COLUMNA- FRANCISCO CHIQUETE

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Muy buenos días. Gracias por recibirnos, hoy con un tema cultural.

Dámaso Murúa y su obra
inundaron al Congreso
Un creador que llevó el habla popular a la mejor literatura desde una muralla de
absoluta honestidad

FRANCISCO CHIQUETE
El Congreso del Estado editó una colección de ocho libros de Dámaso Murúa, reuniendo una parte fundamental de su trascendente obra. En su presentación, por todo el Palacio Legislativo bullía el ambiente generado por el escritor escuinapense. Lo que han sido debates, conflictos y acuerdos, se transformó en fiesta, en palabra popular en boca de políticos, gobernantes y admiradores del autor del Güilo Mentiras.

Por eso no habría sido extraño encontrarse con él en esos pasillos y andadores, pese a su ausencia terrenal de tres años, y escuchar su voz grave y profunda preguntando sonriente -¿Quihobo Canijo? ¿tú también te dejaste venir al alboroto? No les hagas caso, van a decir muchas cosas que ni al caso, son capaces hasta de hablar bien de mi y tú sabes que yo nunca le hice a eso.

En efecto, Dámaso rehuyó siempre de los reconocimientos oficiales. Al presentar la colección, la secretaria de Educación Pública y Cultura, Graciela Domínguez, promotora de esta edición en su tiempo al frente de la Legislatura anterior, recordó cómo el propio Dámaso rechazó el Premio Sinaloa de las Artes cuando se lo propuso el director de Difocur, el fallecido exdiputado Sergio Jacobo Gutiérrez, a quien le estableció que nunca había trabajado para obtener premios, y que prefería seguir siendo solo e independiente, en defensa de su libertad.

Pero ahí el homenaje fue consecuencia natural de un acto de justicia: la impresión de sus obras para dar continuidad al contacto con las nuevas generaciones, que podrán seguir disponiendo de títulos como el infaltable Güilo Mentiras; Los Candiles de la Calle; Las Mujeres Primero; Flores de Chapopote (inédito hasta esta ocasión); Colachi; La Playa de Las Cabras; Vacum Totoliboque; y El Detective Tropical, que me trae el recuerdo de una pequeña tarjeta suya llegada a las oficinas de El Sol de Mazatlán junto con su artículo de la semana: “Mira Pancho, tú conoces al Güilo Mentiras, pero no a Caifón Castro, el detective tropical”, acompañada de una viñeta con el personaje.

El gobernador Rubén Rocha Moya destacó la importancia de la obra de Dámaso, la aportación de los Doce Relatos Escuinapenses a la literatura nacional, el rescate de la literatura oral, el río de tinta y creatividad que corre entre Uruguay y México gracias a la amistad entre Dámaso y Eduardo Galeano, el reconocido autor de Las venas abiertas de América Latina.

Con Galeano departió varias tardes desde la Cantina El Avante de Mazatlán, célebre por contar con la primera licencia de Alcoholes de Sinaloa y por no tener más lujos que un contrabarra de madera trabajada para un antiguo barco mercante, que se quemó en el segundo incendio. No había botana y Juanjo Ávalos, el dueño, con plena confianza, te trataba con más dureza que una esposa enojada. Sólo en esa cantina podías encontrar (a iniciativa de Dámaso) pósters con poesías de Omar Khayyám, con textos y firma de Galeano y alguna ilustración de ajedrez, en lugar de “las fotos de viejas encueradas” tan tradicionales. Estos cuadros coronaban la mesa en que Dámaso gastaba tardes enteras jugando dominó con Lope Saracho, Rafael Franco, Leovi Carranza, “el sietefalos” y otros contertulios que con frecuencia fueron personajes de sus artículos y sus historias.

De todo eso nos hubiéramos acordado en esa su improbable aparición en el Congreso, donde dos jóvenes doctoras, especialistas en literatura hablaron sobre la trascendencia de cada volumen editado y por supuesto, la familia de Dámaso hizo presente el amor de nuestro personaje por su tierra y por su país, expresada a través de sus libros y de su conducta como profesionista y como hombre convencido de que la honestidad es un valor fundamental que se debe poner en práctica. El pueblo de México me dio estudios no para enriquecerme, dijo en voz de Yuri Murúa Beltrán Enríquez, y despreció siempre de manera manifiesta a quienes se aprovechaban de los recursos públicos.

Al final, la señora Elia Enríquez, viuda del escritor, lamentaba entre broma y serio que “me va a regañar Dámaso, a él no le gustaban estas cosas”. Le ofrecimos compartir el regaño, si llegaba, aunque por supuesto, sólo se había hecho justicia poniendo el acento en la obra que legó a su tierra, a su país, y que fue reconocida en el mundo, que lo incluyó en antologías de escritores de diversos países.

Sus hijos Yuri y Cuauhtémoc, presentes en el evento, recordaron el interés de Dámaso Murúa Beltrán por alcanzar un mundo mejor, especialmente un México mejor, a lo que contribuyó grandemente a través de sus libros, mientras el presidente de la Junta de Coordinación Política de la Legislatura, Feliciano Castro Meléndrez, precisó que las ediciones serán distribuidas entre escuelas y bibliotecas de todo el estado para ponerlas al alcance de todos los niños y jóvenes sinaloenses.

Fue inevitable que a la salida volviésemos la vista hacia donde está la imagen del más escuinapense de los escuinapenses y que nos pareciera escuchar otra vez su voz: -¿ya sabes que aquí me dieron chamba? Soy el vigilante de aquel edificio y los traigo cortitos, se tienen que cuidar de lo que dicen y hacen delante de mí. El busto de Dámaso en el corredor de la cultura que lleva su nombre, está efectivamente, al paso hacia el edificio donde se dirige la vida política y administrativa del Congreso. De no ser por eso, este espíritu se habría ido desde mucho tiempo atrás a buscar al de Florencio Villa, para descabezar unos canastos de camarones y una que otra barcina, bajadas con cerveza de la región.