Cara O Cruz

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POR QUÉ DESPENALIZAR EL CONSUMO DE DROGAS

El hombre es demens en el sentido en que está existencialmente atravesado por pulsiones, deseos, delirios, éxtasis, fervores, adoraciones, espasmos, ambiciones y esperanzas que tienden al infinito. Por eso el término sapiens/demens no sólo significa relación inestable, complementaria, concurrente y antagonista entre la sensatez y la locura, significa que hay sensatez en la locura y locura en la sensatez. Edgar Morin.

INTRODUCCIÓN

En el artículo Sinaloa a Salto de Mota, ya en la parte final, se hicieron dos preguntas sobre el problema de las drogas y sus alrededores: ¿Acaso porque nuestros estados no pueden contener el tráfico de drogas y la violencia que les es concomitante habrá que despenalizarlas? ¿O para la despenalización de las drogas existen fundamentos de otra naturaleza? En esta entrega intentaré contestar aquellas interrogaciones… Que Dios nos coja confesados, porque de él también nos hablará esta fábula. Vaya…

A mi papá, que era un bohemio de afición, amiguísimo de las farras y no menos de las faldas, cuando solía reclamarle, increparlo, desde mi posición ascética, de por qué bebía sustancias de tal mal sabor y peor olor, siempre me contestaba que las ingería por el “tarantita” que le producía el alipuz. Y cuando le increpaba que por andar de borracho descuidaba las obligaciones familiares, muy malhumorado solía responderme que él no era una máquina, que necesitaba disipar sus penas en la borrachera  y la cantada. Cuando la diabetes le arrebató la salud, y le prohibieron la “tomada”, pero él se sacó de la manga, porque era un excelente torero, que la diabetes le hacía los mandados al Whisky, y siguió chupando lo inchupable, hasta que…

Pero mi papá fue un buen hombre y, como dice el tango, trabajador como un buey. Tal vez mi papá, como los miles de ejidatarios que dejaron la parcela para convertirse en asalariados, jamás se acostumbraron a ese nuevo rol y menos aún a vivir como forasteros en una patria chica que los despojó de un socialismo ejidal en el que todos eran relativamente iguales, aunque siempre había unos vivales que eran más iguales que los ejidatarios de a pie. Quizá por ello le entraron duro al yocojihua. Sólo dejaron un tiempo la embriaguez: justo cuando el hijo del tata Lázaro se lanzó por la presidencia de la República, pues creyeron que con él en Los Pinos, volverían a entonar a pecho abierto el himno del Agrarista. Después del fraude, volvieron al chupe y muchos murieron cantando al estilo de Javier Solís: “Borracho yo he nacido/ borracho yo he crecido/ y sé sinceramente que borracho he de morir…” Habría que decir de pasada que no toda esa generación fue alcohólica, la gran mayoría simplemente tomaba para andar alegre; como tampoco son drogadictos la inmensa mayoría de los consumidores de enervantes.

MEDIA VUELTA A LA PÁGINA

Si los juicios últimos son ciertos, ¿por qué nuestros políticos y mucha gente bien se horrorizan porque algunas personas consumen drogas? Según Federico Nietzsche este rechazo ha pasado a la cultura occidental a través del cristianismo, según el cual el hombre debía ser el espejo de la armonía, de belleza y equilibrio. Pero esta imagen está sesgada, porque también integran esta cultura los mitos trágicos, los cultos orgiásticos y la embriaguez. Dice este autor de Más allá del Bien y el Mal que, por tanto, lo apolíneo y lo dionisiaco son dos elementos claves para entender la cultura griega; y yo diría que también que para comprender los hombres de carne y hueso de éste y de todos los tiempos.

Cuando leí a Nietzsche, con mucha dificultad por cierto, comprendí qué significaba para mi papá decir que no era una máquina, y que por tanto la embriaguez, el tarantita, era parte constitutiva de cualquier hombre común y silvestre; de ese mismo hombre que, en sus horas de sosiego y “buen gusto” suele ser racional y moral hasta donde puede. Tal vez por eso el bardo José Alfredo Jiménez expresó en uno de sus poemas, con esa voz aguardentosa que lo caracterizaba: ”Cayendo y levantando fue mi vida”. Goerge Lucaks por su parte refrendó esta misma idea diciendo que el hombre estaba constituido por razón y pasión. Quevedo, por ejemplo, respondió a la iglesia que si bien éramos polvo; pero que éramos polvo enamorado. Se podría afirmar, desde el punto de vista darwiniano, que el hombre cabalga sobre un animal que lo cabalga. Góngora en refiriéndose a estas heréticas maquinaciones expresó en sus días: “Ándeme yo caliente y ríase la gente”.

Edgar Morín nos explicó que “El ser humano (…) es un ser extraño al planeta porque es un ser a la vez natural y sobrenatural. Natural porque tiene un doble arraigo: al cosmos físico y la esfera viviente. Y sobrenatural porque el hombre, al mismo tiempo, sufre un cierto desarraigo y extrañeza debido a las características propias de la humanidad: la cultura, las religiones, la mente,  la conciencia que lo han vuelto extraño al cosmos, del cual no deja de ser secretamente íntimo.

Esta extrañeza del hombre y el extravío terrenal que supone, la esbozó Pascal hace casi 400 años. Dibujó al hombre de una manera que tal vez  no nos guste y tampoco su pincel ni su lienzo: ¿Qué quimera es pues el hombre? ¿Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicción, qué prodigio? Juez de todas las cosas, imbécil gusano de tierra; depositario de lo verdadero; cloaca de incertidumbre y error; gloria y desecho del universo. ¿Quién desenredará este embrollo? Desde esta perspectiva los hombres –y las mujeres- somos mucho más que dos, por eso cuando alguno de nuestros alter egos goza, el otro sufre y seguramente otro más se burla del que sufre y del que goza, porque está inmerso en un proceso ataraxia que ya lo ha alejado del mundanal ruido…

¿ES REAL LA REALIDAD?

Como hemos visto los humanos somos criaturas frágiles, escindidas hasta la médula y proclives al extravío existencial y predispuestos a dar vueltas sobre sus propios pasos y tropezar mil veces con la misma piedra. La Chimoltrufia pintó las contradicciones que nos constituyen de manera excelsa: “Como digo una cosa digo otra”. Roberto Blanco Moheno también nos esculpió a la perfección, aunque lo haya dicho sólo para la izquierda: “Son (somos) como el pájaro chingolo, cantan (cantamos) en un lado y ponen (ponemos) los huevos en otro”. Pero además de vérnosla con nosotros mimos, lo cual es ya una enorme dificultad, tenemos que enfrentar todos los días a una realidad que aparece y desaparece como un vértigo fugaz, una realidad que es engañosa, que se oculta y se manifiesta equívocamente.

En su diccionario Filosófico Fernando Savater sostiene que la realidad es de una negritud tal que “No tiene virtudes, diríamos que no tiene corazón.  Es cruel, despiadada (…), carente de escrúpulos y sin miramientos con los débiles; dolorosa cuando quita y tacaña cuando concede; brutalmente sincera y descortés.  Lo peor de todo: la realidad no ofrece alternativas, se obstina en su unilateralidad monótona, desoye arrepentimientos y enmiendas, permanece irreversible, intratable. Con esta realidad está claro que nadie en su sano juicio puede sentirse contento”.
Justamente por esto suele afirmarse que el hombre es un animal que no soporta grandes dosis de  realidad. La realidad, pues, es como dice una canción que cantaba mi abuela: “Es una senda sembrada de abrojos”.

Porque vivimos escindidos e inmersos en una realidad que soportamos a cuentagotas para no morir del todo, no es casual que por estos sinsabores se hayan levantado sendas religiones ofreciendo un mundo más bonito que el nuestro, José Alfredo dixit, y que además se haya creado un mercado que ofrece toda laya de productos que prometen aliviarnos de los misterios y cuarteaduras que nos atosigan; e inclusive se han editado una miríada de libros de autoayuda. Pero asimismo muchas personas, quizá demasiadas, porque no son máquinas, recurren al alcohol, al tabaco y a las drogas para irla sobrellevando, como lo han hecho desde siglos la humanidad. Escapar a lo otro, experimentar con lo prohibido o ir más allá de lo “normal” suele ser terapéutico. Los seres humanos, pues, hemos aceptado el “barro” que nos ha construido, sin lugar a dudas con resignación, vergüenza y miedo.      

LOS FISCALES DEL BUEN COMPORTAMIENTO

Pero esta tradición dolorosa que nos habla al oído de lo que somos, aunque no nos guste, ha sido penalizada por un puritanismo antilúdico que pervive aún en el imaginario de nuestros políticos que poco saben de lo que no saben. Es una tradición mojigata está siendo apoyada por los autores de la revolución “blanca” y las diferentes tribus higienistas que consideran que la penalización de las drogas es condición necesaria para alcanzar una sociedad sin fisuras, que tiene como modelo el horror al cuerpo, el desprecio por los sentidos y la condena al placer, que dicho en otra forma implica el deseo de aniquilar a nuestra otredad.
Esta Santa Alianza configuró un inmenso aparato burocrático/policial para propagar al mundo el fervor prohibicionista contra diversas sustancias que los humanos disfrutaban y sufrían desde hace milenios.

Mario Castillo señala que el puritanismo en nuestras sociedades, de doble y triple moral, es algo que se cuida celosamente y con esmero; porque da lustre a una persona, a una familia, a un apellido o a una institución. El puritano se ve a sí mismo como una persona intachable y ejemplar. Los “izquierdistas de ha de veras”, por ejemplo, van predicando por el mundo la creación del “hombre nuevo” y condenando en sus tertulias las desviaciones pequeño/burguesas de aquellos seres que no alcanzan el tamaño de su estatura moral e intelectual. Y yo me he preguntado si estos prohombres no serán seguidores de Calvino y/o de Lutero y no precisamente de Marx, porque el Viejo Topo en su denuncia a la división del trabajo social, afirmó que debíamos ser distintos en cada uno de los momentos del día…   

Por todo lo dicho, es necesario despenalizar el consumo de drogas, y no precisamente porque éste sea una potestad libérrima de los ciudadanos, como presumen los liberales al descalificar la arrogancia « educadora » del Estado prohibicionista, sino porque la despenalización reconoce que los seres humanos somos mucho más que dos. La despenalización sería un guiño fraterno a aquello que también somos, a aquello que no quisiéramos ser, pero que somos.
Pero este acto libérrimo debe que ser acompañado por la sociedad y el Estado: creando políticas públicas en educación; asimismo un sistema hospitalario para que atienda a los adictos, y todo ello precedido por un trabajo de prevención que vaya más allá del regodeo mediático de los políticos.

Seguramente la despenalización de las drogas y sistema preventivo y curativo costaría mil veces menos que la guerra que el Estado ha hecho en contra los zares de la droga. Precisamente por eso hay que hacerle la guerra al temple prohibicionista, porque su puritanismo es un simple tigre de papel que nos ha costado 200 mil vidas cegadas por los narcos, el ejército y la policía.