Cambio climático

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Introducción

La revista Politeia, en su edición de diciembre de 2007, publicó de modo improvizado dos artículos discrepantes. Eran tan escasas las coincidencias que sólo destacaba una involuntaria: ambos trataban el mismo tema, el del cambio climático.

Ahora sus autores –Carlos Calderón Viedas y Melchor Inzunza– revisan y afinan sus textos, que no han perdido actualidad, para compartir sus puntos de vista diferentes con los lectores de Sinaloa en línea.

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Cambio climático

Carlos Calderón Viedas

Crisis ambiental

Hoy en día la mayoría de los gobiernos del mundo, los círculos académicos, los centros de investigación, los organismos internacionales y la opinión pública internacional, discuten con preocupación sobre la crisis ambiental y sus manifestaciones más agudas como son el calentamiento global y su efecto directo, el cambio climático, causantes directos de una serie de fenómenos ambientales que golpean con diferentes grados de severidad las poblaciones del planeta, huracanes cada vez más violentos, largas sequías, deshielo de los casquetes polares y otros glaciares en el interior de los continentes, incremento de los niveles del mar, desequilibrio de los ecosistemas, que amenazan, dicho en breve, el futuro de la humanidad.

Buena parte de la comunidad científica dedica actualmente importantes esfuerzos a estudiar estos problemas para controlarlos y revertir sus catastróficos efectos; los resultados encontrados coinciden en explicar que el calentamiento terrestre se ha acelerado de manera anómala debido a que existe una relación directa entre el calentamiento de la tierra y la emisión de gases efecto invernadero (GEI), provocada principalmente por la actividad humana y en particular la de tipo industrial. El incremento de los GEI, principalmente el dióxido de carbono (CO2), se concentra en la biosfera permitiendo que parte de las radiaciones solares que regresan a la atmósfera quede atrapada en esa capa de gases con el consecuente incremento del calor ambiental.

El efecto invernadero es un fenómeno natural que permite mantener en determinado nivel la temperatura que hace posible la vida en la tierra, 15 grados en promedio. Sin embargo, este equilibrio natural se viene perdiendo como consecuencia de las emisiones de gases GEI causadas por varios factores, entre ellos, la quema de combustibles fósiles, la deforestación, la ganaderización y las actividades industriales en general. Con la paulatina destrucción de biomasa y la consecuente disminución de la capacidad de diluir CO2, el velo armonioso de la naturaleza se ha rasgado y puesto en escena el horizonte dramático de un futuro insustentable.

Goza de bastante aceptación la tesis de que fue con la Revolución Industrial, a mediados del siglo XVIII, cuando inicia el fenómeno del calentamiento global. Sin embargo, es hasta las últimas tres décadas cuando el cambio en el clima mundial se ha convertido en una seria preocupación debido a los efectos catastróficos que ahora provoca. De no asumir una fuerte corresponsabilidad por todos los países del mundo para controlar la contaminación ambiental que produce el calentamiento de la tierra, es posible que aparezcan escenarios de alto riesgo. Tan grave se avizora el problema que para algunos líderes mundiales el plazo perentorio para enfrentar decididamente el problema no va más allá de 15 años a partir de ahora.

No habrá país en la tierra que pueda quedar ajeno a este problema, “cada día hay más pruebas”, apunta enfático Ban Ki-moon, Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, al referirse a la gravedad palmaria de la crisis ambiental. Apoyado en los resultados ofrecidos por grupos de científicos avocados a estudiar el problema, acaba de mostrar algunos datos sobrecogedores: desde 1960 a la fecha la capa de hielo de los polos ha descendido un 10 por ciento y para el 2050 lo habrá hecho en 40 por ciento, provocando con ello que el nivel de los mares aumente entre 10 y 15 centímetros; lagos y ríos tienden a extinguirse y en alguna regiones del mundo la escasez del preciado líquido es real con las previsibles consecuencias negativas para la comunidades que dependen de esos recursos hídricos. Los huracanes y lluvias intensas en las regiones tropicales son cada vez más frecuentes, con los consabidos desastres que acarrean. “El cambio climático, señala Ban Ki-moon, se ha convertido en una realidad personal para todos y cada uno de los habitantes del planeta”.

La lista de daños potenciales es larga, baste enumerar algunos: México, fuertes ciclones y lluvias, sequías y altas temperaturas, sobre todo en los estados del norte; Canadá, el mar se congela tardíamente lo que amenaza la sobrevivencia de los osos polares; Groenlandia, se están fundiendo los bordes de la segunda masa de hielo más grande en el mundo, por lo que el nivel medio de los mares del norte está aumentando, seria amenaza para los habitantes de esas zonas costeras; Patagonia, pérdida sustancial de la masa de hielo; China, el cambio climático amenaza la producción de trigo, arroz y maíz hasta en un 37 por ciento menos para el año 2050; India, fuertes inundaciones, sequías y pandemias, a causa de los desastres atmosféricos.

Crisis de solidaridad

La alarma ha cundido en todos los confines del mundo, pero no es la primera llamada. Desde la década de los ochenta, la comunidad internacional comenzó a organizarse para enfrentar el problema del cambio climático. El acuerdo más avanzado es el Protocolo de Kyoto, en honor a la ciudad huésped de Japón en donde más de 180 naciones celebraron un acuerdo en noviembre de 1997, con el objetivo de disminuir la emisión de GEI. La ratificación del tratado, la aceptación de compromisos vinculantes, no corrió con igual celeridad, Rusia lo firmó hasta abril de 2006, Estado Unidos y

Australia no lo hicieron -dos de los principales países emisores, junto con China y la India-; a la fecha sólo 162 países lo ratificaron.

La falta de voluntad para alcanzar un compromiso colectivo para encarar el problema, encabezada por Estados Unidos y otras naciones emergentes, vuelve difícil encontrar soluciones eficaces, a pesar de que la mayoría de los gobiernos nacionales -y los organismos internacionales- coinciden en aceptar la gravedad de los diversos problemas que aquejan a sus naciones debido al cambio climático. Mientras que el gobierno norteamericano se inclina por una estrategia en la que los países de mayor desarrollo fijen sus propias medidas y metas para reducir los gases GEI, otros países agrupados en torno a la ONU favorecen tomar acuerdos de cooperación para enfrentar el problema, con base en estudios y recomendaciones realizados por grupos de expertos internacionales.

En general, todas las propuestas hacen causa común en la necesidad de reducir la emisión de gases de efecto invernadero, según las peculiaridades de cada país miembro, es decir, todos los países emiten sustancias tóxicas a la atmósfera, pero no en iguales cantidades ni con las mismas fuentes. México, por ejemplo, para ver el tema con países del área latinoamericana, en 1990 fue el mayor emisor de CO2 y sus fuentes principales fueron el cambio en el uso del suelo y la silvicultura. Del total de dióxido de carbono emitido, la quema de combustibles fósiles cubrió dos terceras partes. En Brasil, para el mismo año, la quema de biomasa -deforestación- es un factor muy importante en la emisión de gases GEI. En Argentina, la proporción de metano, emitido por las actividades ganaderas, ocupa una proporción destacada en el total de gases GEI.

Controlar la emisión de los gases GEI implica de alguna manera alterar algunos sistemas productivos. Razón por lo que se ha llegado a afirmar que el cambio climático será cada vez más un problema de desarrollo, como lo quiso decir, Rafael Correa, presidente de Ecuador, al señalar que todo compromiso sobre el cambio climático “debe obligarnos a una reflexión seria sobre el modelo actual de desarrollo” (ONU; Conferencia Climática, 2000)

En países como el nuestro, inserto en una región mega-biodiversa y diversa culturalmente, con agudos problemas de inequidad y pobreza, encarar la responsabilidad de participar globalmente en la defensa de la vida del planeta, conduce a encontrar nuevas pautas de desarrollo que al mismo que respeten los ecosistemas, respondan a los retos sociales y culturales de las generaciones de hoy y del futuro.

Es obvio que esta estrategia integral está más allá de meras soluciones técnicas como pueden ser la aplicación de tecnologías limpias y el uso de fuentes de energía renovable, o bien de internalizar los recursos naturales en los sistemas productivos de tal modo que se valoricen las externalidades negativas, sociales y ambientales, y, en consecuencia, formen parte del costo productivo.

Crisis de fundamentos

Hemos hablado de los factores que provocan la degradación del medio ambiente, pero este nivel de análisis no es suficiente para revelar la complejidad de la crisis ambiental que nubla el horizonte de vida del planeta. Desde luego que es importante conocer los aspectos técnicos del problema, pero igualmente necesario es indagar sobre las causas de fondo por las que la acción humana, en un lapso relativamente corto, tenga casi postrada la obra que la naturaleza hizo en la tierra durante millones de años. En poco más de dos siglos, la humanidad ha alterado los equilibrios de energía y de vida del planeta, y mientras no tengamos plena conciencia de las causas que nos trajeron a esta franja de riesgos, sus manifestaciones visibles y otras en disimulo, es probable que la inercia termine de cerrar el capítulo.

No es posible en este espacio agotar el análisis de fondo que exige el delicado tema del cambio climático, pero al menos intentaremos dibujar la cuadrícula básica que lo enmarca. Con este propósito citaré en extenso un párrafo del libro Racionalidad ambiental: La reapropiación social de la naturaleza, de Enrique Leff (Siglo XXI editores, 2004, México, p. 1):

Los economistas de todas las escuelas han firmado el acta de defunción de la teoría del valor como el principio que habría de asentar el proceso de producción en un sustento objetivo y en una sustancia material, ya sea en las fuerzas de la naturaleza o en la potencia del trabajo. Sin este anclaje en lo real, el proceso económico ha quedado determinado por las leyes ciegas del mercado, subjetivado en el interés individual, guiado por el espíritu empresarial, y sostenido por el potencial tecnológico que, convertidos en principios de una ciencia económica, han legitimado una racionalidad desvinculada de las condiciones ecológicas de la producción, de un juicio moral sobre la distribución de la riqueza y de las formas de significación cultural de la naturaleza.

La claridad del texto no exige más explicaciones, pero insistiré en él para rescatar sus ideas centrales. Efectivamente, todas las corrientes del pensamiento económico surgidas en la era moderna basaron sus doctrinas en una teoría del valor específica aunque contaron con un eje común que las identificaba y les daba sentido, su referencia a lo real. Dentro de la escuela clásica (Quesnay, Smith, Ricardo, Mill, y otros), los fisiócratas atribuyeron al suelo ser fuente de valor. Adam Smith se propuso estudiar la “naturaleza” de la riqueza, y las causas que la modificaban, lo que lo llevó a encontrar un “patrón de valor” que consideró era el trabajo “comandado”, o sea el que se puede obtener a cambio de una mercancía. Ambas escuelas comparten la idea metafísica de un orden natural al que la economía llegará operando libremente. Ricardo basó su teoría del valor en el trabajo “incorporado”, o sea aquel que es necesario para producir una mercancía. El intercambio se daba según la regla de trabajos equivalentes en cada mercancía. Posterior a los clásicos, surgieron la corriente marginalista (Jevons, Walras, Menger, etc.) y la escuela marxista. Marx retoma a Ricardo y formula su propia teoría del valor basada en el trabajo simple y directo como única fuente del valor de cambio, y único medio productor de riqueza en general. Los marginalistas, no obstante que desplazaron el centro de su atención de la producción a la esfera del intercambio, no dejaron de estar asidos al principio de la realidad, tanto por el lado de la oferta, la producción material, como por el de la demanda, la satisfacción de necesidades definidas socialmente. La escuela marginalista se concentró en la idea de que el orden económico obedecía a un principio natural, el laizzes faire.

La coincidencia metafísica de esas escuelas les hizo identificar el orden de la economía con el de la naturaleza, igual en otra idea fundamental coincidieron, en el campo epistémico. John Hicks (Clásicos y Modernos, FCE, México, 1989) señala que las teorías económicas son como rayos de luces que iluminan la realidad dada, es decir, la objetivan y, según lo cual, encuentran la regularidad de su comportamiento. Ninguna escuela de las mencionadas escapó del optimismo racionalista, sea por los métodos inductivos o deductivos, o por el criticismo dialéctico. Es menester precisar que no obstante compartir la idea de naturaleza como una categoría omnicomprensiva de totalidad y realidad, la naturaleza como tal, en sí, su ser óntico, fue excluida de toda articulación especulativa o mental, ¿para qué pensar en ella, si está en todas partes, como el aire, libre y abundante?, simplemente habría que objetivarla con la ayuda de las ciencias, racionalizarla, para poder incorporarla en el resto de los órdenes que la metafísica tenía dispuestos. La idea de naturaleza terminó por imponerse a la naturaleza misma, haya sido por el idealismo, el materialismo o por la praxis humana.

Cuando Leff habla del fracaso de la teoría del valor, en realidad se está refiriendo al fracaso de la economía como ciencia sustentada en la objetividad del mundo material. Revisemos el colapso rápidamente con base en la economía política marxista y el marginalismo, legatarios de las corrientes precedentes. Para el marxismo, la teoría del valor es el lugar conceptual en el que se anida el conjunto de procesos de producción capitalista. En Marx, la sustancia del valor es el tiempo de trabajo socialmente necesario, la fuente de riqueza. El trabajo productor de valor es un trabajo simple y directo, pura fuerza de trabajo que emplean los propietarios de los medios de producción para producir mercancías. La cantidad de trabajo y la técnica utilizada y el tiempo de la jornada, determinan el volumen de la producción, la cual puede variar al cambiar cualquiera de estos elementos. Si mejoran las técnicas de producción, el tiempo de trabajo requerido para producir una unidad de producto se reduce y por tanto se reduce también su valor. Es claro que no todos los propietarios pueden tener el mismo acceso a los cambios tecnológicos, por lo que el tiempo socialmente necesario se ve modificado. Si el cambio es incesante y se va generalizando, se abre una tendencia a reducir la sustancia de valor en las mercancías por lo que, en el límite, la teoría del valor quedaría en mera abstracción, es decir, va perdiendo su referente real, y “cuyos efectos sólo serían percibidos por la vía del mercado” (Leff), en su calidad de valor de uso.

La ley del valor, generadora de sustancia, decisiva en los movimientos del mercado, determinante de la oferta e inductora de la demanda, va subordinando su jerarquía teórica hasta convertirse en un efecto regulado por las leyes de la oferta y la demanda, lo que contradice la tesis marxista de que el mercado no puede ser el principio constitutivo del valor, sino sólo su disimulo, su apariencia monetaria. Sin embargo, sólo el valor de uso prevalece, el valor que la gente da a lo que consume. En cierto modo, la caída de la ley del valor, es la antítesis del materialismo histórico, lo que vendría demostrar, primero, que esta ciencia de la historia tiene su propia historicidad, y segundo, que el principio dialéctico continúa vigente.

El desarrollo de las fuerzas productivas terminó por vaciar el concepto fundamental de la ley del valor marxista. La explosividad del fenómeno aniquiló su propia fuerza. Quedó en pié el mercado, en donde el valor de uso, la utilidad, fincó su plataforma e inició su propia carrera, ya sin el ancla del valor de cambio, impulsado sólo por las realidades educadoras de lo social, creadoras de necesidades y demandas, codificadas, eso sí, con el mismo lenguaje con el que se habla de oferta. La escuela marginalista así lo entendió, poseedora única de la explicación sobre cómo se forman los precios, procuró combinar -social y culturalmente- las dos dinámicas. Sin embargo, dos problemas incubados tiempo ha, habrían de sorprenderle, por no decir echarles a perder el control económico conceptual heredado. Uno por el lado de la demanda, y otro por el lado de la producción.

Al desligarse el valor de uso de su anclaje material, queda suelto pero cae en manos de la voracidad de un consumo que los economistas (y sociólogos) nunca pudieron racionalizar. La teoría utilitarista fue superada por un público insaciable de espectáculo que “(hizo) del consumo una dimensión de estatuto y de prestigio, de afán de emulación inútil o de simulación, de potlatch que de todos modos excede al valor de uso” (Baudrillard, “Cultura y simulacro”, Kairos, España, 2005, p. 150). Todo intento -ahora- de parar ese desenfreno consumista de ficciones no tiene esperanza; la masa des-socializada, acabó de lanzar por el aire el valor de uso, allá donde el valor de cambio flota desde hacía rato. Nada queda de una teoría del valor con referentes reales, ni la tierra, el trabajo o los afectos tienen algo que hacer al respecto. La economía, como ciencia, bien puede aceptar que en todos los frentes viene siendo vencida, echada a volar junto con la sociología y otras ciencias de las llamadas sociales, a menos que se refunde sobre nuevos principios más acordes a la realidad contemporánea, como puede ser el valor signo, que por supuesto sería una desviación de la economía política tal como hasta ahora la hemos conocido.

El problema del lado de la oferta se relaciona con la manera como la economía se ha vinculado con la naturaleza. El pensamiento económico clásico, neoclásico, marxista y ahora el neoliberal, han considerado a la naturaleza como una realidad omnicomprensiva que abarcaba sus doctrinas y leyes. Para Adam Smith, las leyes económicas eran naturales en el sentido de que el funcionamiento de los mercados así tenía que ser. No podía ser de otra manera, a no ser que se estuviera transgrediendo su propia naturaleza. La visión naturalista de la sociedad, debe recordarse, inicia, en occidente, en la edad Antigua con los griegos y romanos, quienes atribuyeron a la naturaleza dones trascendentales que beneficiaban los órdenes de vida del ser humano.

Los clásicos, incluso Marx, no perdieron de vista esta perspectiva, el materialismo histórico es una teoría elaborada bajo los cánones de las ciencias naturales de su tiempo. Para Marx, la naturaleza es una categoría ontológica que permite entender la totalidad del mundo, se equivale a la realidad en su conjunto, lo que existe es real y lo real es natural. En este sentido, la sociedad se muestra como un contexto natural y la propia práctica del hombre se concibe como un momento de la naturaleza. Sin

embargo así como Marx no logró internalizar en su teoría del valor el cambio tecnológico y su impacto en el desarrollo de las fuerzas productivas, a las que consideró en general externas, tampoco pudo articular en su marco teórico la realidad óntica de la naturaleza, a la que desterró de la especulación económica y la dejó en manos de las ciencias para que fuera objetivada. El materialismo histórico es la estructura que convierte a la naturaleza en objeto de trabajo, valor natural no producido sino entregado como una totalidad lista para ser incorporada en la producción.

Crisis de civilización

El hecho de considerar a la naturaleza como un ente externo a la producción de valor y un fondo de reserva ilimitado de recursos naturales fue la razón más profunda de la crisis ambiental que ahora vivimos. Aparentemente, esta problemática viene desde hace sólo alguna décadas, lo cual es cierto de alguna manera, pero, como ya dijimos arriba, las causas de mayor calado se remontan a tiempos más lejanos y sobre todo a razones asociadas al curso que han seguido las formas de pensar, conocer y actuar de los seres humanos, es decir de la civilización moderna.

La cosificación de la naturaleza, al no respetarle su ser, agotó su tolerancia y el orden natural largamente construido entró en crisis. La racionalidad moderna, el mecanicismo y el cientificismo nunca consideraron que la naturaleza tenía sus propios límites, la objetivización y sobre todo la economización atacaron las fibras esenciales y le minaron su capacidad auto regeneradora. La crisis ambiental es la reacción de un ser que se resiste a ser cosificado. El hombre creyó erróneamente que la naturaleza era una fuente de recursos inagotable y actuó en consecuencia, con los resultados de ese accionar a la vista de todos. El racionalismo económico pecó por exceso, así como empobrece a la mayoría de las gentes, también lo hace con la naturaleza, porque en su mundo sólo habitan cosas a las que hay que ordenar en una ecuación de medios y fines. Es desde luego una visión estrecha de lo que es la vida humana en general, toda vez que deja fuera de su óptica aspectos culturales y éticos cruciales en la formación de la vida.

El dilema es evidente, o continúan siendo las leyes económicas las que determinen las maneras de apropiación de la naturaleza y su inevitable degradación del medio ambiente, o éstas deben supeditarse a la ley límite de la naturaleza, su capacidad entrópica, de tal forma que el desenfreno productivista que soslaya la salud ecológica del planeta no alcance su propia fatalidad.