Crónicas familiares

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Luis Antonio Martínez Peña.

Un soldadito de leva.

Me encontraba realizando una investigación en torno a la Revolución Mexicana en Sinaloa, un tema apasionante, el interés creció cuando empecé a  conocer los acontecimientos relacionados con el prolongado asedio, sitio y asalto definitivo a la ciudad y puerto de Mazatlán por las fuerzas constitucionalistas entre octubre de 1913 al 9 de agosto de 1914. Pero este interés se disparó hasta las nubes cuando mi madre la señora Áurea Peña Contreras me comentó que su abuelo había participado en estos acontecimientos como soldado de infantería del ejército federal del dictador Victoriano Huerta.

Este personaje que por línea directa viene a ser mi bisabuelo llevó por nombre el de José Contreras, nació en  Juchitán, Oaxaca, y platicaba a sus hijas Agustina y Teresa que ellas tenían familiares en Oaxaca  y que él había llegado a Sinaloa víctima de la leva. Relató que un día de 1912 se encontraba sembrando las tierras de su familia cerca de Juchitán cuando una partida del ejército federal ejecutó una razzia entre los jóvenes de su pueblo. Los reclutas fueron trasladados a Tehuantepec y posteriormente embarcados al puerto de Manzanillo y finalmente a Mazatlán. Una vez en el puerto sinaloense el recluta participó en varios hechos de armas en la campaña por romper el asedio y el sitio de las fuerzas revolucionarias del general Juan Carrasco y el coronel Ángel Flores.

Lejos de su familia y de su tierra el joven recluta contaba tan sólo con la amistad de quienes vivían junto a él los malos tratos que los oficiales daban a los soldados de leva. Su habitación se encontraba en los galerones del cuartel Rosales y en sus días de descanso paseaba por la plaza y playas mazatlecas. En sus paseos conoció a una muchachita vendedora de empanadas, ella se llamaba Cruz Castillo y entre ellos hubo simpatía, y más porque Agustina su hermana mayor sostenía amoríos con un oficial federal de apellido Miramontes.

Mi bisabuelo contó que Agustina se aferró en irse a vivir con Miramontes y que Cruz asustada, decidió seguir a su hermana uniéndose a José. Así empezaron a vivir juntos y a fines de 1913, José Contreras y Cruz Castillo eran formalmente marido y mujer, y esperaban su primogénito.

Pero resulta que las cosas de la guerra empezaron a empeorar para los federales y la población sitiada en Mazatlán. Por tierra no se podía salir a ninguna parte y por mar las comunicaciones se controlaban por el ejército federal con los barcos cañoneros de la armada de México, las cuales garantizaban el abasto regular de alimentos, pertrechos y tropas de otras partes del país..

Los enfrentamientos a balazos, entre los soldados y los rebeldes llegaban hasta las goteras de la ciudad, pero los federales tenían la ventaja de mantener el dominio de los cerros de la Loma Atravesada, la Loma de la Montuosa, y de la Nevería. Una línea de trincheras y fortines dominaba cualquier movimiento que se realizara por las marismas, lagunas y los caminos a Urías y a Palos Prietos. Toda esta extensión de terreno fue conocida con el nombre de  “Llanura de la muerte”. Aun así los revolucionarios no cejaban en el intento por tomar en asalto aquellas alturas y los federales en romper el asedio.

A finales de abril de 1914, el General Álvaro Obregón,  Jefe de las fuerzas constitucionalistas en el noroeste de México, lanzó una ofensiva militar e intensificó las medidas para el sitio total sobre la ciudad. En la ofensiva el piloto aviador Gustavo Salinas  a bordo del biplano “Sonora” bombardeó el 6 de mayo el cuartel Rosales y por accidente una de las bombas cayó en el centro de la ciudad, todo un acontecimiento que llenó de pánico a los pacíficos ciudadanos de Mazatlán, ante la novedad de que ahora la muerte podría caer del cielo arrojado por uno de esos artefactos o papalotas como la población llamaba a los aeroplanos.

 La ofensiva de la artillería revolucionaria desde la Isla de la Piedra bombardeó hasta hundir en la bahía  al cañonero “Morelos”. Luego de esta ofensiva el general Obregón tomó la determinación de avanzar con su ejército hasta la ciudad de Guadalajara una vez que el general Rafael Buelna tomó la ciudad de Tepic.

 Mazatlán quedó sitiado por una fuerza de tres mil revolucionarios al mando del general Ramón F. Iturbe y de los generales Juan Carrasco y Macario Gaxiola. El sitio se  recrudeció y a finales de junio la situación en la ciudad era insoportable, escaseaba el agua y los alimentos, en julio la población saqueó algunas tiendas de abarrotes propiedad de unos chinos.

Luego el 15 de julio el dictador Victoriano Huerta renunció a la presidencia de México y abandonó el país. Las fuerzas federales en Mazatlán no ceden frente a los revolucionarios que los sitiaban, las charlas entre los mandos se dieron sin éxito, y a partir del 4 de agosto los mandos federales acompañados de personeros políticos de Huerta  deciden embarcarse rumbo al exilio. La retirada fue cubierta por oficiales y soldados que defendiendo y huyendo rumbo a un improvisado embarcadero en la playa de Olas Altas sostenían crudos combates con los revolucionarios. El día 9 la situación fue insostenible y el combate llegó hasta el mismísimo paseo de Olas Altas.

Mi bisabuelo platicaba que él se había sumado a la retirada en el muelle, pero que recibió permiso oficial para ir por su esposa a la cual no quería abandonar.  Cruz  se encontraba en su último mes de embarazo en una casa de la calle Benito Juárez,  pero al caminar junto a ella unas cuantas cuadras por la Guelatao, hoy Gral. Ángel Flores,  se encontró con soldados que desbandados venían de Olas Altas diciendo que desde el cañonero Guerrero se disparaba indiscriminadamente y que al igual que a los revolucionarios también los soldados federales recibían la metralla por órdenes del general Miguel Rodríguez, jefe de las fuerzas federales en fuga. Fue muy grande la mortandad del combate en Olas Altas se cuentan en 750 los muertos, en mil los heridos y en trescientos los prisioneros. Hay una fotografía donde al pie del malecón un grupo de curiosos observa los muertos en la playa.

Confundidos, la joven pareja regresó al cuartel y fueron escondidos en una casa de la Benito Juárez, ahí vivían el señor Nepomuceno de los Reyes y su esposa Arcadia, a quienes mi abuela llamaba Tata “Cheno” y “Nina Cayita” a la que mi abuela recordaba y  veneraba con cariño.

El 29 de agosto de 1914  nació una niña a la cual pusieron por nombre Agustina Contreras Castillo. Poco a poco, el ex soldado federal se fue reincorporando a la vida civil, obteniendo el perdón del gobierno constitucionalista. Se ganó  la vida como vendedor de agua de cebada, llevando su carga en una palanca, apostándose en las esquinas y buscando los lugares de reunión.  Además de que Nepomuceno de los Reyes lo enseñó a elaborar cocadas, pepitorias, frutas cristalizadas a tostar el cacahuate y a hornear los cortadillos de pan y empanadas,  mercancía que salía a vender en una vitrina de cristal  sobre la cabeza y que montaba sobre una tijera de madera que llevaba en el hombro.

El grito de “hay cocadas, pepitorias, cortadillos… compre usted marchantita…”, salió infinidad de veces de su boca para  llevar a su casa el sustento familiar. El soldado de leva, menudito de cuerpo, oaxaquita  puro,  libró así una y mil batallas en la lucha por la vida.