LA SIRENA DE LA PLAYA NORTE

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Gildardo Izaguirre Fierro: Redacción

Fotos: Martín Gavica

Fue un mes de mayo, temporada del arribo de pajaritos, esos pececillos que llegan a la bahía con el ansia sexual a cuestas, aquí amasan sus jugos y se reproducen por millares. Ese mes me contrató una revista para que hiciera un documental fotográfico de una jornada de pesca. Rentamos una panga y al anochecer nos fuimos en busca de los pescadores.

En cada panga se encendían reflectores, y los peces, sorprendidos en orgía sexual, se arremolinaban en los círculos de luz y sólo había que atraparlos con una red mariposera. ¡Cuánta algarabía entre los pescadores…! Tomé fotos hasta que las pangas temblaban con su carga plateada. En la playa había alborozo, señoras, señores, niños, hacían fila con cubetas para comprar el preciado manjar.

Serían como las once de la noche y me disponía a guardar el equipo; cuando “El Siete Mugres”, un pescador amigo, me invitó a sacar cangrejos rojos: -Son para la carnada de mañana; ahorita con la luna llena se quitan el cascarón y se ponen blanditos. ¡Si vieras como pican los pargos…!

Guardé las cámaras en la camioneta y nos fuimos por la orilla rocosa, buscando cangrejos. Llenamos una cubeta grande, ya era de madrugada. A los lejos se escuchaba bullicio en “Las Yardas”, un antro que está mero enfrente de Playa Norte. El embarcadero lucía solitario. La luna iluminaba toda la bahía.

De repente escuchamos un grito aterrador. Se escuchaba como si saliera del fondo del mar; “El Siete” me miró, yo lo miré. En ese momento estábamos como a 20 metros de la orilla. Me dijo asombrado: -Algo se mueve en el agua. ¡Ves la espuma… Es grande y …!

No terminó la frase cuando vimos una hermosa cola bifurcada sumergirse.

-¡¡Viste, viste!!- Exclamó.

– Debe ser un gallo persiguiendo sardinas- Le contesté.

– ¡Ni madres de Gallo…! No te hagas güey, era otra cosa…! Vamos a la panga, hay que seguirla. –Me indicó con tono imperativo.

-¡Estás loco pinche “Siete”! Ha de ser un lobo extraviado, ya vez que se vienen a comer el pescado de los chinchorros.

En lo que discutíamos, se acercó el policía del antro. -¿Qué fue ese grito, mi “Siete”?

-Eran unos pinches borrachos que iban en madriza en una explorer, creo que le pusieron una sirena.

-Órale…Se cuajaron con los cangrejos. Hay te encargo un parguito.

-Sale mi “Poli”. Ay la vemos.

Con la luz de la luna, se alcanzaba a ver una mancha rosada que poco a poco se acercaba a la playa. Las olas arrojaron una especie de vejiga blancuzca, de piel gruesa, surcada por venitas rojas. Era del tamaño de una sandía.

La recogimos con una red cucharera, vaciamos los cangrejos en un depósito de la panga. Al colocar la vejiga en la cubeta sentí que algo se movía adentro. La cubrimos con agua. -Mira “Siete” – Le dije-, sea lo que fuere, me lo llevo para la casa, allá tengo un acuario grande de agua salada y mientras tanto, no hay que decir nada; porque van a decir que andábamos mariguanos.

-Es que parece que en la bolsa hay un feto, como de criaturita- Me dijo “El Siete” un poco sacado de onda.

-Quien sabe, mañana te digo. Vámonos, hay te dejo en el obispado.

 

De años, desde que trabajaba en la construcción de vías del ferrocarril, padezco insomnio. Es que le teníamos terror a las víboras, pero el desvelo no me baja las pilas. Deposité la vejiga en un acuario,

junto con los caballitos de mar y le puse otra bombita de aire. En efecto algo temblaba en el interior de la bolsa. Parecía un feto. Por cierto, el acuario lo tengo en un cuartito al fondo del huerto; ahí hago “mis experimentos”, pongo semillas silvestres a germinar, curo garzas y pelícanos heridos. Siempre me ha gustado la Biología.

Preparé una jarra de café colado. Tenía que hacer tiempo para esperar a que el rastro del Castillo, donde está el matadero de puercos de las rancherías vecinas, estuviera abierto para conseguir un feto, pues conocía a “El Siete”, y sabía que no se iba a quedar callado.

Lo conseguí en cien pesos. El muchacho que recogía las vísceras y otros desperdicios, se me quedó viendo de tal forma que me obligó a decirle: “Me lo encargaron para una clase de Biología”. Nomás peló los ojos.

En efecto, “El Siete” habló. A media mañana me despertaron. Venía en una patrulla y lo acompañaba una periodista de “El Sol del Pacífico”, el único periódico que existía en aquellos años. La noticia salió al otro día, se aclaraba que el feto que arrojaron las olas en Playa Norte no era de humano, sino de cerdo.

 

Todo ese día estuve observando la vejiga, palpitaba de manera intermitente. Ajusté el termostato del acuario; extraje los caballitos y los liberé en el mar. Sabía a quién tenía que consultar: el maestro Miranda, “El Viejo Elías”, como le dicen en el círculo de la intelectualidad marginal del puerto. Estudió en monasterios de los Dominicos y Jesuitas, con estos últimos hizo una larga estancia en Italia. Volvió hecho un experto en la interpretación de oscuros textos medievales: “Soy un hermenéutico casi patético”, solía decir con sorna.

 

Al anochecer lo encontré en “La Tertulia”, ahí se reúne con filósofos marismeños, poetas melancólicos y sociólogos de la complejidad. Estaba solo, su flacura me hizo recordar una imagen de El Quijote.

En lo que bebíamos dos medias de cerveza Pacífico, le narré la historia. Al principio no mostró interés, pero a media plática y después de un largo trago de cerveza, se quitó la gorra gallega que siempre porta, puso los lentes en la mesa y clavó su mirada destripadora de enigmas en una mancha de hongos de la pared patiera del congal. Hizo cálculos en una servilleta.

–Supongo que traes carro, me dijo.

–Si, traigo mi camioneta.

 

Cruzamos toda la ciudad. La noche era todavía tierna. Grupos de muchachos levantaban sus “caguamas” al viento por el malecón. La colonia es un vericueto de calles. En los portales y en las banquetas la gente en rueda platicando. Se escuchaba música, sobre todo los boleros tristes de Javier Solís.

Después de la entrada, todo era caminar por pasillos bordeados de estantes repletos de libros. Escuché un ruidito como de radio mal sintonizado.

-Son las termitas; ya las tengo cercadas, les puse una valla con las obras completas de Enver Hoxa y los libros de un semiólogo de la UAS. Son infumables- Me dijo.

Al final entramos a una sala amplia, con mesa de patas torneadas al centro; sillas, bancos y cojines desperdigados por todos lados. El viejo abrió una cantinita y sirvió dos vasos de oporto. De un estante sacó un libro con un hermoso grabado en la portada, el título estaba grabado en letra resaltada: “Serpentum, sirenieum et draconum”, Por Ulises Aldrovandi, Biólogo, Profesor de la Universidad de Bolonia, Italia, 1640.

Buscó en otros estantes y regresó con un bulto de libros. Alcancé a ver algunos títulos: “El ocaso de las Sirenas” de José Durand; “Tratado de mamíferos marinos” del Dr. Benito Mejía; “Zoología fantástica” de Jorge Luis Borges; “Tratado de los símbolos” de Ernst Gombrich; “Los alquimistas del mar”, del Dr. Federico Páez; “La menstruación de las sirenas: el mito de la marea roja”, del Psicólogo Elio Millán.

El maestro encendió una pipa y se quedó como en éxtasis santomasino. Regresó de su viaje y habló.

–Vivimos rodeados de gestos y símbolos, por eso hoy, más que desatar la lengua hay que abrir mucho los ojos. No hables con nadie, revisa los textos. En el libro de Aldrovandi vas a encontrar lo necesario. En los otros hay detalles técnicos para conservarla viva. Te doy un dato: la penúltima sirena fue registrada en Portugal, en el año 500 de Nuestra Era. De acuerdo con Aldrovandi, al igual que los dragones, se reproducen cada 1500 años. Estamos en el 2000; no sé si felicitarte, pero tienes una enorme responsabilidad. Vete, ya no me busques, los libros estaban destinados para ti.

 

Ya era de madrugada cuando regresé. Las calles del barrio olían a calabaza cocida, que es el aroma de la malta cervecera que nos regala la fábrica de Pacífico. Revisé el acuario, la vejiga se notaba más hinchada, la temperatura se mantenía en los 20°C. Tomé notas toda la noche, al final tenía casi un manual para la cría de sirenas.

Había que ponerse en acción, Según las notas, la bolsa se rompería en 40 horas después de expulsada y sólo faltaban 24 horas. Todo el alimento tiene que ser vivo. En la primera semana consumen crustáceos y algas, de preferencia las caulerpas y ulvas; ya en la siguiente prefieren peces y al mes hay que liberarla, no soportan más tiempo en cautiverio.

Por la mañana, temprano, conseguí camarones vivos en una granja, por el rumbo del Estero de Urías; Don Pancho, el pulpero de la bahía, me llevó las algas a la casa: -¿Pa´que las quieres pues?. Preguntó.

-Las voy a secar y moler, dicen que curan el bocio, por el yodo que contienen- Le contesté lo primero que se me vino a la cabeza.

La eclosión fue a las 52 horas. Me di cuenta porque vi flotando la vejiga vacía. El cuarto estaba a oscuras, usaba una lamparita de luz sorda para iluminar el acuario. La vi acurrucada en una esquina, entre las caulerpas y ulvas. Era como un pececillo rechoncho de color negro, muy parecido al puyeque. La luz de la lámpara reflejaba los ojos rojos de los camarones. La dejé reposar.

Fue maravilloso ver crecer este animal metafísico, y no es por rayarle el cuaderno a Ovidio, a Homero ni a Tirso de Molina, pero no son “la mitad mujer, la mitad pescado”. Tampoco tienen plumas ni cara de virgen. En lo que acertaron estos autores es que cantan: al tercer día emitía un chiflido que subía y bajaba de tono. Fue precisamente esa semana que en toda la costa aparecieron delfines muertos y una enorme ballena rorcual encalló y murió en la Playa Pinitos. También por esos días, los pescadores de la Isla de la Piedra capturaron una raro pez en forma de luna, en una de las caras traía un mapa dibujado: “es de las profundidades”, dijo un viejo loco que se mantiene chupando espinazos de sierra en la lonja pesquera. Todo mundo se asustó; porque el viejo era sordomudo.

 

La liberé un domingo a mediados de junio. Creció tres veces su talla de nacimiento, calculé 60 cm. Su última comida fueron medusas “Aguamalas”, como lo recomienda el Biólogo Aldrovandi. En una de sus páginas indica: “Suministrarle Aguamalas, no por nutritivas, sino para que las reconozcan como su fuente principal de agua dulce”. Su cabello era negro y rizado; los ojos, fuera del agua, miraban en verde aceituna. Sus escamas eran de un azul iridiscente.

La solté en el mismo lugar del parto. Ya habían empezado las lluvias de junio, la noche presagiaba tempestad. Se sumergió lentamente, dio dos coletazos y la perdí de vista; como a diez metros de la playa emergió y justo en ese momento, un relámpago rebotó el rayo verde de su verde mirada.

Todo el día trabajé ordenando las notas, por supuesto con muchas fotos; por la noche fui a la “Tertulia”. El “Viejo Elías” tenía tiempo que no paraba por ahí. Lo busqué en su casa, toqué y nada. Pegué oreja a la puerta, el bisbiseo de la termitas era más intenso: “Éstas si digieren al semiólogo”. Pensé.

A media mañana sonó el teléfono: el Dr. Cuasidoro López, Rector de la UPSIN, avisa que inaugurará una cápsula del tiempo e invita a que deposite un texto: “Se abrirá en 50 años”. Acepté la convocatoria: el tiempo no está para andar soltando la lengua.

Abrí el periódico y leí las ocho columnas: “Se incendia casa de filósofo porteño”. Una foto del “Viejo”: “No hay rastros del reconocido intelectual”.