EN LA GRILLA

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*Liparoli utiliza hasta los trasplantes

*Tardía reacción de los priístas pro EPN

*El PRD evade una solución de fondo

 

FRANCISCO CHIQUETE

 

Siempre ha sido un personaje menor. Sus momentos de mayor presencia se han debido a la polémica, como en las elecciones locales del año pasado, cuando sus compañeros de coalición lo encontraron operando a favor del PRI en Rosario y en Ahome, pero la infamia en que incurrió esta vez lo muestra en su verdadera e ínfima dimensión.

Se trata por supuesto de Marcial Liparoli.

El subsecretario de gobierno se pasó de vivo lanzando una campaña “humanitaria” para alentar la donación de órganos a través de anuncios espectaculares con su foto, su nombre y el logotipo de Fundación Ale, entre dos solgans: “Donar es ganar” y “compromiso de vida”.

Liparoli fue beneficiado con un trasplante de riñón, cuando su salud se encontraba muy mermada. Consiguió con ello una gran oportunidad de reiniciar su vida y de servir a la sociedad, según dijo repetidamente en varias ocasiones, a lo largo de entrevistas en las que prodigaba sus palabras, sus sensaciones, sus sentimientos y propósitos. Parecía un pastor converso que buscaba convencer a toda costa e inmediatamente a su feligresía.

A pesar de los grandes esfuerzos que se han hecho, siguen siendo muchos los que no alcanzan a tener la oportunidad de un trasplante, y entre quienes sí lo logran, hay algunos que no tienen la suerte de alcanzar la asimilación plena del nuevo tejido, de modo que pierden la vida. Cuando se ha alcanzado esa situación crítica, y se sale adelante, las declaraciones de agradecimiento, de conciencia sobre la oportunidad de vida y sobre la autoimpuesta obligación de aprovecharla cabalmente, suenan sinceras, creíbles.

Una campaña publicitaria como esa sería entendible con ese antecedente. Anuncios espectaculares invitando a la donación de órganos y enalteciendo el compromiso de seguir adelante, son motivo de felicitación y reconocimiento.

Pero resulta que los anuncios son evidentemente políticos, que se trata de una campaña orientada a fortalecer la imagen pública de alguien que aspira a ser candidato y que hasta el momento no ha logrado repuntar en las encuestas. En ningún lado habla de donar órganos, lo deja implícito en la frase “donar es ganar”.

El logotipo de Fundación Ale, que a lo largo de una década ha trabajado limpiamente para convencer a la sociedad de lo importante que es donar órganos; es sólo un pretexto para evadir una acusación de campaña adelantada y por supuesto, es la pretensión de aprovecharse de un prestigio tan acendrado como el de la Fundación.

Como era previsible, el presidente ejecutivo de la fundación, Juan Carlos Castro, advirtió que el logotipo fue utilizado sin autorización y demandó el retiro inmediato de los anuncios, lo que se empezó a cumplir durante la tarde de ayer.

Entrevistado por Guardianes de la Noche, Liparoli rehusó reiteradamente confirmar o rechazar que hubiese utilizado el logotipo sin autorización. Se negó a responder la pregunta argumentando su formación, de la que por cierto tampoco dio datos, mucho menos una explicación de porqué le impedía responder a algo tan sencillo.

Era absurdo. Atender una invitación a una entrevista radiofónica sobre el tema, y evadir los puntos centrales, era como pretender ir a decir lo que le interesaba decir, para que se le creyese automáticamente, sin el menor cuestionamiento.

Valiente forma de buscar el favor de la gente, aprovechándose de algo tan noble como la donación de órganos y el prestigio de una organización que ha trabajado sin desmayo y sin más interés que el de servir a la sociedad, ajena a los intereses económicos y  políticos.

Por cierto, en sus explicaciones a los medios, Liparoli dijo que había recibido donaciones para realizar esa campaña altruista. ¿A quién le va a rendir cuentas de eso?

UNA REACCIÓN TARDÍA

Sea por negligencia de alguien, sea por medir las conveniencias de no evidenciar a un régimen perredista, el gobierno federal entró tarde al manejo del asunto Ayotzinapa. Cuando lo hizo ya todo se había complicado a tal extremo, que dos meses después de la desaparición de los muchachos, es hora que no se sabe bien a bien de su paradero.

Esta tardanza ha dado pie a que se lucre políticamente con el tema, a que la indignación se transforme en ira, y a que los responsables directos del drama hayan tenido oportunidad de diluir sus responsabilidades y endilgárselas a la propia federación con una efectividad que sólo consiguen los viejos lobos de mar.

Hoy el país y el mundo ven a un presidente enjuiciado y condenado en una espiral en que a ´pocos les importa ya el problema de los normalistas. El uso de insatisfacciones, iras acumuladas, frustraciones generadas por una mala condición económica, por las esperanzas fallidas, ha colocado al gobierno contra las cuerdas.

Después de este desastre, empiezan algunas voces a levantarse en busca de equilibrio, pero el terreno ya se encuentra minado. En donde se publica un comentario favorable para el presidente surgen varias réplicas airadas, tan airadas, que es imposible razonar con sus emisores.

En medio del desierto oficialista, el embajador Enrique Hubbard tomó la iniciativa de encarar a los críticos del gobierno, y lo hizo con fortuna, compartiendo un artículo de la analista Amparo Casar, enque deja establecido que lo de Ayoptzinapa no fue un crimen de estado, sustentando con un desarrollo jurídicamente impecable, sin soslayar lo abominable de los crímenes ni lo grave de la situación que se enfrenta.

El 12 de noviembre, Hubbard escribió en su jkuro de facebook: “Razonar debe ser consubstancial con protestar, con elevar una queja. Este razonamiento de Amparo es lógico, congruente, apegado a derecho. Espero que no se cuestione con argumentos banales como que ‘está vendida’”.

Las reacciones de su entorno fueron positivas, pero nadie más hizo el intento de seguir el ejemplo. O se sentían en desventaja, o no se atrevían a enfrentar las iras de la República de las redes, fuertemente tomadas por sus enemigos.

Ayer el diputado Heriberto Galindo Quiñones envió una carta a Federico Arreola, el director del portal SDP, con el encabezado “Es hora de defender al presidente EPN y de manifestarse contra la agitación y la violencia”.

Es un posicionamiento abierto, frontal, como no lo habían hecho muchos otros priístas que tienen tanto compromiso con el presidente como lo tiene Galindo. Puede tener el defecto de preocuparse más por el presidente que por las instituciones, a las que defiende en segundo plazo, como todos los priístas del periodo clásico, pero es un hecho que sale a cara descubierta.

El otro problema de la carta es que es larguísima. Ninguno de los combatientes de las redes la leerá, de modo que no habrá debate, sino respuestas automáticas.

En todo caso, el propio Galindo emprendió una campaña de redes sociales llamada #ViolencianoEPNsi, que además de esa disyuntiva, muestra el incendio de la puerta Mariana en Palacio Nacional. Habrá que ver si el resto de oficialismo se atreve a secundarlo, porque a como están las fuerzas en las redes, defender a Peña Nieto puede resultar hasta “políticamente incorrecto”.

TRAS LAS FALDAS

DEL CONSEJO

El presidente del comité nacional del PRD, Carlos Navarrete, respondió a Cuauhtémoc Cárdenas que sí dejaría la dirigencia, pero que debe ser el Consejo Político Nacional el que lo determine. Como quien dice, se escondió tras las faldas del Consejo para no tener que irse tan pronto. Sabe que los chuchos tienen mayoría en ese organismo y que el grupo jamás va a aceptar quedarse sin el poder, por el que han desnaturalizado a la organización.

El gobernador de Morelos, Graco Ramírez, salió a la defensa de Navarrete diciendo que no había por qué se fuera el presidente del CEN, pues su elección fue impecable y le da una gran legitimidad.

Uno y otro se equivocan. Cárdenas no cuestionó la legitimidad de la elección ni el inicio de un proceso interno. Llamó a tener dignidad y a dejar el espacio para que el PRD se pueda reorganizar y superar los graves problemas que enfrenta no de ahora, no sólo de Ayotzinapa para acá, sino de muchos años hacia atrás.

En vez de eso, Navarrete insiste en conformarse con decir que el culpable de todo es el gobierno federal, como si él y los Chuchos no compartiesen responsabilidades después de haber llevado a dos expriístas a la gubernatura guerrerense, con todos los vicios que arrastraban a ojos vistas. Tampoco ahí se ve salida. Salida digna, por lo menos.