la envidia, vea la película Amadeus, y se sorprenderá de las terribles invectivas que puede crear una persona enferma de envidia.

Y sin embargo la envidia y los celos son los motores que nos obligan a superarnos, pero también a vivir muertos en vida. Creo que el amor es el culpable de que se haya creado la música, y sobre todo la música popular, pues gira en torno al amor y al desamor. La desazón que nos produce el amor se parece a la canción Quisiera Amarte Menos, que por cierto la grabaron decenas de artistas el siglo pasado:

Quisiera amarte menos
Autor Oscar Agudelo
Primavera de mis 20 años
Relicario de mi juventud
Un cariño ignorado he soñado
Y ese sueño ya se que eres tú
Cuantas veces he rogado el destino
Ser esclavo de tu sueño azul
Y hoy que se lo que vale un cario
Ya no puedo con mi esclavitud
Quisiera amarte menos no verte más quisiera
Salvarme de esta hoguera que no puedo resistir
No quiero este cariño que no me descanso
pues sufro si te alcanzo y lejos no se vivir
Quisiera amarte menos por que ésta ya no es vida
Mi vida esta perdida de tanto quererte
No se si necesito tenerte o perderte
Yo se que te querido más de lo que he podido
Quisiera amarte menos buscando el olvido
Y en vez de amarte menos te quiero mucho más