La cuestión de las drogas (Entrevista con Fernando Savater)

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Melchor Inzunsa

“En una sociedad abierta y libre, no es en absoluto asunto del gobierno qué ideas lleva un hombre en su cabeza ni qué drogas lleva en su cuerpo”. Dr. Thomas Szasz.

El diario español El País publicó en 1985 una entrevista imaginaria del filósofo Fernando Savater con el ilustre psiquiatra libertario Thomas Szasz, estadounidense de origen húngaro, que falleció en 1912 a los 92 años.

Savater recreó las respuestas de Thomas Szasz, con base en los escritos del psicoanalista. Los temas: la medicina, la psiquiatría, el Estado terapéutico, las drogas y su tráfico.

Resumo las opiniones de Szasz sobre el problema de las drogas:

 

Thomas Szasz

¿El problema de la droga? Los nazis tenían un problema judío; nosotros tenemos un problema de la droga. La expresión “problema judío” era un eufemismo de los nazis para designar el exterminio de los judíos; el “problema de la droga” es ahora un eufemismo cuando se trata de perseguir los adictos ciertas drogas, con el pretexto de que matan.

Algunas son más peligrosas que otras. Pero si una persona ha de ser libre, debe tener el derecho a envenenarse y matarse. Y, efectivamente, lo tiene ahora con el tabaco, pero no con la marihuana; con el alcohol, no con la heroína.

La droga puede matar a quien quiera matarse. Eso no debe ser perseguido como un problema público, porque es una cuestión privada. Pero hoy, por el hecho de estar prohibida, la droga mata a mucha gente que no quiere matarse. Si el Estado pretende que la droga mate lo menos posible, debe controlar su calidad y su precio. Es decir, levantar la prohibición.

Si todas las drogas se legalizaran –se dice– las consecuencias sociales serian terribles. Pero es como creer que el divorcio o despenalizar el aborto, destruirá el

matrimonio o acabará con la procreación. El comercio libre narcóticos asusta a las personas que creen que todo mundo se pasaría día y noche drogándose en vez trabajar y asumir sus responsabilidades. Eso es un disparate… Los hábitos del trabajo y el ocio son pautas sociales profundamente arraigadas; además, mucho del prestigio de la droga le viene hoy de su prohibición.

 

El desprecio al individuo

Fernando Savater

Diez años después de aquella entrevista con Szasz, se me ocurrió entrevistar del mismo modo a Savater, para seguir con el tema. Y recrear también sus respuestas con base en sus escritos; y algunas sin otra base que la invención, aunque sin contradecir sus ideas.

Esta entrevista, de hecho desconocida, no ha perdido actualidad. Y la resumo así:

-Yo: Usted abordó con el Dr. Szasz el tema de las drogas…

-Savater: Sí, abordamos el tema de la droga y la fabricación de la “gran cuestión” para aumentar el control terapéutico-ideológico-policial sobre los individuos. La rehabilitación forzosa se da por el hecho que todo drogadicto tiene que querer curarse. Si un pecador no desea arrepentirse, si un loco se empeña en que está cuerdo… ¿que otra prueba se requiere de la gravedad de su estado y de que hay que proceder contra él cuanto antes para devolverle por medio de la salud su verdadera libertad?

-Yo: ¿No cree usted que de veras habría que salvar de la muerte al drogadicto?

-Savater: No contra su voluntad. Siempre se dice: ¡es que el drogadicto se esta matando!, como justificación de esa intervención inquisitorial. Mucho habría que hablar sobre qué es lo que amenaza de muerte al drogadicto, si la sustancia a la que se ha aficionado, la adulteración de la droga en el mercado negro, la exigencia económica que se le impone, etc. Sea como fuere, ¿que autoridad puede arrogarse nadie para prohibirle a otro un riesgo mortal asumido con conocimiento de causa?

-Yo: Usted no parece reparar en el fondo…

-Savater: El fondo en el que no se repara, Sr. Inzunza, es que prohibir el uso de determinada sustancia es como prohibir el suicidio, la homosexualidad o el panteísmo. ¿Por qué una persona adulta no ha de poder hacer lo que le plazca o le divierta con su cuerpo o su mente –si es que puede distinguirse entre ambas cosas– mientras no dañe a terceros? Tras toda esa propaganda contra las drogas y

tras las muestras hipócritas de compasión a las “víctimas de la sociedad actual” (¡como si en alguna otra época hubiese habido sociedades sin drogas!), se oculta el desprecio al individuo concreto y afán de control estatal y eclesial sobre el.

 

Estado e individuo

Yo: Sin embargo, se insiste que la obligación del Estado de garantizar la seguridad de las personas y también evitar que los ciudadanos caigan en vicios y tentaciones peligrosas…

-Savater: Sin duda los gobiernos están para garantizar una serie de cosas del interés social, pero que no le haga perder a los individuos su iniciativa y la capacidad de sentirse responsable de sus propias vidas. El Estado es para los individuos, no los individuos para el Estado. Los individuos tienen unos valores específicos que el Estado no debe sustituir con sus ordenanzas.

-Yo: ¿No verlo como buen padre que quiere salvarnos hasta de nosotros mismos, por nuestro bien, por las buenas o las malas?

-Savater: Así es. Mire usted, a la manía burocrática de convertir al Estado en nuestro padre se le llama comúnmente paternalismo. Los irresponsables infantiloides son de dos tipos: los que tienen miedo a los demás y los que se tienen miedo a si mismos. En ambos casos, la consecuencia final es la misma: cuantas más prohibiciones haya, más seguros y contentos estaremos. Como consideran que el Estado es su Gran Padre, le rezan a su modo pidiéndole: “no nos dejes caer en la tentación”.

-Yo: ¿A mayor prohibición mayor tentación?

-Savater: Sí. Los infantiloides ignoran que el asunto presenta por lo menos dos dificultades insalvables. Primera: cuanto más se prohíbe y persigue una tentación, mas tentadora se la hace. En la mayoría de las ocasiones, hasta que no nos señalan el fruto prohibido no nos damos cuenta de lo mucho que nos apetece. Segunda dificultad: cada uno tenemos nuestras propias tentaciones, de acuerdo con nuestras peculiares fantasías. Es decir, cada cual quiere prohibir a todos lo que le presenta problemas a él o a sus familiares.

Una vez escuché por la radio una entrevista a una señora que, con cierto orgullo, se declaraba “ludópata”, o sea, adicta a los juegos de azar y en su caso particular a las maquinas tragaperras.

La señora contaba la fascinación que sobre ella ejercían las maquinas de los bares, la emoción que sentía, y se jugaba el dinero de la familia, pedía prestado, todo lo apostaba en la dichosa tragaperras. Y acababa su relato clamando, con virtuosa indignación: “¡Esas maquinas fatales deberían prohibirlas!”. El locutor la jaleaba con su aprobación, en lugar de decirle sencillamente: “señora, no debería usted jugar”. Muchas personas juegan sólo unas monedas para entretenerse. Pero la señora quería que se le prohibiera a todo el mundo el objeto que le planteaba problemas a ella y a la gente tan cretina como ella. La culpable era la máquina, no su propia manía irresponsable. Abundan ejemplos semejantes en el caso de las drogas y la guerra contra ellas.

 

Peor el remedio

-Yo: Usted ha planteado que el gran negocio de las drogas es su prohibición. ¿Propone que se renuncie a esa guerra y se legalicen las drogas? ¿No sería peor ese remedio que la enfermedad?

-Savater: Lo que ha resultado peor que la enfermedad son los remedios actuales: la prohibición y esa guerra contra el narcotráfico. Desde su prohibición y persecución se ha institucionalizado como una cruzada internacional, se han convertido las drogas en el negocio más fabuloso del siglo y cada vez hay más delitos relacionados con ellas, una creciente violencia, mas muertes por adulteración o sobredosis de un producto sin control ¿No sería más eficaz despenalizarlas –lo cual acabaría con el negocio de las mafias– e informar sin aspavientos sobre las consecuencias de su uso y sobre todo de su abuso? Recuerde lo que ocurrió en Estados Unidos con la Ley Seca: antes, los borrachos no tenían más problemas que el alcohol; después, tuvieron el problema del alcohol… y el de Al Capone.

Yo: ¿Qué hacer entonces?

Savater: Además acabar con la prohibición, lo único que puede hacerse si queremos una sociedad adulta y no represiva, es educar para la templanza y preparar para la prudencia a los individuos libres. ¿Acaso porque hay quien se tira desde un sexto piso vamos a construir todas las casas de una sola planta?

 

Guerra inútil

-Yo: ¿Por qué después de tantos decenios de guerra de los gobiernos contra las drogas y su tráfico no se ve que puedan ganarla?

-Savater: Me atengo a una respuesta real del Szasz: “Es porque les gusta esta guerra, y no desean ganarla”.

Cada sociedad necesita entablar una guerra. Hoy apunta a los traficantes de drogas. Con los mismos argumentos de la guerra contra los traficantes de alcohol en los años veinte en Estados Unidos; con las mismas armas, los mismos “buenos” y los mismos “malos”. Y la misma ineficiencia. Si en ningún momento nos interrogamos sobre el fracaso de estas políticas, es porque estos combates nos dan la ilusión de un heroísmo a buen precio, sin demasiados riesgos y con buena conciencia. Esta guerra inútil contra la droga sólo podría terminar con la legalización la droga… Pero estamos demasiado a apegados a esta guerra para desear suspenderla.

-Yo: ¿Tiene sentido ese apego?

-Savater: Claro. Presenta además una ventaja moral. Permite creer que el drogadicto no es responsable de sus actos, que él es un enfermo mental, en vez de reconocer que, en un determinado momento, ha elegido libremente drogarse,

destruirse. El hecho de drogarse no es una enfermedad involuntaria, es una manera deliberada de afrontar la dificultad de vivir. La ‘enfermedad’ de vivir. Pero como no sabemos curarla, preferimos ‘tratar’ al drogadicto.

-Yo: Usted no parece ver efectos indeseables que vendrían con la legalización…

-Savater: Lo que ya tenemos a la vista son las consecuencias de la prohibición. El imperio del narcotráfico, los enormes costos en vidas humanas y en recursos en la guerra contra ese imperio que desestabiliza naciones, deforma las economías, corrompe a la justicia, toma posiciones en los estados. No hay prisiones, leyes y guerras que puedan abatir el poder del narcotráfico. Mientras haya demanda habrá oferta. El 25 de octubre leímos que según la ONU, el narcotráfico genera 500 mil millones de dólares al año y que representa entre el 8 y el 9 por ciento del comercio mundial.

-Yo: ¿De plano una guerra perdida?

-Savater: Repito, no pueden ni quieren ganarla.

 

Violentos

-Yo: ¿También serían inútiles otras medidas? Quieren hacerles el antidoping a todo mundo, a los estudiantes para admitirlos en las escuelas, a los que buscan empleo, a los ciudadanos para cualquier trámite, en aras de prevenir la drogadicción y la violencia.

-Savater: Lo que reivindico es el respeto a la libertad, a la autonomía de los individuos. Todas esas medidas a las que alude, son medidas de control de los ciudadanos. Sobre mitos que se han creado intencionalmente, se levantan las prohibiciones. Uno de ellos es que las drogas vuelven violenta a sus consumidores.

-Yo: ¿Y no es así?

-Savater: No. Paul Goldstein realizó en Nueva York un estudio acerca de los homicidios relacionados con las drogas. Procuró determinar que relación había entre el uso de las drogas y la violencia y descubrió que sólo un porcentaje reducido de homicidios, menos del diez por ciento, podía denominarse vinculado con psicofármacos. La mayoría de los homicidios provino de la conexión entre drogas y delito. La mayor parte de estas muertes –la que se da entre ellos–, muerte de policías, muerte de inocentes, o de testigos, o de niños entre fuegos cruzados– tiene que ver con la prohibición de las drogas. Los traficantes necesitan proteger sus terrenos y saldar disputas, lo cual hacen con violencia. Si criminalizáramos los cigarros, de seguro conseguiríamos una violencia inmensa.

 

Síndrome del miedo

-Yo: Hay un slogan por ahí: “Por una sociedad sin drogas”. ¿Qué le parece?

-Savater: Un despropósito, una aspiración ridícula. El uso de la droga salva

vidas y es su adulteración y su tráfico ilegal, lo que mata más gente. No sé quién se proponga una “sociedad sin drogas”. No la ha habido en la historia de la humanidad. Todas han empleado drogas por las razones que sean: rituales, religiosas, y las drogas que son legales, como el alcohol, el tabaco o la cafeína, matan mucho mas personas que las drogas ilegales.

-Yo: Sin embargo, se teme más al abuso de estas últimas.

-Savater: El abuso de cualquier cosa es peligroso. Pero no más que la intolerancia. Me pregunto si los prohibicionistas de todo estarán realmente preocupados por nuestra salud o si se trata más bien de una histeria puritana contra placeres ajenos. Esta ola de intolerancia y mojigatería y de autoritarismo terapéutico ha creado el síndrome del miedo en mundo.

-Yo: ¿El miedo a las drogas?

-Savater: A todo. El miedo a las drogas, el miedo al cáncer, el miedo al Sida, el miedo al miedo, a la libertad, a la vida, a la muerte.

-Yo: Eso me recuerda a un amigo, Marcelino Perelló, con el que usted tendría mucho que discutir sobre los nacionalismos. Decía en un artículo que si en la mitología antigua no existía un Dios del miedo, habría que inventarlo, porque el miedo se había enseñoreado en el mundo… “Comer grasas mata, tomar el sol mata, vivir en el DF mata, el azúcar mata, la sal mata, hacer el amor mata. No lo dudo ni tantito. Es más: vivir mata”.

-Savater: Ah, Perel1ó.Vivió muchos años en España, donde la tradición anarquista…

-Yo: Él dice que nunca estuvo en España, sino en Cataluña.

-Savater: Bueno, si así lo quiere él. Pero suscribo lo que dice sobre el síndrome del miedo.

-Yo: Bueno, señor Savater, quizá usted no tenga miedo al humo y me permita fumar un cigarrillo.

-Savater: Adelante, allá usted. Ahí tiene también el miedo al fumador. Hace unos pocos años a nadie parecía molestar el humo del cigarro ajeno. Ahora la moda es hostigar al fumador, más si fuma con descarado placer, que da envidia.

No lo soportamos y le decimos, con irritación: señor, apague su cigarro, mire que hay niños; se desatan campañas, prohibiciones y leyes contra los fumadores. Por el bien de ellos, se dice, y de nosotros.

-Yo: Pues gracias, señor Savater. Digo, por inspirarme esta entrevista.