De las marismas de la Klein, a las pláticas con don Julio Scherer

0
359

FRANCISCO CHIQUETE

Ni en el sueño más delirante hubiese pensado que conocería a don Julio Scherer y podría convivir con él. En 1976 era él quien dictaba el ritmo del periodismo mexicano y establecía una relación digna respecto del omnímodo poder presidencial.

Ese año trabajaba como reportero de La Voz de Mazatlán, publicación modesta dirigida por Rafael Franco Zazueta. La Voz era un periódico suscrito a los servicios de Excelsior en su modalidad de agencia informativa, y por tanto había sido convocado a una reunión nacional tendiente a enriquecer las relaciones entre todas las partes.

Un verdadero sueño para mis 19 años, mi idiosincrasia marismeña (vivía en la muy marginal colonia Klein) y el deslumbramiento de alguien que aspiraba a aprenderlo todo, y todo lo vivía como novedad.

Scherer, un señorón de altísimos vuelos, se subió al mismo autobús que los invitados, nos saludó a cada uno e hizo el viaje a Querétaro, donde se realizaría el encuentro durante viernes y sábado, con regreso el domingo.

En el desayuno los directores de periódicos regionales fuertes hicieron grupos con la esperanza de que el director de Excelsior los acompañara en sus espacios. Cuando llegué sólo había una mesa libre, en el centro del restaurant y me dispuse a desayunar solo. Sorpresivamente Scherer fue hacia allá y ahí se sentó, no sin antes pedir permiso.

Sus ayudantes, que en el traslado por carretera le habían velado el sueño, estaban escandalizados, pues habían alentado a sus principales clientes con la posibilidad de una charla.

¿Usted de dónde viene? ¿qué hace en el periódico? ¿qué le gusta más: reportear, escribir, armar páginas? ¿Qué le parece si lo recibimos acá en Excelsior unos tres meses para que se capacite en el área que prefiera?

¿Qué me iba a parecer? Alucinaba, volaba ante esa posibilidad otra vez, jamás soñada.

¡Oiga, dice el señor Franco que se toma usted veinte cocacolas diarias! No haga eso… No señor, es una broma de Rafael, no me tomo veinte… -Pues quince que se tomara son muchas, diez, siguen siendo muchas, incluso cinco…

Desayunos, comidas y cenas se repitió el encuentro. Scherer preguntaba ávido cómo era el periodismo en provincia, cómo se portaban las autoridades, cuáles eran los intereses oscuros, lo que hoy se llama “poderes fácticos”. Ya era normal también para los directores que al principio se mosquearon, que Scherer sólo departía con Rafael Franco y conmigo, aunque luego durante las sesiones de trabajo tuviese encuentros con ellos.

La noche del sábado no bubo cena porque era día de box. Rafael Herrera defendía su campeonato mundial gallo contra Rodolfo Martínez. En la habitación de Scherer todos los jorocones se reunieron a ver la función y a degustar whisky Johny Walker etiqueta negra y cognacs cuatro letras (creo que no llegaron al XO). Yo consideré que ya había recibido muchas distinciones y no quise exagerar. Como además aún no tomaba, me pareció bien quedarme a ver la pelea en mi habitación. Rafael Herrera era mi ídolo y perdió (¿qué quieren? Ya le iba al Cruz Azul, aunque en esa etapa sí ganábamos campeonatos).

A la mañana siguiente, camino al desayuno, uno de los velasueños de Scherer se acerca y le advierte a Rafael Franco sobre su “mal comportamiento” de la noche previa. Rafael alarmado hace un recuento y no encuentra más incidente que el de haber chuleado el reloj que Scherer llevaba consigo e incluso “se atrevió” a pedirle que se lo mostrara, pero no creía haber sido impropio. Con preocupación fue y le preguntó a Silvino Silva Lozano, director entonces de Noroeste, que también estuvo en la suite de Scherer ¿crees que estuve impropio? Tú y yo estuvimos siempre juntos -¡mándalos a la chingada! Estos lamesuelas sudan calenturas que a Scherer ni le llegan! Y se fue acompañándolo hasta que llegaron a sus mesas. Poco después llegó don Julio, se sentó con nosotros como siempre y estuvo afable y afectuoso como siempre, elogiando los conceptos que Rafael había vertido la noche previa sobre el gobierno de Echeverría y los ensayos de don Daniel Cossío Villegas.

Cuando terminó el desayuno, Silvino se volvió a acercar solidario y frente a los lamesuelas, él que siempre fue tan propio, dijo en voz alta: ¿No te dije? ¡Éstos son los que están jodidos!

Regresamos a Mazatlán con el regusto de lo vivido y la ilusión de la perspectiva grande de ir a darme una asomada a Excelsior.

Mes y medio después nos llegó la noticia del golpe a Excelsior. El gobierno de Luis Echeverría Álvarez maquinó la destitución de Julio Scherer a través de una asamblea controlada por incondicionales a su gobierno. Eso me entristeció más que la posibilidad rota de ir a probar suerte en la capital del país (tres años más tarde se me cumpliría, trabajando para Canal 11). Los lamesuelas se quedaron en Excelsior y poco después llamaron a Rafael para pedirle de favor que se quedara con los servicios de Excelsior y no fuese a comprar los de Cisa, con los que reapareció Scherer antes de editar Proceso.

El siete de junio sigue habiendo festejos por la libre expresión. Desde aquellos tiempos, desde los de antes y desde los de ahora, las amenazas y los hechos negativos siguen siendo muy graves porque quienes llegan a la Presidencia creen que su hazaña de llegar (haiga sido como haiga sido) no debe ser enturbiada con críticas ni denuncias.

Este ocho de junio se cumplen siete años del fallecimiento de Rafael Franco y hace tres semanas murió don Silvino Silva Lozano. Un recuerdo a ambos, militantes del periodismo y del sentido humano de la vida.