La vida de un therian no es fácil. No lo es porque vivir siendo algo que los demás no comprenden nunca ha sido sencillo. No lo fue antes y no lo es ahora. El therian —esa persona que se identifica espiritual, emocional o identitariamente con un animal— camina todos los días con una pregunta colgada en la espalda: ¿por qué tú sí y yo no?
Porque resulta curioso. Hay gente que se creyó caballo de Juan Sebastián, que escuchó a José José y juró haber sido tormenta, tornado, relámpago. Gente que aullaba con Los Temerarios creyéndose lobo bajo la luna. Y nadie los cuestionó. Era música. Era emoción. Era desahogo.
También hubo generaciones enteras que crecieron queriendo ser león y Chita, no como metáfora, sino literalmente, porque así lo marcó una caricatura de los años 80: ThunderCats. Niños que corrían por la casa con la Espada del Augurio, convencidos de que el instinto, la fuerza y la velocidad eran algo natural. Y eso tampoco fue raro. Era infancia. Era imaginación. Era cultura pop.
Pero hoy, cuando alguien dice: soy perro, soy gato, soy zorro, soy therian, entonces llegan las risas, las burlas, el dedo acusador, el “eso no es normal”.
La vida de un therian no es fácil porque el mundo exige coherencia solo a quien se atreve a ser distinto. A nadie se le cuestiona haber sido hippie, punk, emo, socialista, pro-cubano, marxista, capitalista de clóset o revolucionario de sobremesa. Los padres lo fueron. Los abuelos también. Cambiaron de ideas, de discursos, de causas. Pero cuando el hijo dice esto soy, de pronto la tolerancia desaparece.
No es fácil porque muchos creen que ser therian es jugar a ser animal, cuando en realidad es convivir con una identidad que no pide permiso. No es disfraz. No es moda. No es una ocurrencia. Es una forma de sentir el cuerpo, de habitar el mundo, de reconocerse en algo más antiguo que las etiquetas modernas.
La vida de un therian no es fácil porque también hay que comer. Y no, no se trata de comer croquetas del costal del perro. Aunque así lo digan. Se trata de querer croquetas finas, como todos: respeto, dignidad, comprensión. Porque alimentarse no siempre es masticar; a veces es no ser tratado como burla.
No es fácil porque ser therian implica explicar lo que otros nunca explicaron cuando se creyeron estrellas, héroes, animales animados o personajes imposibles. Implica educar a quien no quiere aprender. Callar para sobrevivir o hablar para existir.
Y aun así, el therian sigue. Camina. Resiste. Se reconoce en el reflejo de un animal no para huir de lo humano, sino porque entiende algo que muchos olvidaron: que también somos instinto, manada, silencio, territorio, lealtad y cuidado.
Tal vez el problema no sea el therian.
Tal vez el problema sea una sociedad que ya olvidó cuántas veces fue otra cosa antes de decidir qué es “normal”.
La vida de un therian no es fácil.
Pero tampoco lo fue nunca la vida de quienes se atrevieron a ser distintos.
Y, como siempre, el tiempo se encargará de poner cada identidad en su lugar.