LA REBELIÓN “LAICA” EN EL NORTE DE ÁFRICA.

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UN PUNTO DE INFLEXIÓN EN LA MARCHA DEL MUNDO.

Este artículo lo escribí rebosante optimismo en las páginas de El Sol de Mazatlán, cuando Francisco Chiquete era su director. De esas fechas a hoy mi pesimismo es relativamente moderado, porque en las revuelas populares caen unos dictadores y se encumbran otros. Egipto es un caso paradigmático. Cuando Chiquete leyó -revisó- mi rollo me dijo algo así: “No estoy de acuerdo con tu punto de vista…, pero ya no me acuerdo porqué no coincidía conmigo.        

Tras la implosión del Socialismo Real y la dispersión posterior del imperio Soviético, se creyó que asistíamos a una larga etapa de democratización en el mundo. En efecto, muchos analistas creyeron que la progresiva balcanización que estaba ocurriendo en Europa del Este y del Centro, después del colapso, era solamente un asunto pasajero, un simple acomodo de los pueblos y naciones que, una vez liberados del yugo totalitario, tenían el horizonte de la democracia a la vuelta de la esquina.

            De este entusiasmo fueron ejemplares, entre otros, Octavio Paz y Francis Fukuyama. Paz organizó en 1990, varias jornadas de “reflexión política, histórica y moral”, intituladas La Experiencia de la Libertad. El Coloquio convocó a renombrados intelectuales que, más allá de los matices y no pocas disidencias de fondo, concluyeron que el mercado y la democracia serían el destino de la humanidad después del naufragio del Socialismo Realmente Existente; aunque vale decir que el mismo Octavio Paz señaló que la “insurrección de los particularismos podría ser una reacción positiva de los sentimientos heridos de los pueblos, pero pueden también ser el principio deldesastre si se trata de una explosión nacionalista de todos contra todos”.    

Fukuyama en su obra El Fin de la Historia y el Último Hombre, publicada en 1992, consideró que, tras el derrumbe del imperio Soviético, la etapa final de la evolución humana sería la democracia liberal. No obstante la contundencia de la afirmación, en entrevista con Paulos Papadópoulos,  Fukuyama dejó abierta la posibilidad de que pudieran emerger  problemas culturales, no sin reiterar que para llegar a ser una economía avanzada, un país tenía que ser democrático y estar conectado con el mercado global. 

 

CAMBIO DE RIELES

Fue Samuel Huntington el primer “pensador” que empezó a “enturbiar” aquel optimismo, pero también la orientación de las críticas a ese entusiasmo. En 1993 este especialista en política internacional en su libro Choque de Civilizaciones, vaticinó la emergencia de conflictos culturales ante “la persistencia de las divisiones lingüísticas, culturales y religiosas premodernas, como las que existen entre el cristianismo occidental y oriental, y el Asia confuciana e hinduista”. La interpretación de Huntington contribuyó, en efecto, a cambiar progresivamente los términos del debate que orbitaba entre ponderar las virtudes de un vapuleado socialismo o las bondades del capitalismo victorioso, para situarse en un debate oscuro que lideraban el fundamentalismo del consenso de Washington y los fundamentalismos de mundo Árabe, sobre todo después de ataque y caída de la Torres Gemelas.  

Pero antes y después de lo que sucedió en el World Trade Center, ocurrieron  luchas fraticidas en Chechenia, la ex Yugoslavia, Afganistán y… así como la emergencia de los nacionalismos en los muchos países del mal llamado Tercer Mundo, con “socialismos” bárbaros y capitalismos de Estado ayunos de la más elemental democracia y, por supuesto, los movimientos sociales que luchaban y aún luchan por respeto a sus identidades de hierro  en países del Primer Mundo que, por su tradición democrática, se creían inmunes a este contagio; en efecto, todas estas manifestaciones cambiaron la faz del debate en el planeta. Todo indicaba que las profecías de Huntington se autocumplirían y el mundo ardería en esa llama hasta el final de los tiempos. Vale decir que también hubo voces sensatas que no solamente condenaron ambas expresiones, por ejemplo Castells, como un efecto recursivo de una Era de la Información sin bridas y sin estribos.

 

NUEVO CAMBIO DE RIELES

Desde aquellos días hasta estos años, han pasado enormes caudales de aguas turbulentas por debajo del puente de la historia. Este flujo de aguas procelosas, por supuesto, han desautorizado, corregido y completado las visiones de los trabajos pioneros que se han comentado. Y en esas estábamos cuando irrumpe la rebelión laica de juventud norafricana. Una insurrección en un mundo donde el Corán ha ceñido desde siglos la vida pública de todos países  Árabes, a excepción de Turquía, a una pobreza institucional y una pobreza a secas. De ese negro tejido han emergido reyes, reyezuelos, sátrapas, dictadores y, por supuesto, intérpretes del Islam más duros que promueven la Guerra Santa contra el  Satán norteamericano. Occidente en y después de la Guerra fría ha/había tenido una actitud obsequiosa con los primeros, sobre todo para contener a los más regresivos y porque aquellos antiguos príncipes  estaban en posesión de un inmenso manto de petróleo.        

 

Octavio Paz en los Hijos del Limo, diagnosticó la diferencia entre reinado del Islam

y el primado de la modernidad: “La disputa entre razón y revelación también desgarró al mundo Árabe, pero allá la victoria fue de la revelación: la muerte de la filosofía y no, como en Occidente la muerte de Dios. El triunfo de la eternidad en el Islam alteró el valor y la significación del tiempo humano: la historia fue hazaña o leyenda, no invención de los hombres. Las puertas del futuro se cerraron; la victoria del principio de identidad fue absoluta: Alá es Ala. Occidente escapó de la tautología, sólo para caer en la contradicción”.  

Pareciera que las insurrecciones en el Norte de África que se extienden a otras latitudes, tienden a la occidentalización de ese mundo coagulado que arrojó a las sociedades Árabes a la intemperie, sobre todo si leemos con cuidado las reivindicaciones de es movimientos: democracia, derechos humanos, libertad; pues este rosario de reclamos pujan por una inmersión en un tiempo fluido, tiempo en el que vive y sufre Occidente. Es muy pronto para saber qué pasará en esos países. Tal vez sufran un largo desgarramiento entre tradición y modernidad, como ocurre en México y Turquía, a pesar de proclamarse sociedades del mundo Occidental. Quizá logren en el futuro armonizar en su tejido social y político, tradición y modernidad y también puede ser que, después de la aventura, retornen al lecho de sus pesadas tradiciones que tanto daño les han causado.