EL GABO Y MIS CUATES

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Encuentros profesionales o casuales de

sinaloenses que admiraron a García Márquez,

y una posibilidad no concretada para Mazatlán

 

FRANCISCO CJIQUETE

 

Conocí a Gabriel García Márquez en 1979, durante un acto encabezado por el presidente José López Portillo. Ya era gloria de las letras mundiales aunque todavía faltaban tres años para que llegara el Premio Nobel. Por supuesto, no podía dejar pasar la oportunidad.

Se trataba de una reunión de la Federación de Periodistas Latinoamericanos. Los periodistas que cubríamos la fuente presidencial fuimos encerrados con el resto del público en el área de gradas de ese auditorio, de modo que había varios impedimentos para llegar al Gabo.

Para no arriesgar solo, convencí a una reportera de Excelsior y esperamos al término del evento. En cuanto se retiró el Estado Mayor Presidencial nos brincamos los barandales y llegamos al lugar donde García Márquez hacía sobremesa. Cuando lo abordamos, Renato Leduc trataba de convencerlo de llevar a los toros a un senador venezolano (ya era fin de semana, el día de la corrida estaba cerca).

Como el buen reportero que siempre he aspirado a ser, fui y le pedí una entrevista en lugar de un autógrafo (ni que soñar todavía con las selfies) y él se defendió aludiendo a su condición de colega:

-yo soy reportero también, caimán no come caimán, nos dijo.

Yo había leído que era reacio a las entrevistas, pero sabía también que el tema latinoamericano lñe apasionaba, así que insistí en pedirle opinión acerca de los ejercicios militares que Estados Unidos preparaba para los alrededores de Cuba.

El jaloneo terminó con algunas frases sobre el derecho de los países del Caribe a defender su soberanía, los abusos de las potencias sobre los débiles y el llamado a la solidaridad de todos los pueblos latinoamericanos.

No le saque un pronunciamiento para la historia, pero esa noche en Canal 11 se lamentaron no haberme enviado al único equipo de videotape que tenía el área de noticieros.

 

Algunos años después, ya en Mazatlán, me tocó recibir al entonces rector de la UAS, Jorge Median Viedas, para cuya administración trabajé. Venía exultante: había conocido en el Distrito Federal a Gabriel García Márquez, y juraba que lo había reconocido, que mínimamente sabía de él.

Como la reunión era informal, los subalternos nos sublevamos y le exigimos una explicación racional de esa reconocida que el Gabo le había dado. –Pues no sé, algo le habrá platicado Monsiváis, o algo leería sobre las luchas de la UAS… ¡chingado! ¿qué tribunal es este?

 

Enrique Vega Ayala, cronista de la ciudad, lo conoció durante una reunión de escritores en casa del puertorriqueño José Luis González. Había varios personajes importantes, pero los jóvenes amigos del hijo de González sólo tenían ojos para el Gabo, a quien ni siquiera se acercaron porque les pesó mucho su calidad de colados en aquel festejo.

Al morir José Luis González, dejó una riquísima biblioteca entre cuyos volúmenes se encontraban varias primeras ediciones autografiadas de libros consagrados, como Pedro Páramo, La muerte de Artemio Cruz y por supuesto, Cien años de soledad.

 

Fernando Zepeda Hurtado solía vacacionar repetidamente en la capital tapatía. En una de esas vueltas, de visita en el paraninfo de la Universidad de Guadalajara, se topó nada menos que con Gabriel García Márquez, quien hacía una visita de reconocimiento al lugar donde poco después dictaría una conferencia.

Por supuesto que fue y lo saludó, pero hizo más: corrió a buscar una librería cercana, compró un libro del Gabo y se lo llevó a autografiar, lo que el escritor, usualmente rejego, hizo de buen grado.

 

Manuel Sebreros, sobrino de mi suegra, es un joven periodista radicado en la capital. Un día, recorriendo un centro comercial cercano a su casa, vio llegar a García Márquez, apoyado por un muchacho que estaba siempre a su servicio. Cuando ya el Gabo había pedido su café –creo que capuchino- se le acercó, le pidió tomarse una foto (ya circulaban, por supuesto, los smartphones) y tuvo la fortuna de acompañarlo mientras terminaba con el contenido de su taza.

Desde luego que le llevó también un libro a autografiar y subió la foto al feis, estremeciendo de envidia a todos nosotros, los Gabófilos de su entorno.

 

Raúl Rico González no alcanzó a llegar con el escritor. Se estrelló con el representante en México, ante quien intentó negociar la presencia del autor de Cien años de Soledad en Mazatlán, recibiendo el Premio Mazatlán de Literatura.

Desgraciadamente por esas fechas García Márquez había radicalizado su vieja decisión de no recibir premios. Ya se rumoraba mucho que estaba enfermo de los pulmones, según dijo doña Elena Poniatowska precisamente aquí en Mazatlán, a donde vino a dictar una conferencia en la Feria del Libro y las Artes, la Feliart de Pepe Franco.

(Después de la infidencia suplicó a todos los presentes que no revelasen el asunto del Gabo, “porque no quieren que se sepa”, pero ya era demasiado tarde.)

Fue quizá la única oportunidad que tuvimos los mazatlecos de ver a García Márquez en nuestra ciudad, pero no se concretó. Raúl Rico lo lamenta por partida doble.

 

Alguna vez Rafael Franco me llamó la atención por ir habñando tan liberalmente del Gabo. Sólo sus amigos y los irrespetuosos le llaman “Gabo” a García Márquez, me dijo lleno de solemnidad. -Pues por eso lo llamo así, respondí ufano. -¿Eres amigo de García Márquez? Me preguntó asombrado, deteniendo la marcha de su viejo volkswagen. -No, le respondí: soy de los irrespetuosos.