La Casa Erickson, LA CASA MAZATLECA DEL TERROR

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La Casa Erickson, LA CASA MAZATLECA DEL TERROR

Enrique Vega Ayala

Cronista Oficial de Mazatlán

 

Como los montajes de las ferias, la casa mazatleca del terror es pura fantasía. La narración oral que se conoce está armada de prejuicios. Como en los antiguos relatos de brujas, a un relato ramplón, se le han ido sumando “hechos ficticios” para dramatizar, hasta el delirio, el abandono del inmueble y la presunta conducta “anormal” de sus habitantes.

 

Para empezar el inmueble ya no existe. Solo queda la “leyenda” de una casona de tamaño fuera de lo común en nuestra ciudad. El terreno, donde se levantó la mansión mítica a principios de los años setenta del siglo pasado, veinte años más tarde, tras su demolición fue usado para albergar al menos quince residencias, con todo y calle interior. La única secuela de la malignidad sugerida por la fábula diabólica de la antigua finca es la recurrente presencia de los fans de esas historias, para tratar de oler el miedo que suponen persistente en el lugar.

 

Bajo el amparo del derrumbe, cualquier adición a esa “historia negra” no requiere comprobación. No importa que no haya verificación efectiva de la existencia de los murales macabros, de los aquelarres, de los niños perdidos sacrificados devorados por una fiera, de las cañerías sanguinolentas, etc. La simple repetición del cuento tenebroso, con los efectos especiales necesarios, el tono morboso pertinente y la convicción moral reprobatoria, vuelven el lugar y el caso, un asunto de horror frente al cual la reacción naturalmente esperada es la estigmatización de los implicados.

 

En el cuento la describen como un palacete. Fue construido por arquitectos norteamericanos, entre 1972 y 1973. Entre los aspectos del edificio destacaba un domo de bronce llamativo. Era “Love Joy Palace” para su dueño, según sus biógrafos. Por esos años se iniciaba el desarrollo inmobiliario en esa zona de Mazatlán. El predio estaba más o menos alejado del resto de las viviendas vecinas; claro, además, por el tamaño de la propiedad. Erickson, con su mujer, su hija y un cachorro de leopardo como mascota, solamente la habitaron a lo sumo cinco años.

 

Cuando el empresario llegó a esta ciudad estuvo viviendo por la Avenida del Mar, en la casona donde después estuvo el Restaurante Rölf y luego El Señor Frog’s; que es la sede actual de la Secretaría de Turismo del Gobierno del Estado. Para 1979, Erickson estaba residiendo en San Diego, de regreso a EE.UU.

 

Todas las biografías señalan que Reed Erikson murió en México en 1992. Algunas lo dan por sepultado en Mazatlán; pero, quienes lo recuerdan viviendo aquí ya no lo volvieron a ver acá después de regresar a su país de origen, a finales de los setenta. Sus propiedades mazatlecas, incluyendo un Hotel de la Av. del Mar, quedaron en el abandono.

 

Deben haber transcurrido veinte años entre la huida de Erickson del puerto y la venta de la mansión. En ese periodo, la incuria contribuyó al origen de la historieta sensacionalista inicial. Apenas a principios de este siglo los nuevos propietarios arrancaron exitosamente los planes del fraccionamiento actualmente existente; cuando empezaban a volverse, cada vez más macabras, los dichos sobre la Casa.

 

El temor a lo diferente

Lo espeluznante del caso se empezó a difundir, cuando la casa ya estaba deshabitada, nunca se dijo nada mientras estuvo ocupada. Los ruidos extraños que decían haber escuchado los osados, siempre están referidos a las ruinas, a los escombros y los oyeron en incursiones subrepticias, sobre todo nocturnas, buscando de antemano sentir escalofríos. Ningún visitante en tiempos de su funcionamiento retrató las pinturas abominables que solo se describen de oídas, en versiones exageradas para inducir pánico. Mucho menos hubo siquiera mitote boca a boca de los rituales satánicos con sacrificios infantiles atribuidos a los moradores. No hay pues evidencia alguna, únicamente suposiciones execrables. Lo lamentable de este relato de espantos es descubrir su sustento en prejuicios y aversiones a lo diferente, a lo exótico.

En la figura de Erickson se reúnen muchas características calificables de “indecentes” desde la óptica de las buenas conciencias de aquél tiempo y algunas que todavía persisten. Las narraciones sobre la Casa empiezan haciendo notar la evidente “anormalidad” del personaje. Era “transexual con gran chequera”. Efectivamente, nació siendo Rita y con dinero de sobra. Fue la primera mujer en titularse de Ingeniera Mecánica en el Estado de Louisiana, EE.UU. “Erickson comenzó su transición de género bajo el cuidado del pionero de la cirugía de realineación sexual, el Dr. Harry Benjamin, en 1963. Una vez que su apariencia física coincidía con su identidad, cambió su nombre a Reed y comenzó a vivir plenamente su vida como hombre”, dice su biografía oficial.

Heredó una fortuna estimada en cinco millones de dólares. Se le considera un personaje relevante en su país, en “el ambiente” de la transexualidad y de ahí trasciende al resto de esa sociedad. Allá no se le ha acusado nunca de perversiones semejantes a las que acá se le atribuyen en el relato de su casa mazatleca. Otro de los rasgos de su personalidad que se le reconocen es el haber sido poderoso benefactor. Ser caritativo es encomiable; pero, los destinos de su filantropía no eran los típicos. A través de su Fundación Educativa canalizó su generosidad en apoyos a iniciativas de investigación médica y psicológica sobre identidad sexual y homosexualidad; sostuvo a organizaciones e instituciones de homosexuales y lesbianas.

Para escarnio de las “sanas” costumbres de su época, financió una diversidad de proyectos no tradicionales, “contraculturales” en la clasificación académica contemporánea: investigaciones sobre sueños, parapsicología, comunicación animal, alucinógenos y relativas a la “espiritualidad New Age”. Era seguidor del fenómeno de los ovnis, de los estudios sobre estados alterados de conciencia y de las ramas curativas, ahora llamadas “alternativas” (en su tiempo ridiculizadas). Pagó las primeras traducciones al inglés de libros sobre acupuntura; y, respaldó las primeras investigaciones sobre comunicación con delfines. También aportó lo necesario para la primera edición del libro “Un curso de milagros”, con las “grandes enseñanzas espirituales de las religiones y de los seres que trajeron luz al mundo”.

Esas “desviaciones” psicosociales no eran producto solamente de una personalidad excéntrica. Las primeras manifestaciones organizadas de transexuales en EE.UU. expusieron la violencia interpersonal y la persecución institucional padecidas por sus integrantes. Igualmente, los expertos en esa temática ilustran el gradual rechazo, en los setenta del siglo pasado, incluso de sus aliados políticos iniciales (grupos de homosexuales), quienes excluyeron a “les trans” de sus expresiones de participación política. En respuesta a esa escena de aislamiento agregan “no es tan sorprendente que les activistas Trans hayan buscado apoyo político más allá de los planos humanos y mundanos”.

Con todo y su desprendimiento en donativos para esas y otras causas, fue capaz de acumular en su vida lo suficiente para dejar, al morir, una fortuna estimada en alrededor de cuarenta millones, gracias a una fábrica de asientos para estadios e inversiones petroleras.

Otro factor socialmente reprobable en Reed Erickson era su adicción a las drogas. Justamente se refugió en Mazatlán, con su familia, huyendo de la justicia norteamericana tras ser sometido a juicio, en al menos tres ocasiones, por posesión y uso de estupefacientes. Eran tiempos de persecución de los hippies y de los opositores a la guerra de Vietnam.

Erickson era un tipo relativamente discreto respecto a su vida privada, insisten sus biógrafos. Pero, su presencia en el puerto no pasó desapercibida en las secciones sociales de la prensa de esa época. Pero siempre en referencias prestigiosas. En las páginas de información local consta, por ejemplo, la realización, en los jardines de la Casa Erickson, de una charla sobre Ufología ofrecida por un especialista con vínculos en la NASA a invitación del anfitrión. También se conoce, por infidencias, que patrocinó algunos proyectos culturales, sin que admitiera que se publicara su participación; como el caso de la construcción, que él financió, del edificio de las bibliotecas: la municipal Ing. Manuel Bonilla y la privada Benjamín Franklin.

Durante su permanencia en Mazatlán se divorció de su segunda esposa norteamericana y se casó con una mexicana, al parecer nayarita, de quien se dice era “curandera tradicional”.

Su estancia porteña parecía transcurrir apaciblemente; sin embargo, todo se alteró cuando agentes de la policía federal mexicana le aplicaron un típico “levantón”. Lo acusaban de tráfico de drogas y lo retuvieron sin darle trámite legal al litigio. En la práctica aquello fue un secuestro. El asunto trascendió las fronteras. Su médico personal, y la Directora de sus negocios, fueron enterados de la situación por un abogado local de origen judío. Vinieron rápidamente desde California para negociar su liberación mediante el pago de una fuerte cantidad.  Javier Coello Trejo, recién nombrado entonces fiscal especial para el combate a la corrupción por José López Portillo, se vio obligado a viajar a Mazatlán para encarar el tema, que amenazaba con convertirse en incidente binacional.

Inmediatamente después, Erickson regresó a los EE.UU. Más tarde, allá se separó de su pareja nayarita y contrajo matrimonio con otra mexicana. Su problema de adicciones se agravó y su salud se quebrantó por cáncer. Aunque sus biografías disponibles no precisan fechas, según documentos de sus archivos personales, para 1985 ya estaría residiendo de nuevo en nuestro país.

Su casa mazatleca dejó de ser su “morada de la felicidad” y literalmente no quiso saber más de ella. Luego el morbo se apoderó de sus ruinas. Con su derrumbe también perdió el raso de “diversión” que quiso darle su propietario y se convirtió en sitio de “perdición” por azares de la exclusión y las mentiras que la justifican. La Mansión se convirtió en “atracción” por el morbo que se quiso transmitir alrededor suyo. Sin duda es más fácil descalificar a alguien que aceptarlo si su pecado fue ser “diferente” y vivir sus diferencias, ostentosamente, sin falsos pudores, sin hipocresía.

 

323-854-6620 underhillphoto@att.net The Milbank mansion. Photo by Larry Underhill
Reed Erickson at 10 or 11 years old. Circa 1928.