EL EJIDO. NUESTRO MUNDO MÁGICO (2)

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ELIO EDGARDO MILLÁN VALDEZ

A pesar del brillo de todos aquellos espectáculos, no tenían el destello ni la trascendencia de las fiestas que se hacían en honor de San Isidro Labrador, nuestro Santo patrón. Había que haber visto a los organizadores de este inolvidable día. Los hombres de la comunidad tenían que chingarle parejito por lo menos un mes y medio antes del festejo. Esta faena stanjovista tenía hacerse a güevo, para no ofender a nuestro Santo Patrón, que en represalia podía mandarnos al año siguiente una sequía cuata que sin lugar a dudas sería una mortal bofetada para los sembradíos en tierras de temporal y, pa’cabarla de chingar, ensalitradas hasta el cojollo.

 

Está faena era tan dura que hasta que nuestros padres caían rendidos. Y cómo no si tenían escardar, emparejar, aplanar, regar y endurecer tres pedazos de parcelas contiguas al rancho, pero también se hacía lo mismo en las dos callecitas de nuestro caserío. En uno de los predios se jugaría a la pelota, con una novena de algún rancho circunvecino; otro se convertía por la tarde en toril, para la jineteada de unas vaquillas que en vez de dar miedo daban lástima; el tercer predio se convertía en cancha de baile, para sacarle brillo al huarache, justo cuando el ‘astro güero’ palidecía para darle chance a la luna para que hiciera de las suyas y de las nuestras.

A las mujeres les tocaban las tareas más “blandas”: simplemente hacer los adornos con flores de papel crepé y banderitas con papel de china, justo alrededor de donde serían los eventos; pero además en las mesas que se colocaban alrededor de la pista de baile, ponían unos primorosos ramos de flores; flores de verdad, porque nuestro rancho era un jardín, un edén, un florilegio, como decía mi abuela… y por si fuera poco las féminas les tocaba “encalar” las casas para no dar mala imagen a los visitantes, porque ese día se escondía la pobreza, nadie debía saber, ni Dios lo hubiera querido, que éramos unos muertos de hambre.

 

Y por si fuera poco, unas semanas antes del jolgorio dedicado a San Isidro las mujeres convertían a la comunidad ejidal en un taller de costura, gracias a unas máquinas Singer que les había regalado el Tata Lázaro a los ejidatarios y a sus esposas. Después de ir a Huatabampo a comprar telas de tusor, raso, muselina y popelina, sobre todo popelina estampada, se ponían a coser su indumentaria; lo hacían particularmente las chicas casaderas que tenían que portar por lo menos un vestido para cada evento sobre los que iba a girar la fiesta. Pero ponían especial atención en la confección del vestido que iban a estrenar en el baile. Al mismo tiempo iban haciendo sus polvos de betabel y obelisco para usarlos como colorete y para pintarse la boca, el polvo de arroz para blanquearse la cara, carbones extraídos de los tizones para pintarse las cejas y las pestañas y para ponerse uno que otro lunar, y por supuesto no debía faltarles una loción, ya fuera marca Tabú, Desert Flower o simplemente Maja.

 

El comisario Ejidal, precisamente por ser la máxima autoridad, le tocaba invitar al Presidente Municipal y a los comisarios de los ranchos circunvecinos para que éstos convocaran a sus “representados” a la fiesta, porque nuestra comunidad les iba a “convidar” un sabroso “guacavaqui” al medio día. Había que haber visto a la comunidad en los últimos días: parecían hormigas haciendo cada quién su parte. Y todo este trabajal de mujeres y hombres revelaba la creación de un mundo mágico que irremediablemente desaparecía al día siguiente; algo parecido, pero no tan parecido, a la Fiesta de Serrat: ‘Vamos subiendo la cuesta/ que arriba en mi calle / se vistió de fiesta//Vamos bajando la cuesta/ que abajo en mi calle/ se acabó la fiesta’

 

El comisario tenía, además, la encomienda de contratar una banda de música de viento; buena, bonita y barata. Esos ‘trompasdehule’ tenían que tocar desde que el sol se despertaba por levante, hasta que la medianoche empezaba a dormitar; pues tenían que amenizar la santa romería, soplar dianas en el juego de beisbol, entonar rancheras a la hora de la comida; pitar espanolerías en la jineteada y, ya muy ‘bofeados’, amenizar el baile tocando los valses que andaban de moda. Allá por la doce de la noche, casi a punto de desfallecer, los ‘pitos’ de los músicos aullaban más feo que un perro recién molonqueado; porque al vencerlos el cansancio y el sueño se quedaban en una misteriosa parasomnia que les permitía dormir y, al mismo tiempo, seguir soplando sus “vientos” más alrevesados que un cigüeñal. Terminaban su trabajo con boca más hinchada que si les hubieran picado una parvada de bitachis.

 

Loa festejos empezaban muy temprano con una procesión en honor a San Isidro. El comisario ejidal, que portaba una sonrisa de mazorca, la encabezada el desfile en un carro de mulas y, junto a él,  la reina, que llevaba en la mano izquierda un diminuto San Isidro, mientras con la mano derecha saludaba al ‘respetable’, ofreciéndoles además una sonrisa de oreja a oreja. Después venía, como siempre, el pueblo en tandas. En toda esa caminata de cantaba el himno al Santo Patrón que se alternaba con el himno al agrarista acompañados por la banda de música, que no todavía orquesta, porque en la música, como en la vida, hay niveles.

 

Por supuesto en la peregrinación la flor más bella del Ejido solía convertirse en la primus inter pares del rancho, concitando las envidias del resto de las chicas casaderas; porque más allá de haber sido “electa” por los ejidatarios, se presumía tras bambalinas que el comisario ejidal había manipulado los votos a su favor, porque desde ‘endenates’ le andaba ‘echando los perros’, ya que por ser la suprema autoridad no le faltaban pretextos para acercársele y expresarle sus lascivas intenciones. ¡Rancho chico, infierno grande!