Cara O Cruz

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UN FALLIDO INTENTO DE DIÁLOGO CON LA MADRE TIERRA
Hace por lo menos mes y medio, me fui en a conversar con la Madre Tierra a unos lugares de los cuales no puedo acordarme, porque caminé lleno de incertidumbre a paso veloz por desiertos y valles, por montañas y montes, por mares y bosques con mi oreja derecha pegada a su feìs para oír su rebullir y, sobre todo, para hacerle una entrevista: quería preguntarle cómo se encontraba y si su daño era irreversible.
En ese tráfago procurando hablar con mi madre, tu madre, la madre de todos, con nuestra pobre madre, porque con el paso del tiempo la estamos convirtiendo en un asfixiante terruño o mejor dicho en un terregal, pues la han devastado quiénes acordaron, el protocolo de Kioto, poniéndose la mano en el corazón que no tenían y luciendo una  máscara por cara, cuyo contenido aún posee el compromiso de disminuir los gases de efecto invernadero y con ello bajarle los decibeles al cambio climático.
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Pero a pesar de mi escucha atenta al ras del suelo, su silencio fue proverbial. No hablaba, aunque le suplicara, le llorara y hasta la insultara. Silente, siempre silente, no me contestaba; parecía que mis ruegos y mis palabras de valieran madres, sin mayúscula. En algunos momentos creí que su sordera y su afasia eran peores que las mías. En esos días de desesperación, ya cansado y sudoroso, pensé para mis adentros que la Madre Tierra estaba muy enojada conmigo, porque en mi niñez me comía kilos terrones de barrial, ante la falta de calcio y me los comía, aunque me pegara mi mamá. Por lo menos siete días me duró esa hipótesis, que me causó terribles sentimientos de culpa.
Pero aún así en cada escalón de mi travesía solía preguntarle al viento, que lujurioso   silbaba y cantaba a los cuatro vientos, cómo demonios podía hablar con la Madre Tierra. Y de pronto el sentimiento me embargaba se transformó en una especie de razón cartersiana y grité alucinado: “Cogito Ergo Sum”. Y con esa exclamación estentórea empecé a razonar y me dije a mismo: “Cómo chingados quiero entrevistar a la Madre Tierra si ella no habla, aunque no la estemos acabando; somos nosotros los que hablamos de ella y por ella, cuál debe, pues”.
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Pero como la razón nos pierde y nos deshumaniza razonablemente, mi mollera me recordó que nuestro querido presidente, Andrés Manuel López Obrador, le pidió permiso a la Madre Tierra para construir en sus selvas y montes el TREN MAYA, y la tierra le dijo que yes, aunque el subcomediante Galeano se haya enojado con ella. Con esa evidencia a flor de piel me fui a paso veloz a Palenque, Chiapas, justo donde nuestra madre le había dado el sí, al gran fullero de las mañaneras….
Llegué la mañana del día 44, flaco, ojeroso cansado y sin ilusiones y caí en brazos de Morfeo, producto de un sueño que ni Villa hubiera aguantado. Y no era para menos, deambular casi mes medio por esas tierras de Dios, no era cualquier cosa. El día 45 me levanté y me fui derechito a donde López Obrador había pegado la oreja y la madre tierra le había dicho que sí.
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Ahí clavé mi oreja y de inmediato le pregunté: ¿Madre Tierra no crees que el Tren Maya aumentará el daño que te han hecho los taladores de todos los calibres? Le repetí la pregunta por lo menos mil veces y no me contestó. Me respondió la voz de un silencio cantarino, que es un tipo de silencio que te dice, en casos como éste, no seas bobo, por no decirte pendejo. Y como no queriendo darme por vencido, le solté otra pregunta y la respuesta fue cartesiana: ¿La Madre Tierra no le dijo a López Obrador nada; porque la tierra no habla?
Y con mi cara llena de vergüenza, me dije: ¡Y yo que le creí a López Obrador!