EL CEREBRO DE MI HERMANO

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El Cerebro de mi Hermano es una narración desgarradora, tan intensa que quienes la hemos leído nos ha partido el corazón. Rafael Pérez Gay, en efecto, nos absorbe al punto de leer esas páginas con la respiración entrecortada, porque su escritura está hecha de lágrimas negras que develan el dolor por la pérdida irreparable, a un tiempo, de su hermano, su padre, su maestro y su compañero de letras y su rival político.

Coincido con quienes comentaron: “No me animo a leerlo. Me han dicho que te parte el corazón”, se escucha decir durante un viaje en avión. “Me lo leí de un sentón el sábado y no podía parar de llorar”, apunta otro. Bueno, yo leí el Cerebro de mi Hermano, y tomé poco en cuenta todas las reyertas con Carlos Monsiváis, López Obrador y de más etcéteras. Toda mi atención estaba centrada en la evolución del dolor de Rafael Pérez Gay, solo en la segunda lectura me di cuenta de que el autor es también humano, demasiado humano.

¿Una hora? ¿45 minutos? Medir el tiempo que lleva leer El Cerebro de mi Hermano, el nuevo libro del escritor mexicano Rafael Pérez Gay, es percibir la materia (…) con que está nuestra humana condición; es saber cuánta distancia hay, por ejemplo, entre el latido de tus sienes y el ave negra que pasa justo cuando pensabas en alguien y en aquellas cosas que nos dijeron en la despedida de un adiós doloroso.

LOS VASOS COMUNICANTES DE ESTA PORTENTOSA NARRATIVA.

Pérez Gay, al revelarnos su dolorosa travesía por la enfermedad y la muerte de su hermano, nos recuerda nuestra orfandad; porque muchos de nosotros hemos perdido a un ser, hemos amado y seguimos amando entrañablemente. Porque el que se ha ido se lleva para siempre algo de nosotros; por eso después de esa tragedia nunca jamás seremos los mismos. Alberto Cortez nos lo dice cantando: “Cuando un amigo se va/ queda un espacio vacío/que no lo puede llenar/la llegada de otro amigo”. Quizá por eso Neruda debió haber dicho: “Es tan largo el amor y tan corto el olvido”.

Qué no hemos hecho por nuestros seres amados para arrancarlos de los brazos de la muerte, y aunque la razón nos dicte que toda esperanza está perdida, en nuestro corazón se agiganta la fe, esa inmensa fuerza que se niega a no ver más a quien es parte de nuestra propia vida; por eso cuando alguien se va… al día siguiente lo encontramos en la calle, los vemos en los sueños y, no pocas veces, platicamos con él o con ella, y al descubrir la orfandad de nuestras palabras sentimos que el otro que nos constituye está tratando de llenar el inmenso vacío que nos ha dejado con el alma en vilo …

En Cerebro de mi Hermano es como las buenas películas dramáticas, nos produce un llanto amargo, por tres razones: por su calidad estética que no toca las fibras del corazón, por solidaridad

con el autor y, quién lo duda, porque nos trae el recuerdo de alguien que amamos y que se fue de nuestras manos para siempre jamás.

MI AGREGADO A EL CERERRO DE MI HERMANO

Es cierto, Pérez Gay qué no hizo para lograr la comunicación con su Hermano José María, le hablaba de filósofos, le contaba chistes, le hacía bromas. Fue, dicho sea con brevedad, un comunicador que siempre procuró hablar con él a través de las palabras, de los gestos de las manos y con el lenguaje de los ojos. Lo que no hizo Rafael fue hablar con José María Pérez Gay después de muerto. Me hubiera gustado que hubiera hecho un comentario al final de la novela dirigido a él, sobre todo por la reciedumbre que tuvo para soportar el sufrimiento innecesario de su larga enfermedad:

“Siempre pensaré en ti y trataré de seguir tu ejemplo, aunque de antemano sé que me faltarán agallas para volar, como tú, sobre el pantano de ese sufrimiento tan humano como innecesario. Dicen que los alumnos superan al maestro, pero hay de maestros a maestros; y tu magisterio es de esos que no los superan las personas de carne y hueso como yo, porque en estos y otros menesteres fuiste un hombre de hierro. De verás, trataré de seguir tu ejemplo, pero te aseguro, con un poco de vergüenza, que lloraré a mares por los amores que no volveré a ver y porque dejaré esta vida hirviendo en mayúsculos dolores en ese día final en el que el silenció callará para siempre mis palabras. Chema, desde ahora sé que competir contigo en éste y otros menesteres es, no tengo la menor duda, una guerra perdida”.