FESTEJOS ROSARENSES

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*Las antiguas fiestas del (tercer) centenario

*Los gustos y tristezas de toda una generación

*Un mensaje que nunca le llegó a Luis Villegas

FRANCISCO CHIQUETE

Uno de los grandes hitos en la vida de mi madre, rosarense de pura cepa, fue el festejo por trescientos años de la fundación del Mineral de Nuestra Señora del Rosario, como inicialmente se llamó la Ciudad Asilo.

Trasplantada a Mazatlán desde que se casó, dos años después de ese acontecimiento, sus referencias a las fiestas del centenario eran frecuentes. Ya en sus setenta y tantos, le volvían a brillar los ojos recordando cada detalle, cada evento, lo mismo aquellos bailes de la Mutualista Miguel Hidalgo, que las corridas de toros y sobre todo los paseos de la pandilla juvenil en que convivían ricos y pobres.

Otro recuerdo frecuente era la noche en que se sonó por última vez la sirena de cambio de turno en la vieja mina. Ella y sus hermanos Florentina y Flérido fueron a ver salir a sus otros hermanos, Alfredo y Alejandro, que perdían así su modo de vida. También salió en esa noche de cierre don Isidro Chiquete, quien estaba predestinado a ser su suegro. Todos llorábamos, recordaba estremecida, y volvió a llorar el día que le llevé uno de los libros de don Carlos Hubbard, en que narraba aquella jornada triste.

En sus pláticas nunca faltaba una referencia a “los hundidos”, la zona donde las minas se derrumbaros y aflojaron el piso. De niña cruzaba como gacela por encima de las piedras del templo, desmontado para trasladarlo a otra parte. Ni los gritos angustiados de su mamá, dona Chica López, podían detenerla.

Pero el tema más frecuente, por alegre, era el de “las fiestas del centenario”, que sus once hijos conocíamos de memoria, pero escuchábamos de nuevo con el interés de lo novedoso. Cuando me tocó cubrir los festejos por los 350 años, se narró ante las cosas que le narré.

-Nada como aquello, sentenció. Traté de hacerle ver que no era lo mismo, que estas fiestas tenían signos distintos y podían ser igual de emotivas y alegres para los jóvenes actuales, pero desmenuzó cada uno de mis argumentos haciendo la comparación con el impacto que tuvo cada una de esas fechas. “Aquella vez no hubo nadie que no se sintiera parte, aunque no tuviéramos dinero para ir a todos los festejos, aunque nomás viéramos pasar a los que iban a las fiestas. De vez en cuando mi padre interrumpía para confirmar con uno de los términos en desuso que solía usar: ¡qué saraos aquellos!”.

En esas comparaciones me hizo uno de los pocos encargos que no le cumplí: ir a recordarle a Luis Villegas los recorridos del grupo juvenil en aquellas fiestas.

Nos narró cómo iban de puesto en puesto de la feria –stands se llaman ahora-, cómo embromaban a aquellos con que se cruzaban, cómo se saludaban con el vocablo “ese” (-eran cholos, amá -¡éramos cholos!).

Pero madre cómo crees que Luis Villegas se va a acordar de ti después de tantos años de no verte.

-¿Qué no se va a acordar? Dile que él siempre andaba de blanco, elegante, impecable desde los zapatos hasta el peinado. Coméntale lo del estadio y se va a acordar al momento. Cuando me explicó “lo del estadio” decidí que no podía ser yo portador de semejante embajada y así la dejamos.