EL NARCO Y SU PORVENIR EN EL NUEVO GOBIERNO

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Antes los narcos estaban protegidos por la sierra y las montañas de Sinaloa, Guerrero y Michoacán y, al mismo tiempo, gozaron de una rampante impunidad, seguramente porque las drogas tenían como destino los Estados Unidos. Con del tiempo los narcos arribaron a nuestras ciudades con su estela de dolor y sangre. En ese recorrido, multiplicaron sus ilícitos: secuestros, extorsiones y el cobro de “derecho de piso”, y han arrodillado a las presidencias municipales a pagar generosas cuotas, bajo la amenaza de plata o plomo.

Veamos entonces desde una perspectiva más amplia este fenómeno y desde ahí plantear una solución de gran calado a este cáncer que nos asuela. Según Reuter: “Más de 100 muertos –otras estadísticas aseveran que fueron 300,000- y 26,121desaparecidos ha dejado la guerra contra los cárteles del narcotráfico en México de 2006 al 2012, que arrancó bajo la administración del presidente Felipe Calderón Hinojosa. Desde el 1 de diciembre de 2012, desde que asumió la presidencia Enrique Peña Nieto, el número de homicidios intencionales no ha bajado, pero el número de personas secuestradas continúa aumentando, según un reporte de la Organización Human Rights Watch” (Reuter. 04/010/15)

EL CAMBIO DE ESTRATEGIA EN EL COMBATE AL NARCO.

De acuerdo con Aguilar Camín: “La prohibición de las drogas y su persecución no ha traído a México sino violencia, crimen, una guerra no declarada y creciente violación de derechos humanos. Si las cosas siguen como van, calcula Alejandro Hope, cuando termine el gobierno de Peña, la guerra contra las drogas habrá cobrado 300 mil muertos en México” (Héctor Aguilar Camín. Diario Milenio. 24/08/16). Dicho de otra forma: habrá desaparecido una ciudad media en el país.

¿Es posible cambiar de estrategia para evitar la catástrofe nacional a la que nos ha conducido la prohibición del consumo de drogas y sus secuelas de sangre, sudor y lágrimas? Sí es posible, a condición de que echemos fuera de la mente lo que la iglesia, la derecha y la ultraizquierda y, por supuesto, el prohibicionismo norteamericano, nos han inoculado: que las drogas son muy peligrosas en materia de salud. Veamos unos datos duros en contrario de estas visiones apocalípticas:
“Según la Encuesta Nacional de Adicciones de 2011, ese año había en México 990 mil 183 consumidores de drogas ilícitas. Esto quiere decir que por consumir drogas prohibidas en 2011 habrían muerto en México 990 personas (la tasa general de muerte por sobredosis de estas drogas es de 0.01%). Bueno, en ese mismo año de 2011, por violencia vinculada a la guerra contra las drogas, murieron en México 15 mil 768 persona” (Héctor Aguilar Camín. Diario Milenio. 24/08/16).

¿ALGUIEN PUEDE DESMENTIR ESTOS DATOS?

¿Alguien puede explicar por qué está en el interés nacional que, en el lapso de 12 años, haya 300 mil muertes violentas por perseguir al narco cuyo consumo provocaría sólo 11 mil 880 muertes de consumidores voluntarios? En otro nivel de medición, el consumo de algunas drogas ilícitas no es tan fatal como ciertas drogas permitidas: Según todos los registros confiables en la materia, el consumo de las drogas prohibidas produce al año menos muertes que el alcohol y el tabaco. En el año 2013, según la Oficina de Drogas y Crimen de la ONU, murieron en todo el mundo 210 mil personas por usar drogas prohibidas. Murieron 2 millones 300 mil por alcohol y 5 millones 100 mil por tabaco. Desde el punto de vista de la salud, las drogas prohibidas son un mal menor comparadas con las muertes que producen el tabaco y el alcohol. El enemigo de la salud y de la tranquilidad no es el consumo de estas drogas, sino la guerra declarada contra ellas.
Por eso cuando nos oponemos a que el Estado tenga el monopolio legítimo de la producción, la distribución y el consumo de las drogas, como hoy ocurre en Uruguay, es por que simplemente “Somos reos políticos de esa cesión de soberanía. También somos reos mentales de no poder pensar que la satanización de las drogas prohibidas es una aberración histórica, semejante en su ceguera y en sus costos semejantes a otras intolerancias colectivas aberrantes, como las guerras religiosas, la creencia en la condición animal de los esclavos o en la inferioridad de la mujer” (IDEM).
LOS INTENTOS A MEDIAS.
Y no obstante nuestra sumisión y nuestros atavismos, el presidente Enrique Peña Nieto firmó una iniciativa de reforma sobre la Ley General de Salud y al Código Penal Federal, con la que dejaría de criminalizarse el consumo mariguana hasta el monto de 28 gramos, que hoy es el estándar internacional; además ese aumento del gramaje permitiría liberar a miles presos que fueron aprehendidos por portar, a la hora de su detención, porciones de mariguana inferiores al monto fijado.
“Entre otras ventajas que se obtendrían con esta iniciativa enviada al Congreso de la Unión, estaría también la autorización para fabricar medicamentos a base de marihuana o heroína y/o de sus ingredientes activos, los cuales estarían bajo los mismos estrictos controles sanitarios a los que son sometidos los demás medicamentos” (Expansión. 21/ 04/2016).

Pero sabemos qué el Congreso reculó – seguramente también Peña Nieto-. Las razones son simples: se echaron para atrás después de que perdieron estrepitosamente las elecciones de el 5 junio y, con esta catástrofe encima se asomaron al año 2018 y vieron con espanto que el rey del corporativismo andaba desnudo en su laberinto. Dicen que los estadistas piensan en la siguiente generación y los políticos silvestres en la próxima elección. ¿Será cierto?

LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS.

Sí a Peña Nieto le faltaron arrestos para legalizar las drogas. ¿AMLO tendrá los tamaños para hacerlo? Quizá sí, quizá no. En su campaña planteó una amnistía para los narcos, porque la violencia no podía combatirse con la violencia. Y dijo en otra que para los narcos habría abrazos, no balazos. Cuando se dio cuenta que el perdón era no la solución, intempestivamente planteó crear -y por supuesto que la creó-, la Guardia Nacional, aunque hoy su número ha decrecido en por los menos 25 mil efectivos, estos andan tras los migrantes en ambas fronteras.

No obstante, cuando el hoyo negro que quiere tapar vea que se ensancha y se profundiza, tal vez recurra a la legalización o la despenalización de las drogas.