Los pajaritos, una pincelada del Mazatlán de siempre

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FRANCISCO CHIQUETE

A los pajaritos se le captura acercando una luz al agua. El pescador introduce una red de cucharón y saca tantos como puede.

Esa misma luz nos atraía a la Playa Norte o al Puente Juárez para ser los primeros en adquirir el producto.

Decenas de lanchas, detenidas en la arena de esa playa o en las rocas cercanas al Puente Juárez, provocaban la concentración de personas de a pie, en coches, camionetas, incluso algún “carro de volteo”, camión urbano o carretas tiradas por caballos o por un modesto burro.

Nosotros llegábamos en el viejo plimouth 48 de mi padre. Nos lo anticipaba desde su llegada a comer, generándonos gran expectativa. Desde las siete de la tarde empezábamos a vigilar su llegada, que no se producía sino hasta cerca de las diez, porque los pescadores regresaban por ahí de las once.

Junto con mis hermanos (apenas éramos cinco de once) y algunos chamacos vecinos íbamos primero a la Playa Norte, desde cuyo malecón veíamos las lámparas de gas de las lanchas distribuidas por la bahía. Si tardaban en regresar, hacíamos tiempo recorriendo el Paseo Claussen hasta Olas Altas, y después enfilábamos al Puente Juárez. Sólo los adultos participaban en la compra, cargando sus baldes de lata galvanizada o botes de dos kilos de leche Nido, según las necesidades de la familia.

Con mis abuelos vivíamos alrededor de veinte personas, incluyendo parientes alojados temporalmente mientras se establecían en Mazatlán, o amigas de la familia en condición de desamparo, de modo que siempre se necesitaba al menos un balde.

El fin de fiesta era siempre el mismo: siendo el mayor, me tocaba limpiar el pescado. Allá por la una de la mañana terminaba con el cuerpo cubierto de minúsculas escamas, del pelo hirsuto a los pies descalzos. El lavadero estaba igualmente tapizado y lleno de dentros de pescado. Había que recoger todo, envolverlo en periódicos (no había bolsas de plástico del supermercado) y arrojarlos al canasto de la basura.

Por la mañana mi abuela Teodora, dueña y señora de su hornilla de barro, asaba los tomates y chiles directo sobre las brazas para hacer una rica salsa en el molcajete, ya con los frijoles caldudos listos y “de la primera guisada”, para luego freír los pescados, dorándolos conforme nos turnábamos en la mesa familiar.

Hoy la fiesta de los pajaritos sigue siendo intensa, casi tumultuaria, pero ya los venden a domicilio y sobre todo, limpios por una sobrecuota de veinte pesos el kilo, de modo que ya es sólo anécdota aquel llanto del botanero del Club 21, la Chenta, quien renunció a su trabajo ese día en que su jefe El Buchalón, le llevó cincuenta kilos de pajaritos (sin limpiar por supuesto) para que preparase la botana del día.