LOS AÑOS PESAN Y EN LA FILA Y LA ESPERA, PESAN MÁS.

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* Cientos de personas siguen acudiendo a Sedesol con la esperanza de una pensión.

* A estas alturas de la vida, a pesar de su desesperación, deben de armarse de paciencia.

Son las diez de la mañana, a estas alturas del día ya existe una gran cantidad de personas de la tercera edad esperando; algunas acompañadas de hijas o nueras; poder realizar el trámite para alcanzar el sueño de la llamada Pensión Universal que les prometió el presidente Peña Nieto por la televisión.

“Los viejecitos llegan muy temprano, algunos desde antes de las seis de la mañana hacen fila, a pesar de que las oficinas se abren más tarde; y, es que se desesperan”, comenta amable uno de los servidores.

Todo es por el afán de “alcanzar ficha” y asiento; afuera de las recién remodeladas oficinas, las cuales vino a reinaugurar el delegado Regino López Acosta hay una larga fila.

No son las oficinas denigrantes que conocimos atrás tiempo. No en balde, el subdelegado de administración José Pablo Pérez dio aquel largo detallado de las obras que tuvieron que realizar para resarcir el edificio del vandalismo; el pasado día lunes, cuando los funcionarios de Sedesol local, esos que están desesperados por que el jefe los vea, ocuparon las primeras hileras de asientos arrinconando a los viejecitos que eran la razón de ser del acto, a donde acudieron tres alcaldes y un diputado.

Pero eso ya pasó; en este día la afluencia sigue siendo enorme. Afuera hay ancianos que vienen de las colonias más lejanas y hasta de las comunidades rurales.

Don José Lizárraga Tiznado, se enteró por unos familiares, allá en la Tuna que estaban registrando para el “Sesenta y cinco y Más”, no lo pensó dos veces. Dice que el campo ya no es para sus huesos; y de sus hijos, muchos han emigrado. Ni en sueños tuvo una pensión, en sus años mozos de labriego, vaquero y jornalero no pensó en eso.

“Hoy los años pesan y con estas filas más, muchacho”.

Este tipo de actos, aunque suene difícil de creer sirve también para nuevos encuentros con viejos conocidos. Un largo intercambio de achaques, cual si fuera concurso; se escucha en las pláticas que se sostienen para matar la espera.

Lucía vende donas azucaradas y oculta sus ojos tras enormes gafas oscuras. Esta la carreta de venta de agua fresca y tacos sudados, más allá un frutero.

Sale una persona desesperada por saber donde puede ir a sacar una copia de su credencial de elector; de veras que está desesperado, no cree que le vayan a respetar el lugar.

Llega una camioneta y se estaciona, en la caja trae varias jabas con tomate a diez pesos la bolsa; menos mal que no está ya Lupita Zamudio, sino ya le hubieran caído los cobradores de piso.

Empieza a sentirse calor. Algunos, los más precavidos, llevan un bastón que se convierte en un diminuto banco donde pueden depositar sus huesos cansados.

Después de la fila, pasan a la antesala del edificio donde una larga serie de asientos les esperan mientras una mujer desesperada empieza a gritar los números: “El veintitrés…el veintitrés, donde está el veintitrés?, bueno el veinticuatrooooooooo, ahh pues el veinticinco, el veinticincooo”, tal parece que está desesperada por acabar con la jornada.

La observamos cuando se sienta en la mesa de “Captura” para atender a uno de los que se levantan a duras penas caminando lerdo: esta copia no le sirve, es de un recibo viejo, va a tener que traerme uno más reciente. De nada sirve la explicación.

Y no dejo de preguntarme: ¿Dónde quedó el mensaje que dio el delegado hace dos días en el sentido de que se busca ‘recuperar la dignidad poniendo el ejemplo’?. La grabación no miente.

Como tan poco puede mentir, doña Praxedis, quien viene de la Azalea de la Flores Magón y nos dice que hace como un mes pasaron por su casa a tomarle los datos: como se llama, cuántos años tiene, quien la mantiene, tiene seguro, recibe pensión; y una larga serie de preguntas para rematar que disfrutará del beneficio del programa impulsado por el señor Presidente Peña Nieto, pero que antes iban a volver a pasar a verificar sus datos: Y como no pasaron, Güerito me vine adelantando.

Al salir de ahí, no deja uno de pensar…y pensar…y soltar un madrazo. Si a mis cincuenta ya me pesan los años, como será con sesenta y cinco y más?.