IDENTIDAES CANALLAS.

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Los mexicanos hacen trabajos que ni los negros quieren hacer. Me sales más caro que un hijo tonto. La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas. Hijo, te perdonaré que seas ladrón o asesino, pero no marica; te juro que voy a matarte si me sales joto, hijuelachingada. Vale más ser perro de rico que clasemediero en desgracia. Dios no libre de un indio con zapatos. Nosotros los civilizados, ellos los bárbaros. Siempre que pintas iglesias pintas/angelitos bellos/pero nunca te acordaste de pintar un ángel negro. Ese es pobre porque Dios los castigó por algún motivo. Es más feo que un pleito a machetazos dentro de un volks wagen. No se le quitará lo pendejo, ni yendo a bailar a Chalma y…Y todas las frases discriminatorias que quiera agregar, amigo lector.

Cuando tuve conciencia del mundo, éste ya giraba alrededor de estas y otras frases célebres. El mundo era bipolar hasta la náusea. Casi he envejecido y el mundo continúa partido entre anormales y normales, en buenos y malos. Los chistes, las frases hirientes, los cuentos de “hadas”, el veneno de la convivencia, la política y la diplomacia patrioteras, adquieren la forma de bombas que son arrojadas contra la dignidad del diferente. Y cuando el lenguaje excluyente sube de tono, entonces el otro, los otros, son pasados a cuchillo en un virtual “choque de civilizaciones”. Y esta mala educación constituye la identidad primera, con ella se mira “al bueno tal lejos del malo, y en las multitudes…” Por eso hay identidades que nos habitan que no nos dejan vivir, porque para autoafirmarnos requerimos pasar por encima del cadáver del Otro, así sea simbólicamente.

VOLVER CON LA FRENTE MARCHITA.

Se ha dicho que esta actitud de los humanos contra lo extraño es hija de la naturaleza humana. Freud pone como ejemplo un recién nacido para mostrar esta propensión: el niño rompe en llanto cuando lo toma en brazos una persona distinta a su madre. En mis Flores del Mal afirmé que las tribus eran la causa de la exclusión, porque cada una de ellas se autodefinían como los herederos de un origen glorioso y de un destino no menos luminoso. Aunque esta afirmación es cierta, nunca pude encontrar las causas explicaran ese desatino existencial de la condición humana..

Esta “anormalidad”, dije entonces, nos arrastra a una paradoja casi irresoluble: ser socialmente asociales. Dicho de otra manera: sólo soportamos aquella convivencia que nuestra identidad primordial nos proyecta. Supuse que esto era producto del amor que los miembros de la tribu se profesaban y que por ello recelaban de las tribus que los circundaban. Los Otros, en efecto, siempre aparecen en la lisa histórica como enemigos virtuales o aliados potenciales frente a otros enemigos igualmente potenciales. Este juicio es también una explicación a medias, porque le falta la génesis de este amor fatal de (y por) los miembros de la tribu. Hoy propongo al mito como causa de este quiebre existencial…
El mito prescribe la “abolición” del tiempo histórico –mortalmente corruptor-. Es la reproducción atemporal del pacto fundacional de la creación humana. Aunque este tiempo cíclico es propio de las sociedades tradicionales; al mito tampoco escapan las sociedades que, viviendo en las “garras” del tiempo profano, ya que intentan abolir la historia “saltando” a un futuro descontaminado en el que se halla la tierra prometida: el cristianismo procura volver al Edén, y un día después del juicio final; por su parte la “ideología” de la modernidad, convertida en religión terrestre, pretende alcanzar el Progreso, tras una permanente ascensión de estadios cada vez menos históricos y mucho más apocalípticos. ¿Escatológicos?

EL MITO Y LA IDENTIDAD PRIMORDIAL.

Vayamos primero a una breve explicación del mito. El mito, pues, es un gran relato que intenta trascender la historia, toda vez que el hombre es el único animal que no soporta grandes dosis de realidad. Pero el mito es también el origen de la discriminación: hombres y mujeres creen, porque de creencias se trata, que su Dios es la imagen señera de la perfección. Y como Dios es sangre, palabra y camino, no es casual que sus hijos perseveren en seguir su evangelio: en tal travesía procuran conformar sus mentes y cuerpos a imagen semejanza de la mente y el cuerpo divinos que proyecta la imagen idílica de Dios. En este sentido, el mito no sólo crea almas atemporales, crea también cuerpos y rostros sacralizados. Y de esta narrativa no pueden escapar ni los ateos, que también se consideran una tribu especial.

Una vez que se ha mamado la cultura del mito, el maniqueísmo cobra carta de naturalidad per secula seculorom, con todas las trágicas consecuencias que han ocurrido en la historia de la humanidad. Y este imprinting cultural es tan peligroso como resistente, pues no anida en el pensamiento; su hogar es la región de los sentimientos. Octavio Paz afirmó que las creencias –como la exclusión del otro- habitaban en los rincones más profundos de la mente; las ideas, en cambio, eran aves de paso del pensamiento. Para Paz las ideas eran simples humaredas de luz que las nieblas del tiempo devoraban; no así las creencias, cuya persistencia permitía que se conformaran las mentalidades de largo aliento en las sociedades. Freud afirmaría que las creencias anidan en el inconsciente, como una especie de primeras vivencias sepultadas, pero actuantes, en las nieblas de la memoria

Cierto, la humanidad ha luchado contra los demonios de la exclusión. Producto de esta lucha progresivamente han ido naciendo palabras como integración, tolerancia, respeto a la diferencia, pluralidad, multiculturalismo, democracia, y no obstante las Noches de San Bartolomé vuelven por sus días en nuestros días. Y por desgracia los peligros de un choque de civilizaciones es más vigente que antaño, pues hoy están frente a frente dioses y culturas en un amenazante impasse: la globalización ha acortado la distancia que permitía un relativo aislamiento de esas creencias que conducen ha convertir a nuestros semejantes en seres tan distintos que merecen ser pasados a cuchillo. ¿Qué hacer para desmitificar el mito?