LA SANTA DE CABORA.

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Luis Antonio Martínez Peña.

Tomás Urrea vecino del rancho de Cabora en las cercanías del real de minas de Álamos, agricultor y comerciante, casado en aquel lugar con la señora Loreto Guerrero,  tuvo aventuras amorosas con la señora Cayetana Chávez oriunda y vecina del pueblo de Ocoroni en Sinaloa, y en esa relación tuvieron como hija a Teresa Urrea Chávez, misma que nació el 15 de octubre de 1872 en el pueblo de Ocoroni.

El cancionero popular consigna sus mañanitas a la Santa Teresita de Cabora.

Buenos días Teresita,

Yo te vengo a saludar

Saludando tu hermosura,

Y en tu casa celestial.

La niña huérfana de madre fue recogida por su padre y la llevó a vivir a su casa de Cabora junto a los hijos de su matrimonio.

Desde los doce años la epilepsia la acompañará por el resto de sus días, sin embargo es después de estos ataques en que la muchacha empezó mostrar signos de una fe religiosa profunda que la transformaba y volvía en sí diciendo que había tenido revelaciones y fue que la gente de aquellas rancherías la empezó a frecuentar en calidad de mensajera de Dios, de la Virgen María y además le atribuyeron poderes curativos y por ende milagrosos. Para estos años de 1885-1890.

La vida de aquellos pueblos de indios mayos, las rancherías de criollos y mestizos y los reales de minas de la sierra del sur de Sonora, norte de Sinaloa y suroeste de Chihuahua era un universo aparte de la vida nacional.

 Aquellos pueblos habían surgido bajo el influjo misionero de los padres de la Compañía de Jesús que durante dos siglos habían  concentrado a mayos, yaquis, pimas y tarahumaras en pueblos de doctrina o misión, pero los padres fueron expulsados de los territorios españoles en 1767 por órdenes del Rey Carlos III. Desde entonces los auxilios espirituales recayeron en los curas que atrincherados en sus parroquias en pueblos de importancia poca atención brindaban a la población. La presencia de una muchacha milagrosa en aquellas tierras y las romerías y peregrinaciones en busca de salud física y consuelo espiritual tuvo repercusiones a nivel nacional y la prensa de la época la dio como una noticia curiosa y muestra de fanatismo manifiesta en esas regiones desérticas y polvorientas del Noroeste de México.

Todas esta historia de la mujer enferma de epilepsia, de miradas serena y beatifica que curaba enfermos y daba consejos, hubiese quedado ahí en el México de las tradiciones, en la imaginería popular, si no se hubieran dado las transformaciones socio económicas impulsadas por el proyecto de modernización impulsado por el presidente Porfirio Díaz. Esta modernización económica incluyó cambios en la propiedad y explotación capitalista de grandes extensiones de tierra que incluyó las también pobladas por rancherías de criollos y mestizos de la Sierra Madre Occidental y de las comunidades indígenas. De la noche a la mañana y por órdenes del gobierno se deslindaron las llamadas tierras baldías de la nación y en greña y en extensiones enormes pasaron a manos de compañías deslindadoras que luego entraron a beneficiarse de bosques, fuentes de agua y ríos, así como de las riqueza mineral de oro, plata, cobre zinc y estaño que yacen en las profundidades de las montañas.

Estos movimientos, fuerzas descomunales de intereses económicos poderosos emergieron bajo la sombra del poder político de Porfirio Díaz.  Los habitantes de la sierra de los pueblos de Tomochic y Temosachic del distrito de Guerrero, Chihuahua, desesperados por la intromisión de estas compañías en los territorios que sus padres habían peleado a los apaches y antes a  los grupos indígenas locales, generaciones enteras que habían forjado su patrimonio con la escopeta y el hacha del leñador, con la yunta de mulas que arañaba la tierra con el arado de palo y punta de hierro  se vieron en la necesidad de ir a Cabora para pedir consejo a la niña santa.

Despierta niña amorosa

Porque el señor te eligió,

Para nuestra defensora

Luego que ya amaneció.

Aparte del despojo de sus tierras y bosques los religiosos habitantes de  Tomochic habían recibido un golpe más fuerte. Cuando el conflicto apenas iniciaba, el gobernador de Chihuahua, don Lauro Aguirre visitó Tomochic y en su estancia en el pueblo acudió a un servicio religioso a la pequeña iglesia del lugar y ahí encontró una imagen religiosa tallada y de reconocida antigüedad que llamó poderosamente su atención y cómo el gobernador tenía inclinaciones por el arte sacro creyó conveniente sacar del anonimato esa obra y llevarla a la capital del Estado. El hecho alteró la de por si tensa relación y el llamado a combatir a los herejes ocasionó una catástrofe y el fin del mundo para aquella pequeña población.

Era el año de 1892 y para la Santa de Cabora no hubo vuelta de hoja, la paz y el orden de su universo se debían al Gran Poder de Dios y los abusos cometidos por los poderosos  en contra de los humildes eran ofensas al supremo y  ordenó la guerra al gobierno de los herejes. Ese fue el consejo que esperaban y la orden que recibieron los hombres duros y barbados de la sierra que llegaron a consultarla.  

En ese año las amenazas de expulsión del territorio nacional en contra de Teresa Urrea empezaron a tomar fuerza y  más aún, cuando los indios mayos en rebeldía  entraron a saco al pueblo de Navojoa ocasionando grandes daños, y escuchando entre sus arengas el nombre protector de la niña santa. En la retirada y bajo la amenaza de una gran fuerza federal que provenía de Huatabampo, todavía los indios mayos emboscaron a un grupo de cincuenta soldados federales y los abatieron con grandes pérdidas a las fuerzas del supremo gobierno.

En aquel nuevo momento

Tu invocación resonó

Por ciudades, pueblos y villas

Luego que ya amaneció.

 

El gobernador Rafael Izabal de Sonora  no tuvo más remedio que solicitar refuerzos de tropas y expulsar a la santa de Cabora que se fue a residir a Nogales pequeña población fronteriza de  vecino estado de Arizona en la Unión Americana, donde grupos opositores a Díaz utilizaron su nombre como estandarte para ganar adeptos a la causa en contra del dictador. Teresa Urrea ya no regresó a México, murió en el pueblo de Cliffton en Arizona en 1906.

Los alzados de Tomochic y Temosachic bajo el mando de su patriarca Cruz Chávez  dieron la pelea durante dos años 1893-1895. El gobierno finalmente tuvo que disponer de grandes cantidades de recursos y de hombres para sofocar la rebelión de los fanáticos religiosos que se oponían al progreso, una rebelión de montañeses incultos y fanatizados; así lo consignaban las cabezas de prensa de los diarios afines al dictador; pero entre los soldados que fueron a combatir a los rebeldes se encontraba un joven subteniente, Heriberto Frías, mismo que escribió notas sobre la guerra y cuestionó el genocidio cometido por las fuerzas armadas, las notas  fueron publicadas en forma de novela por entregas en el diario El Demócrata de su amigo Joaquín Clausell.  Heriberto Frías fue expulsado del ejército y sujeto a un consejo de guerra, posteriormente fue encarcelado y a partir de ahí se convierte en opositor intelectual al régimen de Díaz;  pero en 1896 ya lo tenemos en Mazatlán como jefe El Correo de la Tarde y en 1906 apareció publicada su novela Tomochic, que todavía hoy podemos conseguir a través de las edición Sepan Cuantos de editorial  Porrúa. Otra obra que hace referencia a la santa de Cabora  y la rebelión de Tomochi y Temosachic fue escrita por el periodista mazatleco José C. Valadés bajo el titulo PORFIRIO DÍAZ CONTRA EL GRAN PODER DE DIOS, publicada por Lega Júcar en 1985 en la colección de Crónica General de México  bajo la dirección de Paco Ignacio Taibo II.

En un gran paralelismo histórico y social, nosotros podemos leer sobre la rebelión milenarista en el nordeste brasileño plasmada en  la obra de Euclides Da Cunha  publicada en 1906 bajo el titulo de LOS SERTONES dónde relata la guerra de Canudos de 1897, una rebelión de desesperados encabezada por el santón Antonio el Conselheiro;  un levantamiento popular de los yagunzos  o campesinos en una región desértica agobiada por la sequía  en contra del ejército moderno de  la flamante República del Brasíl. Este hecho también fue magistralmente tratado por el escritor peruano Mario Vargas Llosa en su libro LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO publicada en 1981. Tanto Euclides Da Cunha como Vargas Llosa hacen gala de descripción de la ineficacia del ejército brasileño que al final tuvo que movilizar a más de diez mil efectivos para arrasar a sangre y fuego y sin dejar sobreviviente alguno en la aldea de Canudos, algo similar había ocurrido paralelamente en el México moderno de Porfirio Díaz.