Las tradiciones perduran

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Rogelio un artesano huichol, sigue los usos y costumbres

Las tradiciones se heredan; generaciones van y vienen y hay culturas en las que el conocimiento se transmite de padres a hijos y así sucesivamente para que no se pierdan los usos y costumbres de pueblos cuya antigüedad se pierde en el sino del tiempo.

Rogelio, es de la región del Nayar, “Huichol”, según nos dice con orgullo, al tiempo que levanta la barbilla, el pecho y respira hondo.

Es artesano, fabrica pulseras, aretes y otro tipo de confecciones con shaquira y estambre.

 Son cosas que aprendió de sus padres y que hoy lo convierten en un artista, cuyo propósito principal es el de vender sus piezas para llevar el sustento a su familia, la que se quedó en la sierra y a la que tiene planeado visitar la próxima semana.

Pero no se crea que las cosas son tan sencillas.

Son muchas las penurias las que tienen que sufrir y la principal se la ocasionan las mismas autoridades, sí, las que supuestamente están para cumplir con el deber ciudadano de velar por la gente, auxiliándoles para cumplir con sus necesidades.

A Rogelio, que le hace su luchita tratando de vender su artesanía en 100 ó 200 pesos, “según el tamaño” la pieza, no lo dejan trabajar en la zona dorada.

Los inspectores de Oficialía Mayor le dicen que allí no puede estar, que le busque por otro lado.

Se trata de dinero, claro que está, hay que soltar la marmaja para que los sesudos interventores se hagan de la vista gorda” y lo dejen chambear.

Y es que, además, hay un número determinado de tiendas de artesanías que sienten que les hacen la competencia y de seguro se quejan ante los mencionados quienes ni tardos ni perezosos se van sobre él, como si fuera una descomunal compañía que les arrebatará todos los clientes. Nada más alejado de la realidad.

Aún y cuando son 30 años en el oficio, le suda para hacer sus artefactos y es que para fabricar una pulsera tarda cuando menos un día, lo mismo que para construir untar de aretes, y eso si el tiempo es suficiente

Padre de tres hijos en edad de ayudarle, y tres más que todavía son menores, los dejó en la sierra, a la que tiene planeado regresar en unos días más, “siempre y cuando me dejen vender la mercancía”.

Los tres mayores son sus ayudantes y la “fábrica” la tiene en su propia casa, enclavada en los altos de Nayarit.

 Cuando el preguntamos de los precios, en su entendible Español pero aún con dificultades para hablarles nos confiesa que “a veces la gente a veces reniega por que dicen que doy muy caro, a 200 pesos o 100, de acuerdo al tamaño es el costo. Y es que seguramente  lo que se refiere es a los que acostumbran regatear para después presumir que se burló de un hermano de raza que  no goza de los mismos privilegios de los que nacieron en “tierra baja”.