CONVIERTEN EN BRUJAS A LAS MUJERES EN LA ÉPOCA MEDIEVAL (I de 3)

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NO SE PIERDA ESTA INTRODUCCIÓN, SIN ALBUR.

Pero a pesar de los candados de la época medieval, o más precisamente por su dureza, las confesiones de la “Santa Inquisicción” solían ser más excitantes para niños y adolescentes que un libro erótico. Estimulaban el deseo y ampliaban el campo de la fantasía más allá de lo considerado “normal”, con confesiones de este tipo: “¿Hizo cosas malas? ¿con quién? ¿con hombres, con mujeres, con animales?”. ¿Cometió pecados de la carne? ¿de manera natural o contra natura?. En el caso que la confesante manifestara que fue víctima de un abuso sexual, se le preguntaba si gozó; pues ello la hacía partícipe de la culpa. Pero al mismo tiempo el confesor le brindaba información sobre la posibilidad de gozar al ser víctima de un acoso. Si el penitente declaraba que consintió una relación pecaminosa, se le solicitaban detalles: “¿Cómo se llevó a cabo? ¿con la vista solamente, con las manos, con la boca, con penetración?”. “¿Cuántas veces lo hizo?” “¿Se regodea con el recuerdo del hecho?”.

CONVIERTEN EN BRUJAS A LAS MUJERES EN LA ÉPOCA MEDIEVAL (I de 3)
ELIO EDGARDO MILLÁN VALDEZ.

Muchos de los crímenes (se le llamaba maleficia) que se le atribuyen a las brujas en cuestión de sexualidad: copular con demonios íncubos y súcobos, provocar abortos, causar esterilidad y obstaculizar las relaciones sexuales entre marido y mujer”, eran por supuesto simples supercherías; como lo eran también la acusación de que podían su desaparecer penes, que se robaban y los guardaban en nidos y los alimentaban con avena. Mucho antes de que existiera la castración, había algo mucho más siniestro: el mito de las brujas roba-falos que iban retorciendo y desmembrando miembros.

En la Edad Media, se creía que las brujas tenían diferentes capacidades mágicas para acabar con los penes, la más siniestra de todas es la capacidad para hacer desaparecer el órgano sexual masculino por completo. Según Smith, en Malleus Maleficarum, detalla tres estudios de casos específicos en los que las brujas tenían a los hombres mágicamente privados de sus penes. Los dos primeros simplemente incluían a hombres que tenían sus genitales escondidos por alguna ilusión mágica de las brujas, “pueden quitar el órgano masculino”, Heinrich Kramer escribe, “no realmente despojándoselos del cuerpo, pero sí ocultarlos con cierto glamour. La tercera cuenta el fenómeno de como las brujas mantenían a los penes sin cuerpo como animales de compañía y los alimentaban con avena y otros cereales.
LA INQUISICIÓN AFIRMA QUE ESTA PENICIDIO ES OBRA DEL DIABLO.
Kramer pasa a describir a un hombre que intenta recuperar su miembro perdido. Por su cuenta, el pobre, con el miembro castrado, “se acerca a una bruja”, la cual le dice que trepe un árbol donde los nidos contienen varios miembros, y le permite que coja el que él quiera. Pero desafortunadamente lo rechaza después de tratar de coger uno especialmente grande que pertenecía a un cura. En el Malleus Maleficarum, escribe Kramer: “Toda brujería proviene de la lujuria carnal, que en las mujeres es insaciable.” En su esencia más pura, los árboles pene y su asociación a las brujas de lascivia infinita plantean una contradicción: si los penes crecen de los árboles, ¿para qué se necesitan a los hombres?

En 2010, un artículo publicado en el Journal of Sexual Medicine, por el historiador Johan J. Mattelaer: “Entre el final del siglo XIII y principios del siglo XVI, el árbol de falos era un fenómeno”. Los árboles pene florecieron en toda Europa, de acuerdo con su investigación: un manuscrito francés del siglo XIV contiene dos imágenes de monjas cosechando penes en los árboles y metiéndolos entre sus ropas. Y con este aparente crecimiento, nació y creció la Santa Inquisición que en Santa Cruzada con los reyes, empezaron a quemar en la hoguera a las brujas, no sin antes someterlas a torturas horrorosas, como la pera vaginal que metían a las “brujas” para que confesaran. Pase a la siguiente página.

LA PERA VAGINAL, ORAL O ANAL.

Se trata de un artilugio metálico con forma de la fruta que le da nombre, estrecho por un lado y más grueso por el otro, que se introducía en la cavidad vaginal, oral o anal según el delito del que estuviese acusado el torturado. Una vez dentro, la pera incluía un tornillo o manivela que hacía que se abriese al girarlo, provocando un desgarro muy doloroso. Existía una variante que además desplegaba púas metálicas.