EN LA GRILLA

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*Hoy todos son padres de los independientes

*Hoy los independientes merecen pase gratis

*Jacobo Zabludowski: personaje de contrastes

 

FRANCISCO CHIQUETE

 

Muy pocas personas pueden considerarse satisfechas con el resultado que arroja el sistema de partidos vigente en México., No sólo se trata de la forma en que actúan sus dirigentes, del dinero que le cuestan a la sociedad y de las desviaciones que le imponen a la democracia. Es sobre todo el resultado que generan los gobiernos, provengan de donde provengan.

Por eso es que han tenido buenos resultados los experimentes arrancados a la partidocracia, como los famosos candidatos independientes, que en principio rechazaba toda la clase política y hoy se exhiben como trofeo de la caza democrática emprendida lo mismo por los conservadores de derecha que los de izquierda y los que se reputan a si mismos como de centro.

Dice el ex diputado Miguel Ángel García Granados que un día llegó a la Cámara un grupo de muchachos con el primer proyecto formal para legislar sobre candidaturas independientes, y que recorrieron las bancadas en busca del patrocinio, es decir, el respaldo de alguna de las corrientes. Cuando no lo obtuvieron, se fueron a buscar a los legisladores con fama de aguerridos, de “salidos” de sus respectivos grupos parlamentarios y que él fue uno de los pocos que les hizo jalón. “Ni Manuel (Clouthier, entonces diputado plurinominal panista) les prestó atención ni mucho les otorgó su patrocinio para dar entrada a la iniciativa de reforma.

Después de las elecciones del siete de junio, en las mesas de análisis donde todo mundo se hacía lenguas por el triunfo de El Bronco en la disputa del gobierno de Nuevo León, cada partido se atribuyó haber apoyado la creación de esa figura. El dirigente nacional del PRD llegó a decir las cosas para que sonaran como si hubiesen sido ellos quienes crearon las candidaturas independientes, hasta que el del PAN le dijo que los perredistas votaron a favor, pero no llevaron la iniciativa, sino que se sumaron al final.

Las candidaturas independientes son en efecto, una figura de refresco para el frankestein que es el sistema electoral mexicano. Constituyen la oportunidad de que la sociedad castigue a todos los partidos y no sólo a uno. Son la oportunidad para exhibir la cerrazón con que se deciden las candidaturas.

El PRI por supuesto, sigue dependiendo del dedazo mondo y lirondo; en el PAN es la burbuja e la dirigencia nacional la que decide ante sí, si acaso con la intervención de algunos procónsules en los estados. En el PRD las cosas se negocian poniendo por delante a las plurinominales. Ahora con la cláusula de equidad, vimos cómo en Sinaloa fueron reservados para mujeres, los cuatro distritos en que Acción Nacional tenía menos posibilidades de ganar. Ciertamente tampoco tenían una sola aspirante con rentabilidad electoral manifiesta, de modo que prefirieron no arriesgar de más en los distritos dos, cuatro y ocho, donde sentían que sus posibilidades de ganar eran mayores.

Por todo eso y mucho más son importantes los candidatos independientes (por cierto la semana próxima estará en Culiacán Jorge Castañeda, que fue el primero en hacer una verdadera campaña presidencial buscando el reconocimiento como independiente, y aunque fracasó, dejó ahí la semilla que finalmente fructificó.

¿LOS INDEPENDIENTES SERÁN AHORA

UNA ESPECIE DE BECERRO DE ORO?

El martes pasado, los diputados locales aprobaron la nueva ley electoral de Sinaloa, que incluye la figura de los candidatos independientes. Ésta existía ya en el ámbito federal, pero faltaba establecerla en el aparato legislativo sinaloense, pues sin ese trámite prácticamente no se podría trabajar en ellas, a menos que se emprendiese un tedioso y prolongado juicio de amparo.

Se decidió por fin en ese renglón y se tomaron condiciones que están dentro del promedio e incluso por debajo del promedio nacional, como la obtención de firmas equivalentes al dos por ciento del padrón electoral, diseminadas en doce distritos que abarquen al menos nueve de los municipios de la entidad, en un plazo de cuarenta días.

Pues resulta que hubo quienes lo consideraron excesivo. En tribuna el diputado Ramón Lucas Lizárraga dijo que sólo deberían exigirse firmas de cuatro distritos. El diputado independiente electo Manuel Clouthier dijo que esa exigencia del dos por ciento y el plazo de cuarenta días era una traba con que los diputados querían cerrarle el paso a los aspirantes; el presidente de la Junta Local del INE, Miguel Ángel Ochoa Aldana, dijo también que era excesiva la exigencia; y el dirigente de Canacintra en Culiacán de plano dijo que le querían cerrar el camino a la gubernatura a los independientes, ergo, a Manuel Clouthier.

¿Se debe entonces proceder en sentido diametralmente opuesto? ¿Poner en oferta de liquidación el acceso a las candidaturas independientes? Si la sociedad se queja de que haya una excesiva facilidad para crear partidos y que sostengan en el candelero, no debieran también plantearse exigencias reales para que sólo acceda a la candidatura quien efectivamente pues ofrecer algo a la comunidad, y no aquellos que siempre estarán dispuestos a correrse una aventura sin sentido que al final también serán financiada por el dinero público?

Tenga usted por seguro que el siguiente paso sería quejarse de la proliferación de independientes, y sobre todo de que los tránsfugas de los partidos hayan tomado esa vía para burlar trabas injustas o justificadas por la vida legal interna.

Esta idea de la liberalidad por la liberalidad podría terminar por ser perjudicial incluso para la refrescante figura legal que deben representar estas candidaturas.

LOS ASEGUNES DE

JACOBO ZABLUDOWSKI

Sin determinar ante mí mismo que tenía desde chico una proclividad por las noticias, en mi adolescencia corría a donde hubiese un aparato de televisión para ver 24 horas, de Jacobo Zablodowski. Por la mañana había leído sin falta El Sol del Pacífico y por la noche completaba el panorama viendo no sólo las noticias, sino las frecuentes entrevistas a personalidades entre las que había músicos, toreros, pintores, escritores de cuyas trayectorias y obras no tenía mucha idea, pero que con sus pláticas me aportaban algo, me abrían la visión del mundo.

Recién llegado a El Correo de la Tarde empecé a conocer otros puntos de vista, pero de todos modos me apresuré a ganar la compra de unos aparatosos audífonos que vendió mi compañero reportero Wilfrido Elenes cuando decidió cambiar de ciudad. No tenía en casa un estéreo ni ningún otro aparato de alta fidelidad que justificara la compra, si acaso una grabadora admiral, alargada y de una bocina, que mi hermano Chito había llevado. Era la influencia no explicada de Jacobo.

Poco después vinieron las otras ópticas. Conocí a Julio Scherer García en una reunión de periódicos que recibían los servicios de la agencia informativa Excelsior y a los pocos días se vino el golpe de Echeverría contra ese periódico, verdaderamente independiente. Zabludowski dedicó su programa varias noches a justificar un entorno de linchamiento que hizo propicia la intervención del gobierno entre los cooperativistas ablandados y amiedados de Excelsior.

Ya antes Zabludowski había sido punta de lanza para acusar a Excelsior por una nota exclusiva: se planeaba gravar adicionalmente las herencias. La reacción fue extremadamente fuerte, inusitada para una información que no parecía para tanto, aun cuando el proyecto golpeara a las familias de más dinero en el país. Poco después aparecieron las verdaderas causas: El Tapado de esa sucesión presidencial era José López Portillo, secretario de Hacienda, quien perdía imagen con aquella noticia.

El colmo del uso y la manipulación vino con la campaña presidencial de 1988. Cuando Cuauhtémoc Cárdenas tomaba un vuelo sorprendente, inesperado para el gobierno, Jacobo se paró a recibir en el estudio a dos o tres hombres cohibidos, amedrentados, a quienes trató con una deferencia y una confianza impensables en alguien tan rígido en su presencia ante las cámaras.

-¿Qué hubo, qué andan haciendo por aquí? Les preguntó como si se los hubiera encontrado a la entrada del metro o de una iglesia lejana a su barrio.

Eran medios hermanos de Cuauhtémoc Cárdenas, Hijos de temporal del General, quienes fueron contratados o convencidos de ir a denostar a su consanguíneo, descalificándolo casi casi como el loquito de la familia que enlodaba el nombre ilustre y revolucionario del papá.

Debe haber habido muchas otras así, porque esa era la función de la tele.

Por eso me impresionó tanto saber que el tres de octubre, un día después de la matanza de Tlatelolco, Jacobo fue llamado personalmente por Gustavo Díaz Ordaz, el presidente asesino, para reclamarle que hubiese aparecido en pantalla portando una corbata negra, innegable señal de luto.  -Yo uso a diario corbatas negras, alcanzó a responder el conductor. Si a alguien tan entregado, tan fuera de duda, lo presionaban así ¿cómo andaría la paranoia del gobierno?

Después vi la transmisión desgarradora de su recorrido por el centro de la Ciudad de México, recién devastado por el primer sismo del 85. Todo un documento.

Zabloudowski era también el conductor más enterado y más culto de la televisión. Podía sostener charlas al nivel de cualquiera de sus entrevistados. Hoy en las redes sociales aparecen memes en que supuestamente “lo humilló Salvador Dalí”, pero no es cierto. Era tan perfeccionista, que todavía en los ochenta era el único en la televisión que pronunciaba conforme a los cánones teóricos, “la b labial” y “la v labiodental”.

Sólo lo vi personalmente una vez. Fue en Washington, durante una gira de José López Portillo por Estados Unidos. EL viernes entramos atropelladamente a la Casa Blanca, o más bien al Jardín de las Rosas, donde asomaron López Portillo, James Carter, levantaron la mano y posaron para los fotógrafos, y para atrás. Zabludowski andaba ahí entre “la perrada” como desdeñosamente bautizó Jorge Castañeda a la fuente presidencial de reporteros. Estuvo en otro evento, y luego se fue a preparar su programa, que transmitió desde ahí.

Al día siguiente, sábado, yo era el único usuario de la Sala de Prensa. Tenía que preparar un breve resumen de la gira para un programa semanal de Canal 11 (ese día no había noticiero). Lo vi entrar, atento y saludador con todos los empleados al cargo, conmigo que era un desconocido. Recogió las versiones estenográficas de los discursos, las versiones de encuentros y conversaciones, las entrevistas, verificó con los trabajadores que sus materiales estuviesen completos y que ya no se esperase más material para el resto del día, y salió despidiéndose de nuevo. Otros conductores o reporteros menos destacados hacían que el personal de presidencia les armara un expediente y se los llevara a la habitación en que estaban hospedados. Él siempre viene personalmente, me explicaron. Sus reporteros por cierto, andaban “en la fayuca”.

Alguna vez me tocó escuchar causalmente su programa en el Distrito Federal. Su lopezobradorismo resultaba increíble en alguien que fue, como Televisa, soldado del presidente en turno. Su columna en El Universal era impecable en redacción y en enfoques. Algunas llegaban a ser ensayos sobre la vida del estado, y en todas había grandes anécdotas.

Este lunes no encontré Bucareli, su columna y pensé que habría salido de vacaciones. El lunes previo había dado una tercera pincelada de sus memorias, que ya no serán.

Anoche me preguntó mi hija porqué veía con tanta atención la semblanza que le dedicaron en El Noticiero. Cómo no, si era una retransmisión de mis años como “cliente” de las noticias. Era el recorrido de mis 13 años a la fecha, conociendo, disintiendo, divirtiéndome, indignándome, tolerando…