¡ENJUICIEMOS A TODOS LOS PRESIDENTES QUE EN MÉXICO HAN SIDO!

0
71

 

ELIO EDGARDO MILLÁN VALDEZ.

El pecado original es una doctrina cristiana, según la cual la humanidad halla cautiva como consecuencia de la desobediencia de Adán y Eva allá en los oscurito del Jardín del Edén, consumieron la “fruta prohibida” –que es la más deseada- del árbol del conocimiento del bien y del mal, que sostenía la santidad y la justicia originales.

En el caso de México nuestro paraíso terrenal también fue luminoso. Desde 1950 el país entró en un periodo de despegue económico y creció en promedio al 6.7 cada años durante más de 30 años, según el Dr.Abraham Aparicio Cabrera. Este edén comenzó a marchitarse por los “pecados” populistas de Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo y de plano se pudrió al comerse Carlos Salinas Gortari la fruta prohibida del “neoliberalismo”.

Ambas son narrativas de la caída son facilonas, son metáforas producidas por el pensamiento mágico y, por supuesto la última de ellas, está totalmente descontextualizada, por decir lo menos, pues todas sus variables exógenas y endógenas se sintetizan en un pecado venial: La corrupción. Y no es que no haya habido corrupción -la hubo a granel tanto gobiernos que moraban en en Jardín del Edén, del cual se omite hablar; como en este período en el que impera el Consenso de Whashington.

ENJUICIAR A TODOS LOS PRESIDENTES E INDEPENDIZARNOS EN SERIO DE ESPAÑA.

Y se omite denostar y más aún juzgar -linchar- por corrupción a todos los expresidentes que en México han sido. Sólo pongo en estos momentos como paradigmas de los robos a mano alzada a los expresidentes mas indiscretos en la materia: Plutarco Elías Calles y Miguel Alemán Valdez, a los que se les pueden agregar, ya en los años 70 y 80, a dos los pulpos de peso completo que hacían con el erario lo que les daba la gana: Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo.

¡Qué lindo pudiera ser que se juzgaran a todos los expresidentes del siglo XX, e inclusive este juicio debería remontarse al siglo XIX para enjuiciar -del verbo linchar- a todos los expresidentes. AMLO debería “entrar en la polla”, porque de Pío no ha dicho ni pio. Quizá sería una gran gesta del actual mandatario, porque con ello no sólo estaría juzgando a todos ex -y al que es- por manilargos, sobre todo porque estaríamos a juicio a un período histórico que aún sufrimos, el cual nos legó la dominación española. Seguramente está odisea nos haría reflexionar a fondo para que el día menos pensado pudiéramos cambiar el curso histórico, por supuesto más allá de canto de las sirenas.

Entre otras herencias negativas, nos legaron la mentira política que se instaló en nuestros pueblos casi, constitucionalmente; asimismo tres flagelos descomunales: el mercantilismo, el patrimonialismo y el caudillismo con el mote de presidencialismo. Sería un gran gesto de López Obrador, pues podría cambiar para siempre nuestra república simulada en la que los latrocinios, entre otros asuntos peores, son la verdad verdadera.

AMLO QUIERE LINCHAR SÓLO A LOS EXPRESIDENTES “NEOLIBERALES”.

La propuesta del presidente de ir contra los expresidentes “neoliberales” posee supuestos bíblicos. Su apuesta política es recobrar el edén perdido volviendo a aquellos tiempos en los que crecíamos como las verdolagas. Si este este su propósito no estaría combatiendo a la corrupción, sino sólo a unos pocos expresidentes corruptos por ser “neoliberales”. Y aunque no sería el peor de los mundos enjuiciar selectivamente en esta simulación política que nos ahoga, sí sería una barbaridad querer retornar a un momento histórico que ya no existe. Esta pretensión es como volver al rancho donde ya no existe el rancho.

La pretensión de AMLO de regresar al “milagro mexicano” es más que un espejismo de un misionero evangélico, que espera también ansioso el retorno del Señor. Pero México creció como ayudante menor a la reconstrucción de Europa, a través de una mercado semi/cerrado a las importaciones. Era también un mundo donde todavía valían los productos agrícolas y se construía una industria que al final quedó como simple industria manufacturera. El petróleo era por supuesto el non plus ultra del crecimiento económico.

Asimismo el mundo no era una catástrofe, sino un tiempo y espacio lleno de esperanzas, ajeno a la polarización actual y regido por una ciberpolítica regida por el capital financiero, con sus ciberpolicías, por ejemplo Standaerd, Moody’s o Fitch Ratings. Dicho en síntesis vivimos un tiempo muy complejo que en nada se parece a aquel mundo bucólico donde el país experimentaba un crecimiento aparentemente irrefrenable. Agreguemos que en este 2020 nuestro gobierno le ha tocado compartir una irrefrenable irresponsabilidad, no precisamente por la novísima estrategia posneolineral, que hasta ahora sus contornos conceptuales y prácticos son un misterio, sino por los ajustes neoliberales en materia de deuda en la holla del hambre a millones se trabajadores. Y así sucesivamente.

Voy esperar que venga López Obrados a Sinaloa, para exponerle la idea de enjuiciar a todos presidentes. Seguramente recogerá esta iniciativa feliz, muy feliz, y la convertirá en decreto y si esa quimera no puede realizarse, entonces a los ex y al que es a mano alzada.

LA ÚTIMA Y NOS VAMOS…

Van algunas ideas de Edgar Morin para navegar en estos mares encrespados que nos desbordan.

1.- La complejidad del mundo es a primera vista un tejido de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados, que presentan la paradójica relación de lo uno y lo múltiple. La complejidad es efectivamente el tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares, que constituyen nuestro mundo fenoménico. Así es que, la complejidad se presenta con los rasgos perturbadores de la perplejidad, es decir, de lo enredado, lo inextricable, el desorden, la ambigüedad y la incertidumbre.

2.- El programa de el Pensamiento complejo es un discurso, un ensayo prolongado de un camino que se piensa. Es un viaje, un desafío, una travesía, una estrategia que se ensaya para llegar a un final pensado, imaginado y, al mismo tiempo, insólito, imprevisto y errante. El programa no es el discurrir de un pensamiento seguro de sí mismo, es una búsqueda que se inventa y se reconstruye continuamente. Edgar Morin.