30 AÑOS DE LOS SISMOS

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Una tragedia que nos alcanzó a todos

y empezó a transformar a la sociedad

 

FRANCISCO CHIQUETE

 

Amigos, conocidos sitios que frecuentaba, fueron arrasados por los temblores de 1985. Historias de vida y de muerte que quedan impresas en la comunidad entera. La comprobación por supuesto, de que la ciudad de México no es un lugar lejano ni mucho menos ajeno.

Por un capricho del azar, al perderse las comunicaciones con el centro del país a causa de los sismos el sistema de carrier de la Organización Editorial Mexicana quedó vivo. Aunque estaba en el puro centro de los acontecimientos, los teletipos de OEM siguieron funcionando y comunicando al DF con las editoras del resto del país, de modo que se puso a disposición de todos la posibilidad de comunicarse por esa vía.

Sorprendentemente muchos mazatlecos nos empezaron a pedir enlace para saber de sus familiares. La cantidad de peticiones a El Sol del Pacífico era enorme. Decenas de llamadas diarias para enviar mensajes, sobre todo inquiriendo por la vida y la salud de los parientes. Tuvimos éxitos que compensaban la tarea de estar al pendiente de las comunicaciones. Familias que supieron de los suyos, angustias disipadas por esa modesta vía.

Sólo un caso me partió el alma: una señora, que a juzgar por la voz, estaba ya entrada en edad. Quería saber de su hijo y la familia de éste. Me dio el nombre suyo, el teléfono local al que le podríamos avisar de una posible respuesta, e nombre de su hijo y de las nietas, el de la nuera por supuesto, pero cuando la conversación llegó al domicilio en que había que buscarlos, a la señora se le quebró la voz y a mí también.

-El…Edificio Nuevo León, señor.

¿Cómo mentirle a sabiendas para darle una esperanza? Por supuesto, no obtuvimos respuesta, El Nuevo León se colapsó el primero entre los edificios de Tlatelolco. Fue ahí donde Plácido Domingo estuvo excavando en busca de sus familiares.

Después supimos que Pancho Lem, de conocida familia mazatleca, estaba en el Distrito Federal junto con su esposa porque la hija estaba en trabajos de parto. Ya no pudo regresar.

Saber de esas y muchas otras malas nuevas era descorazonador, pero no daba la dimensión exacta de la tragedia. Ni siquiera con el impresionante relato de Jacobo Zabludowski o las miles de todos que tuvimos al alcance.

Poco a poco fueron saliendo detalles terribles: los chamacos que quedaron dentro de su escuela –un Conalep-, los huecos en Tlatelolco; la milgrosa sobrevivencia de niños recién nacidos en en Hospital General.

Pero la idea cabal sólo llegó cuando fui al Distrito Federal y me enfrenté a esa realidad. Aunque ya había pasado casi un año, doblar por Balderas y enfrentar al vacío del Hotel Regis y de Salinas y Rocha, ver todavía el desinflado pastel de concreto en que se convirtió el Hotel Continental, encontrarme casi a casi paso con pequeños jardines donde hubo casas derribadas, lo situaba a uno en un ambiente fúnebre. Los propios jardines, escasamente floridos, recordaban más un panteón que un área verde urbana.

El Hotel Regis era paradero de sinaloenses. Ahí podía uno encontrarse a paisanos con los que no había concertado cita. Muchos de ellos, enfrentados por las mezquindades de la política local, se ayudaron a salir entre los escombros.

Emilio Lomas, hoy editor financiero de La Jornada, me hizo el recuento: murió Matz, me dijo. Matz había sido nuestro dibujante en canal 11 y lo había sido también en El Sol del Mediodía. Fueron muchas las referencias fúnebres y fue mucho el impacto. Ver las ciudades de cartón levantadas “en calidad de mientras” para los damnificados, y encontrarlos todavía ahí en el paradigmático año de 1988, fue todavía más indignante.

Hace unas semanas entrevistaron a un pintor europeo radicado en Nueva York. La gran ciudad, dijo, fue una en los setentas y ya no ha alcanzado de nuevo ese nivel anímico. Otro tanto ocurre con la Ciudad de México. En medio del boom, petrolero, mientras nos llamaban a prepararnos para administrar la abundancia, el Deefe era uno. Hasta la expansión de los ejes viales tenía un sentido festivo pese a las justificadas críticas. La vida cultural era intensa y permitía ver por diez pesos a espectáculos de gente consagrada en los mejores escenarios. Era tal la accesibilidad, que para entrar ver a María Dolores Pradera me sobraron dos boletos regalados por personas desconocidas a quienes a su vez les habían sobrado.

Hasta la política era divertida. El PCM organizaba el festival anual de su periódico Opósición en el Palacio de los Deportes y no podíamos dejar de ir a ver a Amparo Ochoa, Chava Flores, Oscar Chávez. Las peñas latinoamericanas aparecían hasta en las estaciones del metro y la Zona Rosa seguía siendo un símbolo de cosmopolitismo.

No es que hoy no haya sucedáneos o sustitutos. La gente ha desarrollado nuevas áreas, pero aquel ánimo se quebró y hubo que inventar nuevas cosas. Casi todo se fue a la polarización: desde los inmensos tianguis callejeros en contravención con Santa Fe, a la fresez de la Condesa y la excusión económica en Polanco.

Los temblores del 85 fueron el estatequieto para un país que se tomó en serio aquella canción de Pedro Infante “si tú eres estrella yo soy volador”. Vino la primera debacle petrolera y después el temblor con su estela de muerte.

También trajo la rebelión social, por supuesto. La movilización de los vecinos afectados por los derrumbes, la organización contra un gobierno inmovilizado y ladrón, al que hubo que amarrarle las manos para que detuviera la rapiña contra los afectados; las voces levantadas por la explotación y muerte de las costureras (Fuerte es el silencio, de Elena Poniatowska), el germen de la rebelión cardenista en el PRI y luego en todo el país. El arranque de una transición política que no termina de serle útil a los mexicanos de a pie.

Y sobre todo la memoria. La terca memoria que decía Julio Scherer, esa memoria que no permite acabar con el recuento de nuestros reclamos ni la fuga de nuestros fantasmas.