LA MÁXIMA FIESTA – Enrique Vega Ayala

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  • Enrique Vega Ayala
  • Cronista oficial de Mazatlán
Desde hace algunos años, el Carnaval de Mazatlán es considerado como uno de los mejores del mundo. La revista Forbes especializada en negocios y finanzas, famosa porque cada año publica las listas de los hombres más ricos del mundo, en su sección de entretenimiento y guía de viajes lo ha destacado en esa calidad, apenas detrás de los carnavales de Río de Janeiro y Nueva Orleans.
Se dice que “en Mazatlán el tiempo se mide por Carnavales” porque la referencia popular más común en relación con acontecimientos importantes para la comunidad es el del carnaval identificado por algún dato como el nombre de la reina, o suceso llamativo verificado en esos días de fiesta.
Durante los cinco días previos al miércoles de ceniza de cada año los mazatlecos celebran la que se considera su “máxima fiesta”. Es una tradición que data de principios del siglo XIX y, a pesar de haber sufrido cambios, especialmente radicales como haberse transformado de un divertimento popular llamado “juegos de harina” a una fiesta comunitaria de confeti y serpentina; adoptando la modalidad de los desfiles de carros adornados y establecido la designación de soberanos, dejando atrás las turbas de mascaritas enharinados.
Cada año, en las fechas de carnestolendas, Mazatlán se pone en modo de fiesta, no sólo por los adornos que se instalan en algunas de sus calles y avenidas, sino también por la evidente actitud de la población predispuesta al mitote colectivo y a la alegría.
El Carnaval de Mazatlán se distingue de los otros carnavales, nacional e internacionalmente, porque aquí la diversión se ofrece al ritmo de la “banda”, en cualquiera de sus formatos: el de la música de la Tambora local o el de su derivación en “banda”, que ha trascendido al mundo a través de lo que se conoce como “regional mexicano”, iniciadas en las expresiones versátiles de lo que se conoció como “la onda grupera”.
Además, el programa de esta fiesta, como caso único, incluye actividades de carácter cultural, en los que se involucran manifestaciones representativas de las reconocidas “bellas artes” (certámenes de poesía, premio de literatura, bienal de pintura y espectáculos escenográficos de ballet y danza enorme calidad artística, que dan pauta a las coronaciones), con los que la fiesta se extiende a todos sectores de la población y abarca toda la gama de gustos de los porteños y de los turistas.
El estilo con el que se diseñan y construyen los carros alegóricos es otra característica que diferencia al Carnaval de Mazatlán, por la elegancia de sus formas clásicas y acabados preciosistas que se complementa con un vestuario de lujo para las participantes, especialmente el de las reinas y sus cortes.
Las modificaciones que ha sufrido el Carnaval a lo largo de la historia no han alterado el carácter original de esta fiesta popular. Eso sí, cambió el escenario de su realización, por razones de espacio, al crecer el número de habitantes del puerto. Ahora el escenario principal de la fiesta lo constituye su extenso malecón.
La avenida costera se cierra al paso de vehículos para construir en su interior un paréntesis a la vida cotidiana, una temporada de excepción en el que algunas reglas sociales se vuelven laxas, en el que situaciones que normalmente son mal vistas se toleran, en un ambiente de seguridad, a veces reforzado de acuerdo al contexto regional o nacional, para dar como resultado fiestas en sana paz (carnavales blancos, les dicen).
Todas las noches comprendidas entre el jueves y el martes de carnaval, Olas Altas y el Paseo Claussen — los mejores paisajes de Mazatlán, las tarjetas postales favoritas — se convierten en un gigantesco centro de reunión y baile junto al Océano Pacífico. Si el sonido de las olas reventando en las rocas y en la playa no se escucha en esas noches es por los decibeles de la música y el bullicio. En una avenida cerrada a la circulación de vehículos, calles y bocacalles interrumpidas con vallas. Una enorme fiesta se abre a las elecciones particulares. A todo lo largo del paseo se encuentran distribuidos numerosos templetes sobre los cuales diversos grupos musicales ejecutan lo mejor de su repertorio. Atrás quedó la costumbre nostálgica del siglo XX de “jalar la banda”.
La noche del sábado de carnaval se ofrece como atractivos adicionales la ejecución del Mal Humor y el Combate Naval. “Las guerras de mar”, como se llamaron de origen, al llamativo festival pirotécnico del programa festivo. Se realiza en la bahía de Olas Altas inmediatamente después de la destrucción del Mal Humor. Algunos barcos anclados frente a la ensenada inician una ofensiva de fuegos artificiales hacia el cielo, contra la avenida en fiesta. Desde las arenas de Olas Altas la agresión es respondida con más fuegos artificiales de distintas variedades. Este impresionante espectáculo visual tiene mucho de reminiscencias históricas locales. Se supone alude a la hazaña más resonante de Mazatlán, la afortunada defensa del puerto ocurrida en 1864, durante la guerra de intervención francesa, cuando una embarcación gala intentó apoderarse de la ciudad a punta de cañonazos. Recientemente, el Combate Naval se ha enriquecido con la introducción de tecnología para el manejo de luces, rayos láser y drones, así como con música ambiental, provocando una mayor carga emocional en los espectadores.
El Mal Humor es un monigote de grandes dimensiones; caricaturiza al personaje o institución a quien se le atribuye el origen de los males padecidos por la población en el transcurso del año previo. Cargado de cohetones y pólvora, la figura es incinerada. El Mal Humor simboliza el exorcismo de las tribulaciones y penas cotidianas con el fin de que ninguna preocupación impida el pleno goce de la «pachanga». Víctimas del escarnio popular mazatleco, personificando al Mal Humor han aparecido expresidentes de la república y de otros países, caciques locales, el tristemente célebre error de diciembre, la inflación, la carestía, comerciantes ruines, agiotistas, políticos venales y hasta el club de béisbol local, el deporte predilecto en la región, cuando tiene muy malas temporadas.
Poco antes de las fechas señaladas en el calendario como de carnaval, la reina de la fiesta debió ser elegida, tal y como se hecho desde año de 1900. Para seleccionar a la mujer, representante de la insólita monarquía festiva, los porteños han practicado toda clase de métodos, desde un concurso de belleza y talento hasta la acumulación de votos económicos (en alguna ocasión la competencia consistió en reunir tapas de botellas de una gaseosa embotellada), pasando por la arbitraria designación unipersonal. La candidata ganadora del segundo lugar en la competencia es designada Reina de los Juegos Florales (título que se inventó en 1937)..
Para coronar a las majestades carnavaleras, el estadio de béisbol de la ciudad se transforma: un enorme escenario se levanta en medio del «diamante», se diseñan escenografías y coreografías especiales para cada una de las coronaciones, se colocan torres y travesaños de luces, bocinas y monitores, rampas y niveles. El grito de «¡Play Ball!» es sustituido por la tercera llamada. Se conjugan, de este modo, dos grandes pasiones mazatlecas: el béisbol y el carnaval.
El pueblo mazatleco reconoce en el desfile de carnaval uno de los momentos centrales del festejo, acto fundamental en el que se resume la totalidad de los elementos que componen la fiesta. Casi desde sus orígenes son programados dos desfiles, uno el domingo y otro el martes de carnaval –para despedir el festejo. La magnifica parada compuesta de vistosos carros alegóricos, soberbias carrozas reales y coloridas comparsas de ambiente, recorre el paseo costero, con una asistencia calculada en varios cientos de miles de espectadores. En él participan las cortes reales, embajadoras de diversas partes del país y del extranjero, invitados especiales como deportistas, animadores de televisión y diversas personalidades de la farándula; además, por supuesto, de cientos de miles de mazatlecos de todas las edades y condiciones sociales, además de visitantes de todas las latitudes.
En sus inicios el carnaval no estaba diseñado para un público infantil, pero fue evidente el gozo que entre los niños mazatlecos despertaba el ambiente de fiesta, los adultos disfrazados y los desfiles alegóricos. Sin embargo, la participación infantil nunca fue excluida. Casi siempre ha habido niños mazatlecos como pajes de las cortes carnavaleras y figuraran en compañía de adultos a bordo de carros alegóricos y comparsas del desfile principal. Ocasionalmente hubo carros infantiles hasta que una monarquía infantil se integró de manera oficial y definitiva al calendario de Carnaval en 1968 y su elección se ha determinado mediante una competencia de votos económicos y sus festejos particulares se reservan para el lunes de carnaval. En esta fecha tiene lugar un baile para niños con concurso de disfraces y es coronada una reinita ante la cual un artista de moda brinda su actuación.
Los caballeros que buscan ocupar un sitio en la historia carnavalera del puerto aspiran a representar a los feos porteños, con el título eufemísticamente conocido como Rey de la Alegría. Para acceder a la corona existe una competencia dirimida también por medio de aportaciones económicas. Al Rey de la Alegría se le corona en una gran fiesta popular amenizada siempre por grupos reconocidos de “banda” o por solistas del mismo género musical.
Cada año se escoge un tema específico para darle una expresión homogénea a todos los eventos del programa de carnaval. La organización del Carnaval implica una actividad profesional continua. Una vez definido el concepto central establecido bajo la denominación o tema, desde meses antes se inicia la construcción de los carros alegóricos y la realización de actividades de promoción a nivel local, regional, nacional e internacional. Igualmente, con anticipación se inicia la elaboración del vestuario que lucirán las reinas y las comparsas.
La noche del martes la fiesta acaba, Olas Altas se cimbra en la despedida de los festejos de la carne. Se dilapidan las reservas de energía, se gastan los últimos pesos, se intenta vencer el sueño. A punto de amanecer el miércoles los muy trasnochados y católicos, aun con los humos de la embriaguez encima, se dirigen hacia catedral para recibir la unción de la ceniza. Culmina el carnaval, inicia la cuaresma.
Sin embargo, los excesos cometidos no son como para olvidarlos, ni para purgarlos mediante la penitencia cuaresmal. Ni siquiera los borran los rigores que se imponen en la vida cotidiana: devaluaciones y altos impuestos, desempleo y exámenes extraordinarios, el disparado precio de la gasolina y el tomate, en fin, el alto costo de existir. Porque durante todo el resto del año se tiene presente que, por más que nos atosigue la realidad, hay días para olvidar las penas y hacernos temporalmente los desatendidos. Aunque sea durante cinco días al año, tenemos Carnaval.