EN LA GRILLA

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*Peña nieto revive al puerto, pero todos esperaban el premio

*La clase política se apropió de la convención de exportadores

*No hubo destape, pero Vizcarra pronunció algo muy parecido

FRANCISCO CHIQUETE

 

 

Los exportadores quedaron en segundo término. La clase política sinaloense tomó por asalto el evento presidencial en que se clausuró la convención de COMCE. Exgobernadores, senadores, diputados federales, locales, muchos de los cuales se desdoblan en aspirantes, sobre todo a la gubernatura que estará en disputa en el 2016.

De eso se trataba precisamente. Polacos y periodistas andábamos a la caza de los signos, de mos mensajes. La idea era que de ahí podía salir adelantado el candidato priísta a la gubernatura sinaloense por el mero influjo presidencial, al calor de una vieja amistad entre Jesús Vizcarra y Enrique Peña Nieto, y con el aderezo de un premio que el Comce otorgaría –otorgó- al presidente del Grupo Empresarial Viz.

En realidad había otro elemento que todos tenían presente: le jugueteo de Enrique Peña Nieto durante su visita anterior, cuando sacudió a la opinión pública refiriendo que “los políticos sinaloenses se inquietan cada vez que David López viene y se sube al presídium, porque no es común que el jefe de prensa ocupe un lugar así, pero no deben inquietarse, porque David está cumpliendo con su responsabilidad de ayudar a su amigo el Presidente de la República en el área de comunicación social”, sólo para agregar sardónicamente: “pero no debes matar esperanza alguna, mi queridísimo gobernador”. Esa tarde, las fotos de los medos y portales daban cuenta de la risa abierta, estruendosa, con que los dos personajes celebraron la ocurrencia.

Pero ayer fue distinto. El presidente venía en su etapa de consolidación del proyecto que logró hacer plasmar en nuestras leyes. Su punto central fue convencer a los empresarios de que participen en el crecimiento del país a través de sus inversiones en el nuevo marco jurídico por el que trabajó durante los pasados dos años.

No era momento para adelantar sucesiones ni para juguetear con el caso Sinaloa. A diferencia de otras visitas, ni siquiera hizo un chiste de rutina o puso en aprietos a algún colaborador. El trato con el gobernador fue absolutamente institucional, un poco más natural que el de la ocasión anterior. En cambio el alcalde Carlos Felton González, quien tenía ya ensayado su guión de peticiones para resolver de cuajo alguno de los problemas más graves de la ciudad, se quedó con las ganas. Las disposiciones del Estado Mayor Presidencial fueron que él esperara el arribno del presidente y su comitiva en el Centro de Convenciones, incluso en la mesa que le fue asignada, desde donde como todo el público, observó el evento sin mayor participación que recibir los agradecimientos y reconocimientos del representante de los exportadores, del gobernador y del propio presidente Peña Nieto. En la misma mesa le tocó al delegado de Semarnat, Jorge Abel López Sánchez.

Quinientos hombres de negocios especializados en la exportación estaban ahí reunidos. Por dos días escucharon y escudriñaron la situación del país a través de altos funcionarios de áreas estratégicas como la SCT, Turismo, Pemex, Economía. Quinientos, entre los cuales menudeaban representantes de grandes capitales, de esos que formaban parte de las legendarias trescientas familias que alguna vez dijeron tener al país en sus manos.

Con todo, estaban en minoría. Así lo demostró la ovación que se levantó cuando Peña Nieto anunció que el gobierno de la República invertiría mil trescientos millones de pesos en la modernización del puerto de Mazatlán, el que parecía desechado tras su omisión en el mensaje del segundo informe de gobierno, y en las declaraciones del coordinador de puertos y marina mercante de la SCT, Guillermo Ruiz de Teresa, quien vino a decir en esta misma convención, que no había dinero para el puerto, que había que buscarlo para el año próximo.

Antes que llegara el presidente, los políticos hacían lo que mejor saben hacer: dejarse ver por las galerías, encontrarse y abrazarse aun cuando fuesen protagonistas de enormes y sonados pleitos o notorios desencuentros.

En la mesa más vista, por ejemplo, compartían espacios con cortés lejanía los exgobernadores Jesús Aguilar Padilla y Francisco Labastida Ochoa, mientras, dos sillas de por medio, Antonio Toledo Corro oficiaba de patriarca al asentir con satisfacción cuando el senador Aarón Irízar recordaba que fue el hombre de Las Cabras quien le dio su primera oportunidad en la política. –Pues en qué estaba pensando entonces, don Antonio, le chancea el reportero, pero Toledo responde con toda seriedad: es que desde chiquillo fue muy inteligente.

Para los observadores perspicaces no pasan inadvertidas ni la ausencia del exgobernador Juan Sigfrido Millán Lizárraga, ni la presencia de Aarón Irízar en la mesa de los exgobernadores, aunque del otro lado están también el rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa Juan Eulogio Guerra Liera, y el presidente del Partido Sinaloense, Héctor Melesio Cuen. ¿No será que la señal en con Cuen? Aventura otro que recuerda las aspiraciones gubernamentales del también diputado y exrector de la UAS.

La mesa contigua está dominada por los otros dos senadores priístas por Sinaloa. Daniel Amador Gaxiola aprovecha todo momento, amarra citas, renueva el compromiso para que personajes claves asistan a su festejo de hoy sábado en Celestino Gasca, y hay que decir que varios de los que llegaron de fuera, del centro o el norte del estado, se comprometieron tanto, que se quedaron a pernoctar en Mazatlán para acudir al día siguiente al festejo, que como siempre, moverá multitudes de profesores y profesoras de todos los rincones del estado, desde los más viejos del escalafón, hasta los recién incorporados o los que aspiran a incorporarse en la antiquísima prueba del músculo de Encima. Amador por supuesto, es también aspirante a la gubernatura.

De frente a él, Diva Hadamira Gastélum Bajo (hoy busca posicionarse con el nombre de Diva Gastélum por cuestión de mercadotecnia) alcanza un logro que ya se repite en cada encuentro. Desde el elevado presídium, el presidente revolotea la vista sobre el público y hace contacto visual con la senadora. Le dedica un salido con la mano y con la sonrisa. Diva resplandece y voltea para asegurarse de que se notaron el saludo y su resplandor.

La mesa se complementa con el diputado Heriberto Galindo, aspirante como los anteriores. Heriberto no está quiero un momento. Se levanta, cambia de mesa sin perder de vista a los asistentes. Puede reproducir cuadro por cuadro quién se saludó con quién, cuáles parecen estar ya en alianza o en pos de una. Abraza, amonesta, aconseja y pone en ruta a quien esté a su alcance.

Por el contrario, Gerardo Vargas Landeros permanece en su mesa, con el más bajo perfil que pueda tener aspirante alguno. No parece el señor del gran poder en que se convirtió durante el mandato de Mario López Valdez. Se muestra como un funcionario sosegado, pendiente de quienes están bajo su férula y evidentemente, de lo que pudiera ofrecérsele al gobernador, aunque para eso se las gasta solo Sergio Martell el coordinador de giras que se sube al presídium, se le atraviesa a la guardia, se le recarga al gobernador apartándolo del presidente o de la atención del presidente, va y viene, permanece hasta que el encargado de la seguridad lo retira con una firmeza que apenas puede contenerse en los límites de la cortesía. ¿Qué será eso tan urgente que tiene que decirle al gobernador en ese momento específico tan comprometido? Chi lo sa.

Los diputados locales están dos mesas adentro. La mayoría priísta convive sin distingos de grupos o corrientes. Roque Chávez propone interpretaciones de algunos encuentros. Silvia Myriam Chávez se levanta, saluda, pero no obsequia hoy con alguna frase contundente. Jesús Burgos Pinto y Ramón Barajas comentan el asunto de los hospitales, mientras Sandra Lara explica por enésima vez su iniciativa sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo. Insiste en que es tiempo de discutir temas que afectan los derechos de personas y grupos de la sociedad tradicionalmente marginados, mientras en el pasillo siguiente Adolfo Rojo Montoya, el panista que preside la Cámara de Diputados, da muestra de su talante, descalificando la propuesta sin más argumentos que la existencia de “temas más prioritarios”.

Rosa Elena Millán aparece con la misma frescura de sus tiempos de líder del Congreso. Ahí está a la espera de la cuota de género, que la señala insistentemente.

Juan Pablo Yamuni lanza un mea culpa: Chiquete, ya nos acabamos aquí las dos canastas de pan. –Eso es lo que quieren ustedes, acabar con el PAN. -¡Yo no! grita, más que responder, el alcalde de Guasave, Armando Leyson Castro, quien jura sin que nadie lo cuestione, que él está por lo contrario, por fortalecer al PAN. De nada sirve que alguien le aclare “hablamos de las canastas, en todo caso estamos acabando con las canastas, Kory”.

Casi ajenos, Jesús Enrique Hernández Chávez y Martha Tamayo Morales observan el panorama, intercambian frases y vuelven a observar. Sólo la presencia de Jorge Abel López Sánchez la hace levantarse para que no anden diciendo que trae broncas. –Ni lo intentes, licenciada, tú misma dijiste que no quiere pagar los desayunos. Se saludan, se reclaman, se ofrecen, se niegan, se aclaran y cuando se van, ambos saben que todo seguirá igual.

Hernández Chávez rechaza la idea de Daniel Amador para que se le incluya entre los aspirantes: “así toca de a menos en el reparto de los golpes”, explica el senador, quien luego coloca a Tamayo en una hipotética diputación “por lo pronto”.

Hernández Chávez prefiere bromear acerca de su edad, tema proverbial cuando se habla de futuros políticos. Un día el presidente Alemán le dijo a Ruiz Cortines que sonaba para la sucesión, nada más que muchos le ponían el pero de que ya estaba muy viejo, a lo que reaccionó preguntando Bueno Señor Presidente, ¿pero estos qué quieren, un presidente o un semental?

David López tampoco recibió mención destapatoria. Quizá eso lo animó a hacer su recorrido habitual por entre los invitados especiales de su oficina. Aguantó a pie firme la nube de saludos, de recuerdos del caso, de peticiones de fotos –tú sabes, por si acaso-. Es obvio que no suda ni se acongoja por nada que no esté en sus funciones. Lo demás es aderezo.

Más divertido que partícipe, José Eleovigildo Carranza recibe por igual saludos de políticos que de empresarios. No de balde él fue ganador el año pasado del Premio al Exportador con su empresa Maz Industrial, a la que el presidente de Comce, Valentín Díez Morodo, se refiere con admiración y reconocimiento, siendo él mismo un empresario de altísimos vuelos.

Y LLEGÓ EL MOMENTO

A lo largo de la jornada Jesús Vizcarra ha permanecido sentado. Le acompaña su familia, especialmente su mamá, quien subiría con él a recoger el premio. Por momentos se levanta a saludar a algún conocido. Recibe a Jesús Aguilar, quien le lleva a algún amigo mutuo con la conciencia de que lo van a quemar en público, ocurrencia que arranca carcajadas de los tres.

Sabe que sobre él están las miradas. Pasa la mayor parte de los premiados antes que llegue su turno. Cuando lo nombran, todo mundo está pendiente del posible destape. Abren más los ojos para no perderse un gesto, una palabra del presidente, intentan leer los labios presidenciales en las enormes pantallas que flanquean al presídium, todo inútil. El contacto es fraterno, los abrazos son cálidos y se acentúan cuando le toca saludar a la señora María Calderón López, madre del empresario.

A la subida, ambos recorrieron el pequeño presídium, saludando a cada uno, incluyendo por supuesto al gobernador Mario López Valdez, quien estaba junto al presidente. Fue un momento breve. Se sacudieron fuertemente los brazos y ya. Un reportero preguntó a Vizcarra por qué no hubo abrazo, como en los otros casos, pero el excandidato sólo dijo que la relación “con él” es de respeto, después de aclarar que no, que no recibió un destape sino un premio. Yo estoy trabajando por Sinaloa y por México, dijo sonriente, a sabiendas de que con eso alborotaba más la bitachera, aun aclarando que lo hacía a través de los programas y la atención de Salud Digna.

Al tomarse las fotos con el trofeo y el diploma, Vizcarra escuchó algunas palabras del presidente, las mismas que muchos quisieron descifrar a través del movimiento de los labios ampliados espectacularmente en las pantallas, pero nadie logró nada.

Se bajó, volvió a saludar al presidente y atravesó para saludar a los que no había saludado a la llegada, cruzando para ello frente al gobernador López Valdez, quien permanecía impasible, sin gesto y viendo hacia el frente. Empezó entonces el cuchucheo: “no lo saludó” ¿”te fijaste? ¡Lo pasó de largo”. Los más atentos aclararon que sí hubo saludo. Lo único de algún modo indicativo fue el aplauso estruendoso, intenso, del público al confirmar que la empresa Sukarne, de Jesús Vizcarra Calderón, recibiría el premio en la categoría de empresas grandes.

Luego vino la comida bien aprobada de las cocinas del Centro de Convenciones, el vino de mesa, modesto pero abundante, y de repente la estampida de todos, sobre todo de todas, por lograr que el presidente se tome una selfie con el teléfono y la compañía de cada uno de ellos. Ya se sabe que ante la magia de las autofotos presidenciales la nutrida guardia debe ser flexible. Seguramente muy pocos en el país han desarrollado una habilidad como la de Peña Nieto. Muy pocos de los que lo intentaron se quedaron sin lograrlo.

Sólo uno se declaró frustrado: el analista que reclamó “no hubo sangre, que nos devuelvan las entradas”.